A UN AÑO DE LA MUERTE DEL PAPA JESUITA
Francisco, un buen pastor

Por Aníbal Germán Torres

06¿Sobre qué pilares descansó el pontificado marcadamente reformista de Francisco? El politólogo e investigador del Magisterio Social de la Iglesia, Anibal Torres, traza sus bases. Y destaca que el papa borgeano, tanguero y afín a los alfajores mostró una atenta lectura de los signos de este tiempo.

 

“Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; más cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras.  Esto dijo, dando a entender con qué muerte [Simón-Pedro] había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme”

Jesús de Nazaret

 

El 21 de abril de 2025 quedará en la historia por ser el día en el cual el Papa Francisco entró en la eternidad. En la jornada previa había impartido la tradicional bendición urbi et orbi (a la ciudad y al universo), en el domingo de Pascua de Resurrección. Seguramente a esta altura cada persona asocia a la figura del Pontífice argentino y jesuita una constelación de términos. Algunos esgrimen opiniones críticas, cercanas a la demonización, y otros tienen una mirada más bien condescendiente, rayana en la idealización. De manera, entonces, que resulta un desafío no menor tratar de brindar una perspectiva equilibrada, que no quiere decir neutral.

Como para muchos y muchas dentro y fuera de la comunidad eclesial la evocación de la figura de Francisco me mueve a la gratitud por la “primavera” comenzada el 13 de marzo de 2013, tras el proceso electoral que se abrió a partir de la revolucionaria renuncia de Benedicto XVI. En mi perspectiva, que se nutre del diálogo fecundo con amigos y colegas como el politólogo y abogado Nicolás Dallorso, el historiador Nicolás Perrone y los teólogos Franco Caramuto, Agustín Podestá y Sabrina Marino, el pastorado de Francisco descansó sobre cinco pilares: la misericordia (lema del Papa hecho praxis compasiva), el pueblo (desde las raíces teológicas del Pontífice argentino), el discernimiento personal y comunitario (dada su pertenencia al carisma jesuita), la sinodalidad (desde la cabal puesta en práctica de la renovadora eclesiología del Concilio Vaticano II) y la mística (expresada en su afecto a la devoción de las devociones: el Sagrado Corazón de Jesús).

Aquel pontificado marcadamente reformista que había imaginado-profetizado el escritor argentino y ex sacerdote jesuita Leonardo Castellani en su novela Juan XXIII (XXIV) (1964) se volvió una realidad efectiva y afectiva a partir de que el primer Papa latinoamericano comenzó solemnemente su ministerio el día 19 de marzo de 2013, fiesta de san José, cuando se le entregó el palio de pastor y el anillo de pescador hombres. Sin el histrionismo de Juan Pablo II (lo que no implica que no tuviera carisma propio) y sin la finísima formación intelectual de Benedicto XVI (lo que no quiere decir que careciera de raíces teológicas y filosóficas robustas), comenzaba así el recorrido entre el Pastor y el santo pueblo fiel que Dios le confió, camino que se extendería por 12 años. Dado el aprecio que Francisco tenía por la literatura, pienso que a su peculiar modo tuvo rasgos de dos buenos pastores: el obispo Myriel, personaje misericordioso con el cual Víctor Hugo abre Los Miserables (1862) y el sacerdote Zosima, figura luminosa que Fiodor Dostoievski presenta en Los Hermanos Karamázov (1880), en discreto contrapunto con “el gran inquisidor”.

Un Magisterio profético e integral

Más allá de los acontecimientos que marcan cada época, lo que más se suele tener en cuenta de los Papas son sus enseñanzas, las cuales, en mayor o menor medida, buscan dar respuesta a los desafíos y anhelos de una coyuntura particular. En este sentido, el Magisterio de Francisco, con su profetismo (de denuncia y anuncio, de protesta y propuesta) y su audacia, mostró una atenta lectura de los signos de este tiempo y una perspectiva integral. Sus documentos no se pueden leer de manera desgajada, sino en una hermenéutica de la armonía, “porque el todo es superior a la parte”, según uno de los (ya famosos) “principios bergoglianos” para la construcción y la conducción de cada pueblo en un mundo poliédrico.

