Por Mariel Martínez Cabrera
En los últimos años, y fundamentalmente desde ciertos espacios políticos, el lenguaje público se ha plagado de insectos: las y los opositores se nominan como cucarachas, plagas, parásitos. La profesora María Martínez Cabrera revisa ejemplos literarios y fílmicos en los que aparece una lucha o una disputa contra los insectos, y extrae una doble conclusión. Por un lado, sin mayor costo, a los bichos de los fumiga. Por otro lado, a las plagas se les teme.
Asistimos a un tiempo de analogías políticas particulares, tiempo en el que el insulto y la denigración se han transformado en políticas de estado. A inicios de este año el Foro de Periodismo Argentino indagó en el asunto relevando los posteos en redes sociales emitidos por el presidente durante los primeros dos años de su mandato.[1] El resultado alarma, pero no sorprende. Un porcentaje amplio de su actividad virtual está dedicado al cultivo de la violencia y la agresión. De ahí hacia abajo, todo. La práctica lingüística se ramifica en la sociedad civil, la tangible y la virtual.
Sé que no estoy diciendo nada nuevo, pero creo que no hay que dejar de decirlo. Para que lo dado no sea tomado como natural hay que hacer el esfuerzo de extrañarlo, es decir, de mirarlo como si nunca hubiese sido mirado. Todorov mediante, el problema del encuentro con el otro ha sido abordado históricamente de maneras igualmente problemáticas.[2] O se lo asimila y se lo borra, o se lo deshumaniza y se lo considera inferior. Es aquí donde me detengo. Esquivo el uso de “mandriles” y de algunos otros nombres de mamíferos como insulto y hago pie en lo pequeño. Cada vez que este nuevo estado de cosas arroja al aire las palabras “cucaracha”, “plaga”, “parásito”, se me presenta un orden aleatorio de objetos que ilumina otras zonas del agravio.
Pienso, sobre todo, en narraciones. Aparece ante mí, por supuesto y en primer lugar, Kafka y su inmensa humanidad inventando a Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis, un otro tan ajeno que se transforma en un bicho cascarudo, en un insecto, en una porquería que se mata o que se muere. Pero Samsa es un bicho solo, encerrado en su cuarto. Su tragedia empieza cuando su familia deja de verlo como uno de los suyos. Los insultos de los que hablo amplían el espectro de lo individual e incluso de lo familiar. Cucaracha, plaga y parásito se dicen siempre en plural. Nombran un enjambre.
Deambulo alrededor del motivo y vuelvo a encontrarme hojeando Velociraptors, célebre revista de divulgación científica y ficción extraña que se imprimió entre 2012 y 2023.[3] Tengo el número 4 en mis manos, un número dedicado a los insectos sociales. Uno de los artículos consiste en una conversación sobre Starship Troopers (en Argentina, Tropas estelares), la película basada en la novela homónima de Robert Heinlein.[4] El relato muestra a una infantería móvil humana en guerra contra una raza de insectos gigantes alienígenas, los arácnidos, que han destruido, vaya casualidad, Buenos Aires. Ante semejante panorama la sociedad se encuentra militarizada y el poder, hiperconcentrado. No hay ninguna posibilidad de entenderse con el enemigo, junta de insectos sin capacidad de reflexión, y la única solución es el exterminio. La novela y la película no dicen lo mismo, claro. De hecho, muchos leen la película como una sátira del texto original. Puede ser, no he pensado mucho en ello, sino en la diferencia entre soldados y bichos. Si los humanos obedecen, se agrupan y mueren por el colectivo, ¿qué los distingue, entonces, de los insectos que combaten del otro lado?
