DEL TABÚ AL MEME
El humor y el suicidio, cosa seria

Por Juliana Revelles

El suicidio entre adolescentes y jóvenes aumentó un 38% en los últimos 20 años en América –frente a un aumento del 17% en la población general–. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) llama a fortalecer las acciones de prevención. La psicóloga Juliana Revelles conoce la problemática a partir de su trabajo en Guardias de Hospitales Generalistas y se pregunta si la mayor circulación de memes sobre suicidio entre los jóvenes es una forma más de la indiferencia y la apatía o el modo en el que algo pueda ser dicho sobre un tema aún tabú.

 

Escribir sobre suicidio, producir ideas y transmitir algunas nociones sobre la problemática, se presenta per se, como un doble desafío. En principio por las características mismas del enigmático fenómeno: nos podemos acercar al suicidio a medias, y en ese mismo movimiento se nos escapa denunciando su complejidad y multicausalidad. Y por otro lado por el aspecto tabú e hipercuidadoso que han adoptado los medios de comunicación al hablar del tema. Atendiendo a esto, este escrito invitará a lo que se denomina una aproximación con algunas advertencias: quien escribe estará particularmente atenta a su deformación disciplinar, que puede infectar el texto de terapéutica psicologizante, y también evitará un tono que considera infértil y poco honesto: la solemnidad.

Estadísticas criminales

Recientemente, el Ministerio de Seguridad de la Nación arrojó cifras en torno a los suicidios consumados en el país: según el informe Estadísticas Criminales 2025 del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), 5.209 personas se quitaron la vida durante 2025, un 22,6% más que el año anterior, superando la cifra de homicidios y consolidando al suicidio como la principal causa de muerte violenta en el país[1].

Este dato deja a la vista, en un mismo gesto, dos cuestiones. Por un lado, que se trate de información producida y difundida por el Ministerio de Seguridad –y no por el de Salud– podría ser una primera pista en relación al modo en que históricamente se ha trabajado el suicidio como problemática: registrado y clasificado como hecho a vigilar, antes que como síntoma –en el mejor de los casos– a escuchar. Por otro, subraya la escasez crónica de epidemiología en salud mental propiamente dicha.

Esto último, la ausencia de epidemiología, podría estar relacionada en principio con la desestimación de la salud mental como aspecto que requiere estadísticas y políticas sanitarias pertinentes (recordemos que el presupuesto destinado a salud mental actualmente no alcanza el 1% del presupuesto nacional de salud, muy lejos del 10% que exige la Ley de Salud Mental) pero también, y principalmente, con la individualización y despolitización de la problemática. Es decir, quien padece, y más aún quien se intenta suicidar o efectivamente lo hace, tendría un problema para resolver sus propios conflictos. El suicidio pareciera ser un asunto privado y de cada quién. ¿Para qué producir datos, entonces?

Vigilar, castigar, curar, motivar

El suicidio ha sido el problema filosófico por excelencia, la verdadera pregunta irresoluble: la pena de vivir, ¿vale?

La historia de los modos en que una sociedad ha tramitado el suicidio como pregunta podría escribirse como una sucesión de paradigmas que no se cancelan, sino que subsisten y se aggiornan para no prescribir. Primero la peste y el pecado: el suicidio como ofensa a Dios, como deshonra al don de la vida, un cuerpo suicida que es tan impuro que ni siquiera merece un entierro digno, que jamás restará en paz. Más tarde el suicida como sujeto criminal, sujeto de derecho penal, la tentativa como delito perseguible, el cuerpo del acto puesto bajo la lupa del Estado que necesita del orden y el progreso de la gente de bien.

Con la psiquiatría del siglo XIX nos acercamos al suicidio como enfermedad: se patologiza el acto y se vuelve síntoma a institucionalizar o tratar: ¡buenas noticias! Se trataría de un desorden químico cerebral, por lo que con la correcta cápsula farmacológica puede curarse. Y hoy, un cuarto, y más dañino discurso que no anula a los anteriores sino que los actualiza con lengua new age: el suicidio como falta de resiliencia, de amor propio, de voluntad. Ya no hay pecado ni delito ni necesariamente enfermedad institucionalizable: hay, en cambio, un fracaso personal, que se corrige con vibrar alto y ponerle onda. ¡Hacelo por tus hijos! ¿No te das cuenta de que la vida es linda? ¿No pensaste en tu familia? ¿Probaste hacer tapping? ¿Sabes lo que te falta a vos? ¡Constelar!

