Memoria, género y disputas del presente   
Espectros con y sin herencia

Por María Marta Quintana

Este ensayo indaga las disputas contemporáneas en torno a lo espectral como problema político, ético y cultural, en el cruce entre memoria, derechos humanos y género. A partir de un diálogo crítico con Derrida, Despret, Butler y debates recientes en la Argentina, la investigadora del CONICET María Marta Quintana distingue entre espectros que abren herencias emancipatorias —como los desaparecidos convertidos en figuras éticas por el movimiento de derechos humanos— y fantasmas capturados por lógicas autoritarias que organizan pánicos morales y violencias, como el “fantasma del género”. Frente a las nuevas derechas y sus retóricas inmunitarias, el texto propone pensar la memoria como una práctica de instauración y transmisión responsable: no exorcizar los fantasmas, sino disputar qué espectros heredamos, cuáles dejamos hablar y qué formas de justicia y comunidad hacen posibles en el presente. 

 

 

El tema del espectro –y de sus figuras contiguas, como el fantasma, el espíritu, el sueño o el recuerdo, entre otros- exhibe un nuevo momento de intensificación, tanto al interior de paisajes teóricos como sociales y políticos. Pues no solo han aparecido títulos que renuevan el interés académico por repensar las materialidades y modalidades de lo existente –pienso aquí en el “boom Despret” en torno al modo de existir y actuar de los muertos, y en el mapa de lecturas que traza: Latour, Souriau, Morizot, etc.-, sino también publicaciones recientes vinculadas a las políticas, estéticas y epistemologías de la memoria en Argentina. Me refiero al trabajo de Mariana Eva Pérez1 sobre los “fantasmas” producidos por la última dictadura cívico-militar y performados en la escena teatral, y al de Mariana Tello Weiss2 sobre los espectros –también engendrados por el terrorismo de Estado- y las “apariciones” de los desaparecidos. Añado a esta dupla el ensayo de Fabiana Rousseaux3 sobre el valor probatorio de los sueños al interior del dispositivo testimonial y de los juicios por delitos de lesa humanidad. (Aclaro que poner en conexión estos textos no implica soslayar la existencia de diferentes compromisos conceptuales relativos al “fantasma”, en particular en lo que atañe a la perspectiva psicoanalítica de Rousseaux. En todo caso, el continuum reside en el rechazo de cualquier tentativa positivista de excluir aquello que no se ajusta a “los hechos” y a sus regímenes de verdad). 

Importa, luego, explicitar que mi lista de referencias –parcial y acotada, desde ya- no se inscribe en ningún campo de estudios sobre la espectralidad ni es fiel a algún “giro”. Ni siquiera estoy segura de volver sobre ella más que de modo fragmentario y caviloso. Estos títulos reactivaron el motivo de lo espectral como una coordenada posible –y quizás potente- para pensar el presente. Un presente en el que, además, prácticas y lenguajes “esotéricos” –“espirituales” y “terapéuticos”- conforman un repertorio cada vez más disponible para la “búsqueda de sentido” y el “desarrollo personal” (pienso en “registros akáshicos”, “canalizaciones”, “portales”, “biodescodificaciones”, etc.: toda una metafísica New Age). Incluso, estos repertorios pueden informar estrategias gubernamentales y agendas (anti)políticas. Pero, además, en un contexto de creciente expansión transnacional de plataformas de derecha, asistimos a una nueva invocación del (desgastado) fantasma del comunismo, el cual, a su vez, es puesto en serie con otros fantasmas a exorcizar –como, por ejemplo, el del género-. 