Hay que decir que estos bichos, además de ser bichos, vienen de otro planeta, lo que les suma una cuota extra de amenaza. Pienso ahora en lo distintos que son los bichos de Distrito 9, la gran película de Neill Blomkamp, un espejo cóncavo de la xenofobia y la segregación.[5] En este falso documental, los alienígenas –llamados langostinos, por su gran parecido con el crustáceo– son apartados, hacinados, torturados y usados como material de experimentación. Sus vidas pivotean en un gueto militarizado, entre intereses de corporaciones multinacionales y burocracias estatales que pauperizan aún más, si esto es posible, su existencia precaria. En esta historia hay un humano, Wikus, encargado de notificarles órdenes de desalojo a los bichos. Es su cambio de mirada –su mutación, en realidad– el giro narrativo que nos hace subirnos a la historia. Me permito el spoiler porque es una película que tiene más de 15 años. Wikus se vuelve héroe en el sacrificio que logra que dos alienígenas, Christopher y su hijo, se vayan a algún lugar del espacio del que esperamos (aún) su segunda venida, la que salve a su especie y, sobre todo, a Wikus, que quedó transformado en un langostino. Mientras tanto, Wikus crea artesanalmente flores de metal. Y acá, dando rienda suelta a digresiones nacionales, no puedo evitar acordarme de Erdosain, el protagonista de Los siete locos, empeñado en producir una rosa de cobre. Arlt ya había llenado Buenos Aires de humanos que la ciudad trataba como bichos, y también ellos soñaban con fabricar bellezas tercas que nacieran de la propia chatarra.
El cantar es un poco otro cuando hablamos, justamente, de lo propio. Porque hasta acá los bichos no solo son otros, sino que además vienen de otro lado. La historia que ahora visita mi mente es parte de la serie británica Black Mirror, creada por Charlie Brooker. Hablo de un capítulo viejo titulado “Hombres contra el fuego”.[6] En él, los soldados están encargados de limpiar determinadas zonas de cucarachas. Las cucarachas son humanoides horribles, monstruosos y pálidos, que amenazan a nuestra especie con su reproducción infinita. Más adelante la trama nos mostrará que las cucarachas no son tales. Son humanos de la casta más baja de todas, destinados a no existir. Para que su destino se cumpla, para que puedan ser asesinados sin que medie la piedad, a los soldados ejecutores se les implanta un chip que no solo les aumenta la realidad, sino que la distorsiona. Más temprano que tarde el soldado protagonista descubre la manipulación que ha sufrido y, a la hora de decidir, elige quedarse del lado de los malos, volver a la ilusión y al sistema que lo utilizó. Porque más vale malo conocido, y porque ese es el uso más o menos común de la distopía, que rara vez deja a sus personajes elegir el lado de la bondad.
Algo bien diferente pasa en la última novela de Juan Pisano, De a montones llegan a escucharse.[7] En esta historia la sociedad futura está dividida de forma inexorable en castas a las que les corresponden territorios, funciones, maneras de comer, de dormir, de vivir y sobrevivir. Existen los mejores, los que viven rodeados de lujos, y los peores, que no tienen la categoría de personas. Los que son insectos. El sistema injusto y desigual está sostenido por un Estado fuertemente represivo, con ecos del pasado reciente de la historia argentina, la última dictadura cívico militar, y del no tan reciente siglo XIX gauchesco, territorio en el que el autor es un experto (se han escrito análisis maravillosos sobre estas dos líneas, yo quiero mirar otra cosa). Hay una escena de la novela que quedó rebotando un tiempo largo en mi cabeza: Medina, el protagonista –un policía, un guardián del orden social futuro– dispara a quemarropa a un grupo de niños apiñados, muertos de hambre y de miedo, que según las lógicas del mundo que la novela retrata no deberían haber existido, y que son, por supuesto, insectos, plaga, bichos de más. La tentación es, sí, mirar esa escena como un golpe directo al estómago, como el paroxismo de lo cruel. Pero esa sería una mirada no sería justa con la estampa que retrata esta ficción. No median las emociones en este acto de limpieza porque eso es lo que es, una fumigación, un acomode, un despeje de mugre.