Quienes solamente reparan en las grandes encíclicas sociales, o sea Laudato Si’ (de 2015, sobre el cuidado de la Casa Común) y Fratelli Tutti (de 2020, sobre la amistad y fraternidad social), no deben olvidar que éstas fueron precedidas y sucedidas por dos encíclicas muy profundas, más allá que alguien -con una mirada muy humana- podría soslayarlas por “piadosas” o “dulzonas”: Lumen Fidei (de 2013, sobre la virtud de la fe, documento escrito “a cuatro manos” con Benedicto XVI) y Dilexit nos (de 2024, sobre la actualización de la devoción sacricordiana).

Más allá de su estilo directo de comunicar, expresado por ejemplo en las numerosas entrevistas que concedió (que sirvieron para conocer mejor su carácter pero también para alimentar no pocas e innecesarias controversias dentro y fuera de la Iglesia), lo principal y lo oficial del pensamiento de Francisco está en esos documentos pero también en otros textos: son de mencionar las Exhortaciones Apostólicas Evangelii Gaudium (de 2013, sobre la evangelización en el mundo actual, su programa de gobierno pastoral), Amoris Laetitia (de 2016, sobre la pastoral matrimonial y familiar), Gaudete et Exsultate (de 2018, sobre la llamada a la santidad) y Christus Vivit (de 2019, sobre la pastoral juvenil).

En lo que hace específicamente a la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), cabe recordar que este corpus sistemático, iniciado solemnemente en 1891 con la Rerum Novarum de León XIII como respuesta del catolicismo a la cuestión social o cuestión obrera, se ubica epistemológicamente en el campo de la teología moral social, no en el plano de las ideologías y/o doctrinas políticas o económicas. La DSI ha avanzado según la evolución de la cuestión social, que ya en tiempos de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I adquirió una escala planetaria. En este sentido y a partir del discernimiento evangélico, Francisco optó “por” pero sobre todo “con” los pobres, vistos muchas veces (y lamentablemente) como los leprosos de nuestro tiempo. Allí encontramos, por ejemplo, a los migrantes y refugiados, a los descartados (víctimas de la “cultura del volquete”, que usa y tira, que excluye), a las mujeres violentadas, a los niños no nacidos y a los niños maltratados, a los jóvenes sin horizonte y los ancianos abandonados, a los trabajadores sin derechos, a los criminalizados, y a los colectivos de la diversidad sexual.

En pocas palabras, Francisco hizo una clara opción por el Reino de Dios, el proyecto horizontal (de fraternidad y sororidad) y vertical (de filiación) encarnado en Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios; el Reino “ya” presente “pero todavía no” consumado (decía el teólogo protestante Oscar Cullmann), la “imagen [bíblica] del encuentro entre la esperanza y la gracia (…) la Nueva Creación” (dice el sacerdote y escritor Hugo Mujica).

En ese sentido, aplicando al Pontífice argentino una expresión que él usaba para referirse a su admirado “Padre Maestro” Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, Francisco fue un verdadero “estratega” del Reino de Dios, que es tanto un don como una tarea, para “¡todos, todos, todos!” (excepto para aquellos que, como el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, no se quieren unir a la fiesta de la vida nueva, debido a un corazón endurecido). De ahí que la estrategia delineada e implementada a lo largo de 12 años fue la construcción de puentes desde el diálogo ecuménico (como se plasmó en Laudato Si’), el diálogo interreligioso (expresado en Fratelli Tutti) y un amplio diálogo socio-ambiental (impulsado especialmente en los documentos Querida Amazonia y Laudate Deum).

