Por Fernando Peirone
A diferencia de sus antecesoras, la Generación Z no debió adaptarse, sino que directamente nació con un entorno completamente mediado por la tecnología. Para el investigador Fernando Peirone, este hecho por momentos no parece siquiera inteligible por la generación de las y los adultos, y es por ello que advierte la Generación Z no cuenta con su tutelaje, ni con el debido acompañamiento de las instituciones del Estado moderno.
Las juventudes actuales padecen una orfandad social que no tiene precedentes. Este fenómeno se debe a la impotencia y el padecimiento de los adultos frente a los nuevos códigos culturales. Pero los “nativos digitales”[1], apremiados por sus propias vidas, no pudieron esperarlos e ingresaron a la vida social sin el entendimiento, el control, el acompañamiento y el respaldo que tuvieron las generaciones anteriores. Los millennials fueron los primeros que experimentaron ese extrañamiento. Con un pie en la modernidad y otro en la sociedad informacional, los millennials crecieron cautivados por las novedades de un entorno tecnológico que crecía vertiginosamente y, del mismo modo, los alejaba de sus padres. Fue un proceso inédito y a la vez complejo en el que, a diferencia de todas las generaciones anteriores, no confrontaron con sus progenitores. Y no precisamente porque les faltaran discordias, sino porque no había nada importante para disputarles. Su mundo no les resultaba atractivo ni útil para los desafíos que les planteaba la sociedad actual. Así que, sencillamente, se desafectaron. Empujados por ese estado de inermidad, tomaron una decisión que abriría una discontinuidad irreversible: resignificaron cada una de las instancias simbólicas que había moldeado la modernidad: el dinero, la política, el trabajo, la familia, el conocimiento, el amor, el futuro. En otras palabras, resignificaron el contrato social. Aunque, en la práctica, nunca terminaron de cortar con la modernidad tardía que habían absorbido y experimentado desde la cuna. Tal vez por eso, cuando se proyectan en el tiempo se parecen más a sus padres que a sus sobrinos, los centennials, también conocidos como Generación Z.
A diferencia de los millennials, los Z no son anfibios. Nacieron con branquias. Para ellos el mundo de los adultos es el retumbo obstinado de un mundo que no conocieron, y lo asumen como un karma que culminará cuando ya no estén. Sin apego a una modernidad de la que sólo perdura su costado más temerario, los Z no sienten nostalgia por lo que se pierde ni culpa por lo que heredan. Fueron testigos del esfuerzo que realizaron los millennials, pero también de su derrotero; así que cuando entendieron que no había punto de encuentro posible, sin declararle la guerra a nadie, dieron vuelta la página de un modo lapidario. Nada de lo nuestro les servía para cubrir los vacíos normativos, conceptuales e institucionales que les dejamos. Así que les resultó más fácil barajar y dar de nuevo que tratar de conciliar nuestras existencias desconcertadas con las nuevas formas de temporalidad, espacialidad y comunicabilidad. Dicho esto, vamos a detenernos brevemente en dos gestos generacionales que son fundantes y que forman parte de una transformación antropológica que aún no logramos asimilar.
El primero tiene que ver con una decisión muy potente, y no exenta de politicidad, que los tiene como protagonistas principales. Me refiero a la exploración de un lenguaje trans-escritural → que renunció a la linealidad argumental; → que rompió la correspondencia con un orden de verdad; y → que no tiene a la historia como una referencia. Antes que los lectores poscuarenta se escandalicen sobre esto último, es importante decir que la generación Z no es una generación sin historia, pero sí es la primera —y la única— cuyo proceso de subjetivación se configura junto a la disolución del régimen de historicidad que organizó la experiencia moderna. Para ellos, que se relacionan con una realidad fragmentada en la que manda la dinámica de los reels, las stories y el scrolleo, el tiempo no es una referencia organizadora porque no tiene pasado ni futuro; más bien es una referencia retaceada. En ese sentido, carecen de un orden casual para organizar su praxis política. Tienen otras referencias, propias, disruptivas, que resultan fundamentales para desempeñarse en la sociedad informacional, pero que están dramáticamente ausentes en nuestro modo de relacionarnos con un mundo que se encuentra más próximo a su resignificación de la narrativa social que a nuestra indignación y a nuestros interminables lamentos por lo que perdimos y dejamos de entender.
El segundo gesto de los Z, tan relevante como el anterior, es la identificación del algoritmo como un agente con el que deben lidiar 24/7. Recordemos que el algoritmo funciona como un actor “no-humano”[2] que es restringido a la consciencia racional a base de opacidades, pero que participa activa y efectivamente, tanto en la orientación de los gustos y deseos personales como en el orden social y en la nueva cultura laboral. Por eso, a pesar de su inasibilidad, los algoritmos se convirtieron en un padecimiento general y en una referencia cotidiana. De hecho, quien más quien menos, sabe que convive con los algoritmos. Y quienes quieren profundizar, sin demasiado esfuerzo, pueden saber → que realizan intervenciones personalizadas para extraer información sensible de manera quirúrgica → que operan como una caja negra, → que tienen propósitos claros y → que buscan manipularnos sin nuestro consentimiento. Por todo esto, se podría decir que el dominio de los algoritmos adquirió una entidad y un poder comparable al que en su momento tuvieron los monarcas y más tarde los empleadores; pero esta vez ocultando al verdadero actor que está detrás de sus intervenciones. ¿Suena exagerado? Puede ser, pero no es lo que indican las investigaciones sobre juventudes y tecnologías que venimos realizando desde el Programa de Saber Juvenil Aplicado (EIDAES-UNSAM) y el Observatorio Interuniversitario de Sociedad, Tecnología y Educación (OISTE)[3]. Veamos brevemente algunos resultados que pueden ayudar a identificar el carácter del fenómeno.