Parto, entonces, del supuesto de que lo espectral se dice y se hace de muchas maneras; e inspirada en Despret, pregunto de qué están hechas y cómo se instauran esas “entidades” (espíritus, muertos, des/aparecidos, conceptos emblema, etc.) en nuestra época –aunque la empresa de objetivar tanto “lo nuestro” como “la época” y sus “fantasmas” solo pueda ser, por definición, fallida-. La idea de “instaurar”, que dicha autora recupera de Latour, resulta sugerente porque, a diferencia de “crear”, no equivale a “sacar de la nada”. La filósofa explica que instaurar significa “participar de una transformación que lleva a un plus de existencia”; un proceso que, además, involucra la responsabilidad, por parte de quien instaura, de “acoger un pedido”.4 Como escribe Carolina Meloni una de las enseñanzas más potentes de pensadoras como Despret es que los muertos hacen cosas. Son geógrafos que trazan escenarios diversos, replanteando nuestra espacio-temporalidad: toda muerte “trae consigo una modificación del lugar y del tejido temporal que nos constituye”.5 Los muertos “trazan caminos, dibujan nuevos territorios, nos instan a desplazarnos” y, en su convocatoria, “hacen comunidad”. 

Por consiguiente, no se trata solo de hacer lugar a una problematización ontológica que reconozca el carácter constitutivo de la vida social y política de lo espectral, sino de introducir una perspectiva ética que interrogue qué quieren los espectros, cuáles son sus reivindicaciones, a quiénes y cómo hacen actuar, en qué legados se inscriben (con) sus visitaciones. 

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Orientada por esos interrogantes, volví a pensar en el célebre Espectros de Marx. En un tiempo relativamente próximo a la caída del Muro de Berlín —en el que, de manera concomitante, se decretó el “fin de la Historia” (no de la ideología) y se coronó el triunfo del liberalismo (Fukuyama)—, Jacques Derrida incita a reflexionar sobre la persistencia del marxismo en la clave de una peculiar figura: la del espectro. Si bien no es mi intención reponer el argumento derrideano, sí me interesa recuperar algunas cuestiones relativas a la caracterización del espectro. Me refiero, por un lado, a que se trata de una figura de umbral, de desestabilización y disyunción de lo pretendidamente coincidente consigo mismo o contemporáneo a sí (esto es, la identidad, el presente, la presencia, la vida, la muerte…). Por el otro, a que su modo de existir no es el del Ser, sino el del habitar. 

Precisamente, lo espectral trastorna el tiempo y la ontología. Como afirma Gabi Balcarce, las posibles traducciones de “[The Time is] Out of joint” –expresión que Derrida retoma de Hamlet y trabaja en un permanente ejercicio deconstructivo- nos acercan al espectro al poner en evidencia su lógica de asedio, la cual implica una desarticulación y dislocación del orden temporal. Lx autorx advierte que el espectro es más-que-ontología, en tanto experiencia de lo imposible. En este sentido, Derrida introduce la noción de “fantología” (hantologie) como discurso acerca del y dirigido al fantasma. Esto implica una reconceptualización de la ontología y una epistemología que asume el espacio virtual de la espectralidad –y perturba las rígidas oposiciones jerarquizadas entre lo material y lo no material, lo real y lo no real, lo presente y lo no presente, etc.-, así como un nuevo programa ético (un programa “sin programa” calculable de antemano) que convoca a aprender por fin a vivir con los espectros (muertos, no nacidos, traumas, utopías, recuerdos…). Porque si el presente se encuentra asediado por lo espectral, ello significa que el pasado insiste en quedar abierto a esos otros que “no están todavía ahí, presentemente vivos, tanto si han muerto ya como si todavía no han nacido”.6 Esta apertura se contrapone al pasado del melancólico que, como señala Balcarce, “solo puede mirarse hacia atrás, añorando lo que ya no puede volver a ser, pero que alguna vez aconteció”. Así, el pasado pendiente, truncado, se manifiesta en el presente bajo la modalidad de cierta latencia, delimitando una “diferencia inherente al presente mismo” que, por su condición de inconcluso, “le compete aún hoy a nuestros tiempos”.7 

