Por Nicolás Levenson
Hoy se convoca a una nueva marcha federal en defensa de la Ley de Financiamiento Universitario, que lleva casi un año sin cumplirse en el país. Desde esta coyuntura, Nicolás Levenson retoma la pregunta sobre por qué y para qué hacer ciencias sociales en la universidad pública, en especial en un escenario de crisis que renueva el desafío de imaginar otros mundos posibles.
En diciembre de 2002, en la ciudad de Mendoza, una reunión de los decanos de las facultades de Ciencias Sociales y Humanas de universidades nacionales ofició como el acto de fundación de un Consejo que reuniría, de allí en más, a estas autoridades. Casi un año más tarde, en octubre de 2003, se produjo un nuevo encuentro auspiciado por este flamante Consejo de Decanos (esta vez, en la ciudad de Villa María en Córdoba). En un escenario atravesado por la crisis del 2001, el interés del coloquio versaba en torno al problema de la reconstrucción del país, pero por sobre todas las cosas en torno a la crisis del pensamiento –en la que estaban sumidas las propias Ciencias Sociales–. Allí, Horacio González pronunció unas palabras por demás interesantes: señaló que las Ciencias Sociales atravesaban, en verdad, una doble crisis.
Había una crisis generalizada que afectaba a las universidades públicas nacionales y se hacía presente en términos presupuestarios, edilicios y salariales. Ésta funcionaba como un escenario de base sobre el cual operaría el análisis de González, que señalaba entonces, astutamente, que la doble crisis que atravesaban las ciencias sociales en ese contexto combinaba una normalidad y una excepcionalidad. La excepcionalidad respondía a la falta de explicaciones que estas disciplinas en su conjunto tenían para ofrecer a la coyuntura nacional por aquel año 2003 –y podríamos agregar aquí, aunque no lo señale exactamente así González, para interpretar los sucesos del 2001, sus causas y sus efectos– y la carencia de propuestas o proyectos orientados a la recuperación y reconstrucción. La normalidad suponía el reconocimiento de un “estado natural de crisis” de las ciencias sociales, o como lo llamaba el sociólogo argentino, su “crisis amable”, que debía aparecer siempre que éstas reconocieran que se ocupan de un mundo histórico, contingente, y que supone por lo tanto un desafío constante, una autopregunta permanente, una autoconciencia crítica.
Así, si la primera –la dimensión excepcional– representaba un problema, la segunda forma de crisis como estado natural de las ciencias sociales representaba, precisamente, una potencia intrínseca a sus disciplinas. ¿Cuánto de esto funciona, también, como diagnóstico para nuestra Argentina, la del 2026? ¿Cuánto de esto debe ser recuperado, y qué debe ser vuelto a pensar, después de más de trescientos cincuenta días en los que no se aplica la ley de financiamiento universitario y en el marco de una nueva Marcha Universitaria Federal?
Definitivamente la reflexión de González resuena para nuestro presente. Tanto por la crisis de las ciencias sociales para brindar respuestas hoy, como por la necesidad de éstas de recuperar una forma del pensamiento para la crisis, o frente a la crisis: reasumir su potencia. Pero no solamente. Resuena también de aquel contexto un problema que se presenta, en la actualidad, magnificado: la gravísima situación presupuestaria –y correlativamente, salarial y edilicia– que atraviesan las universidades públicas y sus institutos de investigación en la Argentina.
Nos enfrentamos, insistimos, a un problema tan inmenso como urgente en lo que refiere al fuerte desfinanciamiento y el ataque que está sufriendo la educación pública en general, y en particular la universitaria. Frente a esta situación por demás crítica no podemos, ni como cientistas sociales ni como ciudadanos, mirar para otro lado.
Es histórica en nuestro país la tradición universitaria pública, gratuita, de calidad e inclusiva, que acoge a todos los grupos y sectores sociales, y que es reconocida mundialmente por sus logros y sus profesionales. Todo esto está hoy brutalmente amenazado: por los sueldos que reciben sus trabajadores, por la necesidad de muchos de ellos de combinar más o múltiples trabajos, por la ausencia de presupuesto para las universidades nacionales y sus centros de investigación.
A esto se suma el desprecio con el que tratan y descalifican, además, a un sistema científico público, independiente, crítico, y de altísimo nivel por sus profesionales y por sus producciones –del que muchos docentes forman parte y a cuyo trabajo de investigación deben por lo tanto todas las universidades la calidad de las clases dictadas en sus aulas–, que está también atravesando la que sea probablemente la crisis más aguda de su historia.
Inmersos en este escenario necesitamos, parafraseando a León Rozitchner, una sociedad que se mueva, una filosofía que piense y unas ciencias sociales que acepten el desafío de poner ese pensamiento en marcha. No hay dudas de que, para todas y cada una de estas tareas, la universidad pública es fundamental: es imperioso defenderla, así como también que las leyes se cumplan.
Es por esto que, en este escenario, tiene también relevancia reinstaurar la pregunta por el rol de las ciencias sociales en la actualidad y en (o desde) nuestro país. Para esto es muy útil recuperar la distinción gonzaliana mencionada al comienzo de este artículo. Frente a la crisis de las ciencias sociales para ofrecer respuestas, debemos apelar a aquella potencia inmanente que señalaba el sociólogo argentino: reconstituir formas del auto desafío, y utilizarlas como insumo para posicionarse contra aquellos que quieren menos ciencia, menos universidad pública, menos movimientos estudiantiles, docentes y universitarios, y menos pensamiento en las aulas, en las calles y en la sociedad toda.