La Generación Z percibe a los algoritmos como una identidad elusiva, y al mismo tiempo omnipresente, que no termina de ser amigable. Esto hizo que los miembros de ese rango etario se vieran compelidos a desarrollar sus propias hipótesis y estrategias para relacionarse con los algoritmos —algo que por cierto no está acompañado por las políticas educativas de Argentina, pero que tampoco está debidamente abordado por la política, la legislación, los sindicatos y la constelación institucional en general. Frente a ese retiro de los organismos sociales, los escarceos de los Z con los algoritmos pueden leerse —en un formato embrionario y desordenado— como la manifestación de una nueva dialéctica de las tensiones sociales, acorde a la reconfiguración que atraviesa el modelo de poder y la cultura del trabajo en la actualidad —con un capital que se independiza cada vez más de las instancias productivas, regulatorias y del bienestar común. Y aunque sería muy apresurado decir que los Z son los nuevos obreros y los algoritmos los nuevos patrones, también sería negarlo. Pensemos, si no, en la manera en que, reconociendo su entidad y su influencia, buscan “neutralizarlos”, “embarrarlos”, “domarlos” o “desorientarlos”. Son estrategias que, aunque fracasen o tengan éxitos momentáneos, funcionan como la construcción social de un repertorio de acciones orientadas a enfrentar un antagonista escurridizo y jodidamente poderoso. ¿Es posible deducir de esas acciones una nueva politicidad? Todavía es muy incipiente para atribuirles ese peso y proyectar esa expectativa, pero es imposible no ver una dimensión política en el modo que instituyeron el pitido cada vez que quieren evitar que una palabra de un reels sea interpretada por el algoritmo; cuando utilizan los memes y los stickers como información cultural que les permite eludir la elocuencia de las palabras; cuando eclectizan sus gustos para transformarse en un colash humano que desoriente al algoritmo; cuando los repartidores de plataforma manipulan las variables que mide el sistema para mejorar su rendimiento (Rappi, PedidosYa); cuando los más avezados cambian la VPN o adoptan el modo oculto para esquivar las ofertas compulsivas (Hostelworld).
El modo en que los Z están instituyendo una nueva narrativa social y sus esgrimas permanentes con los algoritmos son medidas que, como decíamos más arriba, no cuentan con un acompañamiento institucional acorde ni respuestas socialmente útiles para afrontar los retos que les plantea la sociedad informacional. Mientras tanto, sin la comprensión de los adultos, sin el tutelaje efectivo del Estado, y arrojados a las impiadosas garras del mercado, los más jóvenes viven en un estado cuasi salvaje donde se ven forzados a crear sus propios protocolos de convivencia y a generar nuevas formas punitivas —como la cancelación— para sobrellevar el asedio y la saturación de la vida digital. Frente a eso, lo que aún permanece como interrgantes es si ya decidimos soltareles la mano o si vamos a hacer algo con esa descendencia que interpela y desafía nuestra visión del mundo.
Fernando Peirone: Doctor en Estudios Sociales de América Latina por la Universidad Nacional de Córdoba (CEA-UNC). Fundador del Observatorio Interuniversitario de Sociedad, Tecnología y Educación (UNSAM – UNPAZ – UNIPE). Docente e Investigador de EIDAES – UNSAM y de UNPAZ. Fundador de la Facultad Libre de Rosario. Autor, entre otros libros, de El fin de la escritura. Efectos políticos y culturales de la sociedad poslogos (FCE, 2024); y Mundo extenso. Ensayo sobre la mutación política global (FCE, 2012).
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[1] Este concepto, acuñado en 2001 por el escritor estadounidense Marc Prensky, es objeto de largas revisiones críticas que —entre otras cosas— lo consideran un determinismo biológico-cronológico sin respaldo empírico. A sabiendas de eso, aquí lo uso para marcar el quiebre experiencial entre las generaciones anteriores a la cibercultura y aquellas que crecieron en un entorno tecnológicamente mediado.
[2] Con Bruno Latour, llamo no-humano a todos aquellos objetos técnicos, dispositivos o artefactos que, lejos de ser simples herramientas, participan activamente en la configuración de la vida social.
[3] OISTE fue creado en 2018 por UNPAZ, UNSAM y UNIPE, y hoy cuenta con más de 20 universidades asociadas de Argentina y América Latina.
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