En Black Mirror es la muerte de la líder del escuadrón, que se llama Medina –igual que el protagonista de la novela de Pisano– la que hace que al protagonista se le desestabilice el implante que lleva en su cerebro y modifique su visión de las cosas. Pero hay una diferencia clave. El soldado de la serie descubre la verdad y vuelve al sistema, mientras que el Medina de Pisano descubre y cambia de lado. Me estuve preguntando qué es lo que hace que este personaje cambie la mirada. En De a montones llegan a escucharse, el soldado Medina es un hijo apropiado, como tantos chicos que la última dictadura argentina arrancó de sus familias. Su padre biológico es un miembro de la resistencia, un insecto. Su apropiador es un Coronel, una figura prominente del Estado y genocida. Medina es un mata insectos ejemplar, un soldado impecable. El problema empieza (o se reaviva, porque Medina es un personaje siempre en tensión) a partir de la recepción de unas cartas de su verdadero padre, el Pilo, que le cuentan su propia historia y la historia de los suyos. Una verdad. Otra forma de mirar. Una conexión con el bicherío, una comprensión de su pretendida deshumanidad.
No termino de darme cuenta si es, en la novela, la escena narrada la que desestabiliza la mirada de Medina, o si simple y llanamente es la que me desestabiliza a mí, a mi mirada de lectora. Porque son múltiples situaciones de ejercicio de la violencia en las que se encuentra compelido a actuar. ¿Entonces cuál es el momento en el que el protagonista decide volver al origen? ¿Por qué, en qué momento, elige a los pobres, a los condenados, a los parásitos? ¿Es algo en la sangre, algo que recorre su existencia como una marca de nacimiento? Yo, a contrapelo de los sentidos que hacen protagonista al protagonista, creo que es la necesidad de ser parte del montón. Sigo con el mismo número de la revista Velociraptors en mis manos. Esta vez leo un artículo que rastrea relatos en donde aparece la marabunta, esa plaga de hormigas, ese monstruo colectivo e invencible que arrasa con todo a su paso. Metáforas de la multitud. La nube de polvo que se alza a lo lejos. El barullo. La lucha sin máquinas. La batalla artesanal.
Quizás por eso el insulto es también una confesión. Quien llama plaga a otros sabe, aunque no lo diga, lo que puede una plaga. Quizás en el agravio pueda leerse algo más viejo. Una manera del miedo. Una manera torpe de ocultar el temor.
Mariel Martínez Cabrera. Profesora en Letras (FFyL-UBA) y Magíster en Escritura Creativa (UNTREF). Docente en el Taller de Escritura y Argumentación de la carrera de Abogacía de la UNPAZ. Actualmente se encuentra cursando un Doctorado en Literatura (FFyL-UBA). Autora del poemario Como cuerda (Halley, 2020) y del libro de cuentos En general no soñaba (Caburé, 2026). IG: @marielnegra
[1] Foro de Periodismo Argentino. (2026, 8 de enero). El insulto como estrategia. Un análisis de 113.000 tuits del presidente Milei [Visualización de datos]. https://mileiinsultaenx.fopea.org/
[2] Todorov, T. (1987). La conquista de América: El problema del otro. Siglo XXI Editores.
[3] Ruocco, C. (Ed.). (2012-2023). Velociraptors [Revista]. Editorial Neptuno. https://www.421.news/es/revista-velociraptors-editorial-neptuno/
[4] Verhoeven, P. (Director). (1997). Starship Troopers, TriStar Pictures. Heinlein, R. A. (1959). Starship Troopers. G. P. Putnam’s Sons.
[5] Blomkamp, N. (Director). (2009). Distrito 9 [Película]. TriStar Pictures; WingNut Films; QED International; Key Creatives.
[6] Brooker, C. (Guionista), y Verbruggen, J. (Director). (2016, 21 de octubre). Hombres contra el fuego (temporada 3, episodio 5). En C. Brooker y A. Jones (Productores ejecutivos), Black Mirror. House of Tomorrow; Netflix
[7] Pisano, J. I. (2025). De a montones llegan a escucharse. Evaristo.
Imagen de portada: kuritafsheen77 en Mgnific.com