Se trata de la lógica de lo que Lauren Berlant llamó optimismo cruel[2]: la promesa de que basta con el esfuerzo individual, con “trabajar en uno mismo”, con ser valiente y salir adelante, mientras las condiciones objetivas de existencia que producen malestar –precariedad de futuro, pluriempleo, endeudamiento, desigualdades de género y expectativas según roles asignados, escasez de lazos, digitalización del tiempo y el espacio– permanecen veladas y silenciadas.

La posibilidad de escuchar personas que padecen y han pensado en provocarse su propia muerte me ha hecho prestar particular atención a la moral felicista: se sorprenderían la cantidad de situaciones de sufrimiento que empeoran notablemente cuando su decir doloroso se sanciona con frases de autoayuda instagrameables: ¡No estés mal, pensá en positivo!

Pareciera que saber que día a día elegimos conservar o no nuestra vida resulta insoportable. Frente al horror al suicidio, frente al horror al vacío: las mismas respuestas con diversos disfraces.

Mirando a la ciudad

Simón Critchley nos cuenta que el Golden Bridge, puente de la ciudad de San Francisco, se ha transformado en un lugar conocido por ser aquel que muchos eligen para pasar al acto suicida. Y subraya que lo que sorprende es que casi todos se arrojan mirando a la ciudad, y no al Pacífico [3]. El dato incomoda y pone en cuestión cualquier lectura que quiera pensar el suicidio como el repliegue final sobre el sí mismo, el acto privado, individual y egoísta. Esto escenifica la dimensión de mensaje del acto, cuestión que muchas veces es mencionada desde el sentido común como “llamado de atención” en su versión más peyorativa.

¿Qué nos intenta decir el suicidio sobre un mundo cuyo modo de resolver la angustia radica en arrojarse a la nada? ¿Qué nos intenta decir sobre el mundo, sobre la vida? ¿Cómo atender el llamado sin silenciarlo como se ha hecho históricamente?

Politizar el suicidio, politizar el malestar: una indicación del teórico y militante Mark Fisher, quien luego de su vasta enseñanza en torno a la depresión, la ansiedad y las enfermedades psíquicas y su intrínseca relación con el sistema capitalista, se suicida.

Otra escenificación: El lunes siguiente a su acto, los alumnos de Fisher deciden asistir a clases igual. Asistieron al vacío. Hicieron silencio alrededor de la nada.

Pandemia: otro innombrable

Interesa la pandemia en tanto discursivamente impresiona ser un ordenador temporal: “¿Eso fue antes o después de la pandemia?” “Después de la pandemia no volví a estudiar” “Enfermé antes de la pandemia”. Un nuevo antes y después de Cristo. A su vez nos interesa en tanto es a partir del 2021 en donde se registra el intempestivo aumento de la tasa de suicidio en nuestro país.

A riesgo de simplismos, resulta necesario decir que se corresponde temporalmente con otro fenómeno social: la plataformización y digitalización de la vida, especialmente en los jóvenes, quienes también son la población más afectada por la problemática del suicidio desde entonces. ¿Habrá alguna relación entre estas dos escenas, la empantallada cotidianeidad y la gestión de la propia muerte?

Durante este desquiciado tiempo en el que contábamos muertos en la televisión, se instalaron también diversos modos discursivos que clasificaré arbitrariamente, como lo es toda clasificación, en tres amplios grupos: la vigilancia, la desmentida y el humor.

Los vigilantes, aquellos seres que frente al conflicto trágico y la cercanía con la muerte se disfrazaron de panóptico: denunciaban al vecino médico que respiraba el mismo aire y sufrían de una certeza inamovible: el otro contagioso es el peligro.

Por otro lado, quienes se refugiaron en la desmentida, se transformaron en personas caricaturescamente sobreadaptadas: se quedaron en casa mientras hacían yoga, un curso de idioma, aprendían a cocinar y se reunían por videollamada con amigos, todo a la vez. No se perdieron de nada, no se enteraron de la pérdida y para ellos hasta una pandemia se volvió productiva: excelente momento para fortalecer el yo mismo y mirarse mucho al espejo.

Y un tercer modo: el humor. ¿Recuerdan el viral meme qué surgió tres semanas después de declarada la emergencia sanitaria por covid-19 a nivel mundial?