¿Por qué hacer ciencias sociales hoy? Esta pregunta no se responde con una serie de puntos basados en justificaciones pragmáticas del tipo “porque aumenta la producción”, “porque dispara el consumo”, “porque salva más vidas”. Aunque bien puedan las ciencias sociales aportar saberes para aumentar el consumo, o generar espacios de contención para salvar más vidas, o desarrollar mecanismos para aumentar la producción. Incluso para expandir la participación política, para democratizar espacios, o para aumentar la fiabilidad de ciertos mecanismos y procesos electorales.
Claro que allí hay ciencias sociales. Pero la respuesta a por qué hacer ciencias sociales hoy tiene que ser más profunda: para pensar. ¿Pensar qué? Lo que nos pasa, lo que nos preocupa, lo que nos rodea, lo que nos desafía, lo que nos aterra, lo que no entendemos. Para pensar por qué o cómo nos convencieron de que había saberes más valiosos que otros, y para defender, a raíz de estas reflexiones, un campo fundamental como es y va a seguir siendo el de los estudios sociales.
Para pensar cómo seguir produciendo teoría y generando práctica en un mundo desafiado por las premisas inmediatas e inmediatistas de la velocidad digital, de los resúmenes automatizados, de los videos breves y de las explicaciones urgentes. Para que no nos convenzan más con soluciones mágicas ni con recetas fantásticas.
Pensar para incomodar a los que quieren que no pensemos tanto, o sencillamente que dejemos de pensar del todo. Pero, también, pensar para incomodarnos a nosotros mismos; eso también es hacer ciencias sociales: cuestionar y cuestionarnos nuestras prácticas, nuestras costumbres, nuestras formas, nuestras certezas. Sobre todo, nuestras certezas. Porque es la única manera de seguir pensando: desafiando las identidades fijas, las categorías con las que nos dicen que tenemos que mirar el mundo, las teorías heredadas, los modelos impuestos.
Es una ventaja que muchas veces no podamos separar la experiencia del pensamiento, el pensamiento de la situación en que se piensa, la situación en que se piensa de sus límites. Si bien podría argumentarse que este hiato no es factible, no son infrecuentes ciertos dogmatismos cientificistas que postulan modos de la no contaminación con la realidad y sus problemas; o, para decirlo en otros términos, que construyen sus saberes sobre una confianza un tanto ciega en la pureza de la teoría. De allí, de reivindicar la necesidad de explicitar esta imbricación necesaria entre pensamiento y situación, surge otro de los desafíos de las ciencias sociales: pensar los límites de lo pensable, de lo decible, de lo posible.
Pero hay también veces en las que es sano que entre la experiencia y el pensamiento parezca reconocerse una suerte de distancia: son esos los momentos en los que el pensamiento, aunque situado, parece desbordado por una realidad que lo excede, y que no puede ser aprehendida con los términos vigentes. En ese hiato se asientan entonces momentáneamente las ciencias sociales, y allí también se gestan momentos productivos del nuevo pensamiento, y de las nuevas prácticas. Es por esto que una gran virtud y, cuando no se la posee por completo, una gran tarea de las ciencias sociales, es la imaginación: la construcción de horizontes, de alternativas, de otros posibles. Porque imaginar no es perderse en ensoñaciones, sino quitarle a la realidad el estatuto de única verdad. Advertencia útil ésta, para no quedar enredados en dogmas, inexorabilidades, determinismos ni teleologías.
Por último, pensar, poner en marcha ese ejercicio del pensamiento como lo hacen las ciencias sociales es también crear comunidad. Eso que dice Ignacio Lewkowicz que leyó de Diego Tatián que está siempre, a su vez, leyendo a Baruch Spinoza: precisamente, que la comunidad es un gesto, el de su constitución misma a partir de la experiencia, de la participación y del estar con otros. Por eso no es un espacio de pertenencia determinado por esencia, por herencia o por determinación, sino una eventualidad que se constituye no a pesar sino a partir de los miembros que la componen, que la piensan y que la habitan. Una parcialidad siempre dinámica, nunca cerrada totalmente, pero al mismo tiempo siempre completa. No hay dudas de que a esa composición apuntan las ciencias sociales: como campo disciplinar, pero, sobre todo, como práctica en acto.
En esa indistinción entre práctica, pensamiento y acto, entre pensamiento y contexto, entre la realidad desde la que se piensa y cómo o para qué se piensa, reside aquella potencia inmanente de las ciencias sociales que recuperamos de la dimensión natural de la crisis que le es propia y consustancial, tal como la enunció González: la de incomodarse y desafiarse, en el propio pensamiento y en el ámbito de la práctica, bajo la contingencia que el mundo nos impone, y que debe funcionar como apertura, como desafío, como inquietud y no como freno, como límite ni como temor. Esta forma de interrogarse y de ponerse en duda es la más peligrosa de perder, y la más necesaria de recuperar: para que a partir de allí continuemos reforzando nuestro reclamo por el cumplimiento de las leyes, por más ciencias sociales y por más y mejor universidad pública.
Nicolás Levenson es politólogo y becario doctoral del CONICET. Investiga en torno a la crisis del 2001 en Argentina y la recepción contemporánea del pensamiento de Baruch Spinoza.


