Golpe en Brasil
Brava gente, brasileira

Por Amílcar Salas Oroño
(UNPAZ – UBA)

Siempre habrá algo de interesado en aquellos que sentencien el fin de un ciclo y el comienzo de otro, el cierre de una etapa histórica, el final de una experiencia política. Si son ciclos, “oleadas” o “giros”, las caracterizaciones tendrán la intención según el destino que se persiga, como bien lo sabían los “historiadores” contemporáneos de la Revolución Francesa cuando se esforzaban en definir el instante preciso en que “la revolución ha terminado”. Ocurrirá repetidamente con todo proceso histórico intenso, estructurador. Algo de ese sentimiento ha atrapado el post-golpe brasileño de estos días: que si es el fin del Partido dos Trabalhadores, de Lula, de Dilma, etc.; ¿entramos, ahora sí definitivamente en un nuevo “giro político” regional? Dependerá de varios factores; para empezar, de la densidad de lo que se le oponga al golpe.

Porto Alegre - Milhares de pessoas tomaram as ruas em protesto contra o impeachment da ex-presidenta Dilma Rousseff ( Daniel Isaia/Agência Brasil)
Porto Alegre – Milhares de pessoas tomaram as ruas em protesto contra o impeachment da ex-presidenta Dilma Rousseff ( Daniel Isaia/Agência Brasil)

No habían pasado ni 24 horas que la negativa a inhabilitar a Dilma Rousseff para el ejercicio de cargos públicos para los próximos ocho años –esa “conciliación” que el Presidente del Senado articuló con algunos senadores contrarios al golpe la noche previa a la votación, con la venia del propio Michel Temer– comenzó a ser cuestionada. De la forma más descarada, aparecieron los “expertos constitucionalistas” de ocasión para afirmar que aquella separación de votaciones había sido inconstitucional, como si todo el proceso no lo hubiera sido. Entre los patrocinantes ante la Corte Suprema de Justicia de este pedido de anulación de esa decisión del Senado está Luiz Felipe de Orleans y Braganca, un heredero nobiliario de la monarquía portuguesa en tierras brasileñas. No fue su primera aparición en todo el proceso golpista: se lo pudo ver en varias ocasiones en el Congreso, siguiendo de cerca el ritmo de los acontecimientos; hasta los monárquicos se sumaron a la cruzada.

Es que el proceso que culmina en el golpe no implicó tan sólo una coyuntural cadena equivalencial de existentes antidemocráticos que fueron cercando las voluntades de los representantes en el Parlamento, sino que debe observarse como la expansión –no siempre absoluta ni homogénea, pero sí profunda– de un nuevo tipo de fascismo social, restauracionista, conservador, misógino, homofóbico, neoliberal en lo económico y, también… monárquico! Se ha insistido en varios lados que este golpe es el intento –ahora ya una realidad– de regresar al Brasil de las elites, de la Casa Grande, a las jerarquías de antaño, y es cierto. Pero es más que eso. Es algo peor. Se trata de un golpe profundamente antinacional tanto por lo que decide en torno a la (nula) contención a los interés extranjeros en sus fechorías, como por el modelo que subyace a lo que Michel Temer expresa y propone para la convivencia común, para la propia función integradora que el Estado tiene respecto de la sociedad.

Brasília - DF, 31/08/2016. Michel Temer durante posse como Presidente da República no Senado Federal. Foto: Beto Barata/PR
Brasília – DF, 31/08/2016. Michel Temer durante posse como Presidente da República no Senado Federal. Foto: Beto Barata/PR

A eso apunta el gobierno de Michel Temer cuando asegura –a través del hombre encargado del área, R. Paes– que el Programa Bolsa Familia está “inflado” y podría ser reducido a un 10% de lo que es hoy; cuando arregla las deudas presupuestarias de los Estados provinciales sin ninguna racionalidad económica, estirando ese mismo déficit público por el que supuestamente culpabilizaron a Dilma a parámetros absurdos; cuando vuelve a la cartilla de las relaciones bilaterales en materia de política exterior viendo conveniencias en arreglos inmediatos (vaya uno a saber de qué tipo) abandonando las integraciones (geopolíticas) de más largo aliento; cuando desarma el Programa Más Médicos, dejando sin consulta a las regiones más perdidas del inmenso territorio; y la lista podría continuar. Aquí no importa la dialéctica general de todos los elementos, el punto de vista de lo colectivo, la sociedad en su complejidad y unidad, la Nación. Su Proyecto no es más que la sumatoria –y por lo visto, será un equilibro bastante complejo– de diferentes intereses no conjugados en una fórmula común: por eso es el golpe de los nombres propios, sin velos. No hará falta que se desclasifiquen archivos en el futuro ni que se realicen grandes desencriptamientos para saber a ciencia cierta quienes diseñaron este golpe; una sencilla revisión incluso periodística ya brinda los nombres de los patrocinadores: la FIESP, la Fundación ATLAS, la familia Marinho, la Sociedad Rural Brasileña, entre otros canallas… están ahí, grosera y siniestramente, están ahí.