Alguien exponiéndose a una situación riesgosa (salir a la vereda, saludar a un médico, pasear al perro) y acto seguido un ritual funerario en el que 4 o 5 ghaneses vestidos de traje levantan el cajón al ritmo de un beat electrónico.

El chiste circuló durante meses, en todos los idiomas, y más allá de las edades, clases sociales, género, producía risa. A diferencia del vigilante y del sobreadaptado, el humor no niega la muerte ni se cree omnipotente contra ella: sólo realiza un movimiento de restarle solemnidad y le danza alrededor. No es necesariamente la mejor, ni más verdadera o saludable respuesta. Es, simplemente, la que menos pretende serlo.

Este ensayo lejos está de suponer que la pandemia es la causa del aumento de muertes por suicidio, pero si pretende subrayar el carácter de acontecimiento de la crisis 2020-2021: un antes y después que tuvo como producto subjetividades empantalladas, paranoicas, aisladas, narcisistas y con gran capacidad creadora de memes.

Algoritmo suicida

Se suele hablar de los efectos iatrogénicos de las pantallas en las subjetividades actuales, o como llama Agustín Valle, subjetividades mediatizadas: una nueva forma de relación con el tiempo y el espacio en la que no existe pasado, presente o futuro sino Actualidad[4].

Ahora bien: cuando estamos en la pantalla, ¿Somos meros alienados, o es nuestro el dedo del scroll? ¿Hay instantes de autonomía mientras usamos/somos usados por los dispositivos digitales?

Es en la misma plataforma, en donde podemos encontrarnos con producciones digitales que abordan el tema del suicidio a partir de un decir bastante distinto a los lineamientos de atención en salud mental y los protocolos de atención. En las distintas redes sociales podemos encontrarnos con reels y memes cuyo objeto de chiste son consejos o frases de autoayuda mientras hacen gestos autolesivos, y múltiples comentarios y reacciones sancionando el chiste con risas. La definición de comedia: poner algo donde no va. Allí donde el meme inicia como un video motivacional más y nos hace estar esperando consejos sobre el buen vivir, aparece alguien metiendo los dedos en el enchufe.

Olvidemos el modo en el que solemos relacionarnos con los asuntos, evitemos cargas valorativas al respecto: esto no es bueno ni malo, ni saludable o enfermante. Resulta sí necesario reconocer que el uso de la ironía es tan potente como volátil, y que nos requiere atentos: ¿Es una forma más de la indiferencia y la apatía? ¿O es el modo en el que algo pueda ser dicho?

Los memes son unidades comunicacionales, de producción y reproducción de sentidos. Entonces, lo imposible de desmentir es que los jóvenes están hablando sobre suicidio, están produciendo y compartiendo saberes al respecto, sólo que no con la psicopedagoga o tutora de la escuela, ni con el neurólogo o la psicóloga, mucho menos con sus familias. Es a partir del uso del humor que hablan de sus ideas de muerte en el mundo digital evitando la censura o el banneo. Recordemos la Revista Humor en la dictadura, uno de los pocos medios de comunicación críticos que sobrevivieron a la represión. ¿Qué podemos aprehender de este gesto?

Un corte y seguimos

Llega una paciente a una guardia de urgencia y emergencias, tras realizarse a sí misma un corte de profundidad en el antebrazo. Quienes la asistíamos, con tono neutral y preocupado, intentábamos explicarle la importancia de que se quede internada para realizar tratamiento y pausar lo agudo de su sufrimiento: “la internación es para hacer un corte” se me escapó decirle. Y en el intento de reparar mi torpeza (nada más ridículo que la imagen de alguien intentando levantarse rápido después de resbalarse con una cáscara de banana) agregué: “un corte, pero de otro tipo”. Mis colegas se rieron, también la paciente.

Esta intervención que se transformó en chiste, tampoco salvó a nadie, ni garantizó sanación, pero al igual que el humor pandémico, al menos ni siquiera intenta el acto heroico. Y por esto mismo, por el carácter absurdo de la escena, en esa instancia fue posible empezar a hablar sin la pretensión de domesticar o normalizar.

El psicoanálisis, si bien ha dicho poco en relación al suicidio, piensa el acto enlazado a la melancolía, que se trataría del sufrimiento de un cuerpo que padece del ideal: el mundo no es lo que debiera ser y esto se transforma en odio hacia el propio yo.