Si ciertas lecturas de Derrida destacan la imposibilidad de clausurar esa dimensión espectral —que al dividir toda ontología pretendidamente cerrada y totalizante abriga otras ideas de justicia, alteridad y promesa emancipatoria—, también es cierto que esa dimensión puede ser capturada y dinamizada de formas que sofocan su potencia ético-política. En este sentido, en un artículo publicado hace más de una década8, planteábamos la necesidad de distinguir dos sentidos o modalidades de lo espectral: por un lado, el relativo a la fantología derrideana y a un pensamiento del acontecimiento, crítico de la figura del scholar y de cualquier proyecto filosófico onto-teológico; por el otro, el relativo a una ontologización del fantasma, esto es, a una neutralización de su frecuencia disruptiva y de su inquietud temporal, próxima a una apropiación política siniestra de lo espectral, tal como la que se verifica –en nuestro país- con/en la figura del desaparecido. 

No obstante, lo que ahí no profundizábamos es que esa captura puede ser (y ha sido) disputada. Porque si bien –para decirlo con Butler9– la “desrealización” del Otro, que no está ni vivo ni muerto –como razonó el dictador- sino en una interminable condición espectral, resulta fundamental para producir terror y alimentar una paranoia que justifica la persecución ilimitada de “los enemigos” (en sus múltiples rostros y figuraciones metonímicas), el movimiento argentino de Derechos Humanos convirtió al “desaparecido” –otorgándole un “plus de existencia”- en una figura no solo legal sino, sobre todo, ética. Una figura/presencia con la capacidad de continuar haciendo política de –y bajo- otros modos: “fantasmas justicieros, como destellos de memorias ardientes que nos recuerdan lo sucedido y nos instan a no olvidar”.10  

Lo anterior no implica negar que, frente al colapso de la representación —como lo llama Gabriel Gatti—, la figura del desaparecido haya resultado dolorosamente desafiante para la tramitación social y personal, en términos onto-epistemológicos. Sobre esto vuelve Fantasmas de la dictadura, una investigación de carácter etnográfico que atiende a las historias de “apariciones” y a los modos en que familiares y amigxs buscaron continuar el vínculo con sus seres queridos, por ejemplo, a través de “artes esotéricas” –telepatía, videncia, juego de la copa u ouija-. La conexión entre lo espectral y lo esotérico que plantea la investigación de Tello Weiss resulta particularmente interesante en tiempos en que el progresismo –político, periodístico e intelectual- se desorienta frente al esoterismo practicado por algunas fuerzas políticas (del cielo), y lo mejor que tiene –o, mejor dicho, tenemos- para ofrecer son lecturas moralizantes. Creo que la cuestión del espectro hoy exige interrogar qué ética se pone en juego en cada caso. Justamente, la fantología nos obliga a trazar una distinción fundamental: la que existe entre la búsqueda de un vínculo ético-político –como la de los familiares en el duelo- y la instrumentalización paranoica de lo espectral –como la de las “nuevas” derechas-. 

Esto nos lleva a preguntar: ¿a dónde va la memoria? ¿A dónde van los desaparecidos en tiempos de imaginarios y retóricas de derecha? En tiempos de negación de una cifra ética —la de 30.000— ante la sociedad argentina y ante organismos como la ONU, y de designación de un militar como ministro de Defensa. Pues no solo asedian los espectros “afines”, sino que siguen “vivos” nuestros peores espantos. Quizás la clave sea permanecer con Derrida y pensar en términos de transmisión, responsabilidad y herencia. 

Traduciendo entonces lo anterior en una hipótesis, tal vez algo torpe, se podría afirmar que lo espectral puede obrar o instaurarse de forma ambivalente: o bien como sitio o umbral de apertura e irrupción de lo ya sido o de lo que aún no es –por ejemplo, como memoria y promesa del Nunca más-, o bien como elemento fantasmático, solidario de pánicos morales y de fantasías narcisistas, destructivas. 