El trabajo de los golpistas durante las últimas semanas no era el de consolidar los votos finales de la destitución, esa era una tarea medianamente resuelta hace tiempo; de hecho, en las tres votaciones ocurridas en el Senado desde mayo hasta finales de agosto (la admisibilidad del juicio político, la elevación a la discusión del expediente y el propio juzgamiento final) la diferencia entre a favor y en contra se fue estirando cada vez más. Lo que la televisación sostenida del último acto debía reforzar –pasada la cortina de humo ideológica que fueron las olimpíadas, que sirvieron para ocultar, por ejemplo, que las pericias técnicas del propio Senado demostraron que Dilma no tuvo nada que ver con las denominadas “pedaladas fiscales”– era que el discurso del revanchismo para con el PT, de estigmatización a las minorías, de desprecio por las clases subalternas, de desprecio por otros países latinoamericanos, entre otras posiciones, serían el tono de los lenguajes sociales de aquí en adelante. El acto de cierre debía ser un coro inflamado que justificara el golpe, con discursos lo más vehementes posibles –como el del abogado de la acusación, Miguel Reale Jr.– que dejaran retumbando en los imaginarios colectivos, en esa traducción que hacen los medios de comunicación a los lenguajes circulantes, un fascismo social para el día a día, para encontrar sus justificativos; con los efectos represivos consecuentes que asoman sobre las movilizaciones opositoras, como se ha observado.

Plenário do Senado Federal durante sessão deliberativa extraordinária para votar a Denúncia 1/2016, que trata do julgamento do processo de impeachment da presidente afastada Dilma Rousseff por suposto crime de responsabilidade. Em pronunciamento, presidente afastada Dilma Rousseff. Foto: Roque de Sá/Agência Senado
Plenário do Senado Federal durante sessão deliberativa extraordinária para votar a Denúncia 1/2016, que trata do julgamento do processo de impeachment da presidente afastada Dilma Rousseff por suposto crime de responsabilidade.
Em pronunciamento, presidente afastada Dilma Rousseff.
Foto: Roque de Sá/Agência Senado

Por eso la alocución final de Dilma Rousseff frente a los senadores que irían a culparla unas horas después adquiere una dimensión relevante para la propia historia brasileña, para la elaboración de aquello que vendrá: a sabiendas que la votación no le sería favorable, decidió que, por lo menos, el discurso fascista no ganara completamente la escena, resaltando la importancia de la lucha como mecánica de autoreconocimiento, individual, como mujer, como clase. Haciendo oídos sordos a lo que los mariscales de su propio partido le habían sugerido –la semana anterior, la misma Ejecutiva Nacional del PT había dispuesto no respaldar su propuesta de encaminar nuevas elecciones– y a lo que sus estrategas le aconsejaban –que no utilizara la palabra “golpe”– Dilma salió denunciando el fraude constitucional, apuntando con el dedo a los golpistas, sin mediaciones. En sus más de 14 horas de interpelación entregó una interpretación del país, de sus dilemas periféricos, destacó la vulnerabilidad en la que se encuentran las clases populares frente al poder de las elites, mostró cómo su propia vida también expresaba las luchas por la democratización en un sentido general. Construyó un momento político en el medio del golpe, con una denuncia que ya se convierte en insumo de prospectiva –como lo fue, en otro instante dramático, la carta-testamento que acompañó el suicidio de Getulio Vargas, en 1954– y que ha desatado una reacción en cadena de apoyos a su figura, afuera y adentro del país, algo que estaba adormecido pero que se ha despertado. Cuan efectiva y sostenida será su apelación en el corto plazo dependerá de varios factores. Lo cierto es que un nuevo punto se incorpora a las cartografías populares en la construcción trabajosa de sus opciones políticas, en esa trama que costura a Antonio Conselheiro con Lula y Chico Mendes con Joao Goulart, entre tantísimos otros. Esa trama también la tiene a Dilma.

 

Foto de portada: São Paulo – Manifestação Fora Temer na Avenida Paulista (Rovena Rosa/Agência Brasil)

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