El humor por otro lado según Freud es grandioso y patético[5], interrumpe el sentido, produce fuga de sentido. Ese mundo que nos tomamos tan en serio, para el humor no es más que un juego de niños. Lástima nacer y no salir con vida, canta Charly García, el absurdo de saber que al final, terminamos perdiendo. Si ya estamos anoticiados de esto, ¿para qué apurarnos?

Momentos de libertad: cuando Sísifo baja la montaña en busca de la pesada piedra para volver a subir la pendiente, justo ahí, cuando registra el absurdo, justo ahí: es libre. Algo de esta escena tiene forma de chiste y Camus la narra para preguntarse por el sentido de la vida[6].

El humor del que habla este ensayo pareciera ser el reverso de la revolución de la alegría o la happycracia. Se parece más al absurdo que a la carcajada maníaca. Se trataría de la risa que se ríe de esa risa. Una risa triste, y liberadora.

Esta torsión entonces podría ser una técnica necesaria si charlamos con alguien cuya certeza radica en querer morir con la esperanza de que su mensaje sí cambiará las cosas.

Una invitación indecente

Este texto no buscó explicar el suicidio, sino empezar a preguntarnos de qué modo nos aproximamos al tema, a partir de la hipótesis de que las históricas prácticas discursivas en torno al suicidio no hacen más que abonar y agudizar su preponderancia e insistencia. Tanto la vigilancia como el punitivismo en sus distintas variantes, no son más que respuestas fallidas frente a un acto que pareciera el más logrado de todos los actos.

Sin habérmelo propuesto de antemano, este escrito se parece a una invitación: suspender el furor curandis. Resulta una tarea difícil en tanto, sin dudas, que los jóvenes estén pensando en el suicidio como alternativa posible al mundo que les ofertamos, conmueve y urge. Ahora bien, querer curarlos antes que hacerles preguntas, habla más de nuestra impotencia que de una estrategia sanitaria.

Hasta el momento el modo menos iatrogénico de reconocer la dignidad y seriedad del suicidio se parece más a un chiste que a un consejo de vida. Esto puede por añadidura ser un gesto de prevención y tratamiento, pero sin proponérselo como horizonte último.

Recordemos por último la propuesta del teórico y suicida Fisher[7]: politizar el malestar se trataría de desplazar la pregunta de ¿Qué le pasa a esta persona? o

¿Qué les pasa a los jóvenes? hacia ¿Qué está pasando en el mundo para que tantas personas jóvenes sufran de este modo?

Otro desplazamiento: quizás el enigma no sea por qué alguien se suicida, sino ¿por qué no lo hace? Una pregunta con un tono lo suficientemente irónico –no cínico o nihilista– como para poder pronunciarla.

¿Será el humor uno de los modos de politizar, socializar el malestar y el suicidio? Tanto el humor como el suicidio son fenómenos que, de ser leídos con categorías atentas, situadas y éticas, pueden aportarnos saberes emancipatorios y de disputa del sentido enquistado. Quizás nuestra tarea sea construir dichas categorías, lo cual no será sin suspender nuestra preocupación por el semblante solemne, decente y políticamente correcto, para preguntarnos de verdad por el valor de la vida.

El humor y el suicidio, cosa seria.

 


Juliana Revelles es Lic en Psicología (UADER), Especialista en Salud Mental (Risam), Docente Universitaria en cátedra Prácticas Supervisadas Clínica Psicoanalítica (UADER). Doctoranda En Ciencias Sociales (UNER). Trabajadora de Salud Mental en Guardias de Hospitales Generales. Integrante de Metáfora, Psicoanálisis y Salud Mental.

Redes sociales: @jurevelles @metafora.sfe

 


[1] Ministerio de Seguridad de la Nación. (2026). Estadísticas Criminales 2025. Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC). Recuperado de https://www.argentina.gob.ar/seguridad

[2] Berlant, L. (2011). Optimismo cruel. Buenos Aires: Caja Negra.

[3] Critchley, S. (2015). Notas sobre el suicidio. Buenos Aires: Alpha Decay.

[4] Valle, A. (2023). Jamás tan cerca. La humanidad que armamos con las pantallas. Buenos Aires: Ariel.

[5] Freud, S. (1927). El humor. En Obras completas, Tomo XXI. Buenos Aires: Amorrortu.

[6] Camus, A. (1942). El mito de Sísifo. Buenos Aires: Losada.

[7] Fisher, M. (2009). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra.

 

 

 

 

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