En este último sentido, me interesa la noción de “escena fantasmática” que desarrolla Butler –en una relectura de Laplanche y Pontalis- en su reciente ¿Quién le teme al género? Como señala la filósofa, el “fantasma del género”, instaurado por sectores de derecha, religiosos –tanto católicos como evangélicos- y también por feministas transexcluyentes, todos convergentes en un movimiento antigénero, funciona como una fuerza de choque con capacidad para organizar economías afectivas segregativas y desencadenar violencias contra quienes no encajan o no se ajustan al reglamento social de la cis heterosexualidad. Butler afirma que “hacer circular el fantasma del ‘género’ es la forma que también tienen los poderes fácticos —Estados, Iglesias, movimientos políticos— de atemorizar a la gente para que vuelva al redil, acepte la censura y vuelque su miedo y su odio hacia las comunidades vulnerables”.11 Esto amerita, entonces, pensar en otra forma de catalización de lo espectral: autoritaria, obsesiva, restauradora –o quizás deberíamos decir, reorganizadora-, y preguntar qué política podemos articular contra los fantasmas y fantasías inmunitarias retaliativas. 

*** 

Pienso, finalmente, en los espectros con y sin herencia. Vuelvo a preguntar: qué quieren los espectros, cuáles son sus reivindicaciones, a quiénes y cómo hacen actuar, en qué legados se inscriben (con) sus visitaciones. Inserto aquí una nota, que conecta con el reciente resultado electoral en Chile, y traigo la película del cineasta Pablo Larraín, El conde. 

La ficción imagina que el dictador Pinochet no murió, que es un vampiro (Claude Pinoche) de más de 250 años. Cansado de que lo traten de corrupto y ladrón –no así de asesino-, Pinoche finge su deceso (en 2006) y desaparece; más precisamente, se retira de la escena pública e instala en una finca junto a su esposa (Lucía Hiriart) y su incondicional mayordomo –también vampiro-, torturador y desaparecedor de “comunistas”. Pasado el tiempo, este Drácula del Sur comienza a experimentar el deseo de perecer, lo que resulta inquietante para su cónyuge y su progenie, retratadas como “parasitarias”, interesadas en dar con el destino de una incalculable y malhabida fortuna. En la trama se introduce entonces el personaje de una joven, bella y devota monja, cuyo propósito –indicado por la misma Iglesia cómplice de la dictadura- es inventariar el patrimonio del dictador (propiedades, cuentas bancarias en el exterior, bonos, etc.) y, a la postre, matarlo. Ahora bien, todos los planes se trastocan. El conde se enamora de la joven exorcizadora y decide continuar viviendo, lo que requiere proyectar qué destruir esta vez, en una nueva vida. La monja –que intenta infructuosamente sacar a Satanás de ese cuerpo decadente, pero en recomposición- acaba convertida en vampiro. Y aunque parece haber sucumbido ante el amante inmortal, insiste en darle (la) muerte. Y aquí viene lo que más me interesa. En una escena hacia el final de la película, la monja pretende estaquearlo mientras dice lo siguiente: “viejo horroroso, viejo sin herencia, viejo sin amor. Tú no sabes ganar una guerra” (el énfasis es mío). 

Sin pretender desentrañar la poética ni el enigma de la frase en el contexto de la ficción, me resulta sugerente para especular –más aún- sobre la ambivalencia de lo espectral. Si algo diferencia a lo espectral que acecha –la restancia que es resistencia, inapropiable por ninguna ontología o economía, como señala Cristina De Peretti- del espectro autoritario, paranoico e inmunitario —que melancoliza la pérdida de una identidad única—, quizás sea la cuestión de la herencia. La traductora y estudiosa de Derrida advierte que el espectro “no será al modo de una esencia, de una sustancia, de una entidad ontológica que sí permanece indivisible”.12 Heredar no solo responde a una exhortación, sino que exige que asumamos el riesgo de interpretar y alterar ese legado. Solo así, siéndole infiel por fidelidad, cabe hacerse cargo de una herencia. 

Volviendo, entonces, a nuestro contexto, acoger a los espectros con herencia exige una responsabilidad infinita. Como insiste Meloni, los espectros “hablan” y claman justicia, convocando a quienes quedamos a cuidarlos y a responder políticamente a su llamada. Sin embargo, asumir la ambivalencia de lo espectral implica reconocer que no toda figura que retorna abre un horizonte de justicia: algunas cristalizan el miedo, la nostalgia autoritaria y el deseo de clausura, organizando pánicos morales y fantasías inmunitarias. De ahí que el desafío político y filosófico del presente no consista en exorcizar los fantasmas, sino, más bien, en disputar las formas de su instauración, esto es: qué espectros heredamos, cuáles dejamos hablar –o queremos escuchar- y bajo qué condiciones se transmite su legado. Las Madres y Abuelas nos instruyen, en este sentido, para seguir creando memoria y nos orientan en la tarea de cuidar una herencia que no se conserva intacta, sino que se reinventa en la lucha. Hebe, Nora, Rosa, Vera, Lita y tantas otras insumisas continúan inicializando caminos. Así, al reconocer la ambivalencia de lo espectral como dimensión constitutiva de lo social y asumir la transmisión —del legado del pañuelo blanco— como un compromiso activo e inclausurable, mantenemos viva la promesa de una justicia y una democracia que, aunque heridas, permanecen por venir en el horizonte de nuestra tradición de derechos humanos. 

 

 

1 Pérez, Mariana Eva (2022). Fantasmas en escena. Teatro y desaparición. Buenos Aires: Paidós. 

2 Tello Weiss, M. (2025). Fantasmas de la dictadura. Una etnografía sobre apariciones, espectros y almas en pena. Buenos Aires: Sudamericana. 

3 Rousseaux, F. (2023). Sueños y testimonios. Buenos Aires: La cebra. 

4 Despret, V. ([2015] 2021). A la salud de los muertos. Buenos Aires: Cactus: p. 19  

5 Meloni, Carolina (2025). “Los muertos son geógrafos” (1 de octubre). Recuperado de https://www.pikaramagazine.com/2025/10/los-muertos-son-geografos/  

6 Derrida, J. ([1993] 1995]. Espectros de Marx. Madrid: Trotta: p. 12-13. 

7 Balcarce, G. (2017). Apuntes sobre la noción de espectralidad en la filosofía derrideana. Cuadernos de filosofía (67-68) (pp. 145-155): p.148. 

8 Quintana, M.M. y H. Monteserín (2010-2011). Diapositivas espectrales. Fragmentos para una interpretación de las desapariciones (o de lo siniestro fantasmático). Pasado Por-venir. Revista de Historia (5) (pp. 199-217). 

9 Butler, J. ([2004] 2006). Vida precaria. Buenos Aires: Paidós. 

10 Meloni, Carolina (2025). “Los muertos son geógrafos” (1 de octubre). Recuperado de https://www.pikaramagazine.com/2025/10/los-muertos-son-geografos/  

11 Butler, J (2024). ¿Quién le teme al género? Buenos Aires: Paidós: p. 14-15. 

12 De Peretti, C. (2005). Herencias de Derrida. Isegoría (32) (pp. 119-133): p.124. 

 


María Marta Quintana es Profesora y Doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como investigadora del CONICET en el Instituto Patagónico de Estudios de Humanidades y Ciencias Sociales. Ha publicado numerosos artículos en revistas científicas y capítulos de libros sobre el activismo argentino de DDHH. En 2023, recibió una distinción de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por su libro Derivas de la sangre. Performatividades discursivas en Abuelas de Plaza de Mayo (Eduvim, 2022). Actualmente, dirige la Especialización en Estudios de Género para la Intervención Profesional de la Universidad Nacional de Río Negro. Integra GEADHIPA, Grupo de Estudios en Activismos de Derechos Humanos e Identidades Políticas en Argentina. 

 

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