Así, a partir de varios textos magisteriales de Francisco, las llamadas virtudes teologales fueron traducidas en términos seculares comprensibles para todos y todas: el amor como compromiso por la justicia social y la institucionalización de la solidaridad, la fe como confianza en los demás y la esperanza (aquella hermanita pequeña que, según Charles Péguy, lleva de la mano a las otras dos virtudes) como dinamizadora de la vida civil hacia un futuro mejor, hacia una transición ecológica a partir de un desarrollo humano integral y sostenible, que no deje a nadie tirado al borde del camino ni degrade ecológicamente a nuestra Casa Común.

Ahora bien, debe quedar claro que ¡esto no fue un invento de Francisco! Su Magisterio se nutrió de la Sagrada Escritura, de la Tradición Viva de la Iglesia y del Magisterio de sus predecesores. Por ejemplo, ha recordado en más de una ocasión la relevancia de implementar una “economía social de mercado”, como decía Juan Pablo II, dando centralidad a la “justicia social”, que ya aparecía en Pío XI. Así, el Magisterio Social de Francisco está en continuidad dinámica con las enseñanzas de los Papas anteriores, si bien desde su impronta hoy podemos hablar de un verdadero Discernimiento Social de la Iglesia que no pierde el horizonte re-evangelizador (plasmado en su programática Exhortación Evangelii Gaudium), como servicio a la familia humana, cuya carne sufriente hay que tocar, según ha indicado a quienes integran la Curia Romana, el gobierno central de la Iglesia (con la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium).

De manera entonces que es el anuncio profético del Reino lo que en realidad algunos poderosos de dentro y fuera de la Iglesia impugnaron de la figura de Francisco y su pontificado, con repliques tendenciosos o acríticos en las redes sociales. Les molestaba la recepción del Reino en el Magisterio del Papa, quien se dejó mover (mocionar) por el buen espíritu, es decir, el Espíritu Santo, artífice en última instancia de toda reforma eclesial; les caía mal su dulce sabor al Evangelio de justicia y paz, y la inversión de valores que conlleva, como bien lo expresara María de Nazaret en el canto del Magnificat, señalando que Dios “dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, y a los hambrientos los colma de bienes”. O sea, la historia desde los de abajo, abiertos al don de lo alto.

El Santo Padre, verdadero apóstol de la infinita dignidad humana, de la paz y de la no violencia activa en una Iglesia y en un mundo heridos por la crisis civilizatoria socio-ambiental, las divisiones polarizantes y las desigualdades que asedian a las democracias, las guerras fratricidas, el avance de la tecnocracia sin ética y las diferentes formas de neo-colonialismo, predicó que “la unidad es superior al conflicto” y dio testimonio de ello poniendo el cuerpo, por ejemplo con sus casi 50 viajes apostólicos hacia los cuatro puntos cardinales. Eso no quita que, por fidelidad al Evangelio, haya insistido en sacudir el fariseísmo, la hipocresía y la mundanidad en la comunidad eclesial.

Asimismo, el Papa rehusó las lecturas mundanas que confunden a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, con un Parlamento propio de las democracias representativas, con mayorías y minorías circunstanciales y en punga. Como dijo desde su cuenta en la ex Twitter, @Pontifex: “Miremos a la Iglesia como la mira el Espíritu Santo, no como la mira el mundo. El mundo nos ve de derechas y de izquierdas; el Espíritu nos ve del Padre y de Jesús. El mundo ve conservadores y progresistas; el Espíritu ve hijos de Dios” (31 de mayo de 2020).

Para Francisco, entonces, el criterio nítido de discernimiento eclesial (con su correlato en el ámbito civil) fue: “Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar […] El camino de la Iglesia, desde el Concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración…”  (AL 296). Efectivamente, en la larga historia de la Iglesia, puede rastrearse ese enfrentamiento de lógicas o de pastorales, como el conflicto entre el comprensivo Papa Calixto I e Hipólito, su sectario oponente.

Incluso cuando su salud se vio notablemente disminuida se renovaron las críticas al Papa, aun en su propio país, al cual (de manera difícil de entender para propios y extraños) no quiso visitar; mostrando, por un lado, que el discernimiento no es una pieza de relojería y, por el otro lado, su preferencia en los intermediarios (al menos en este caso). A lo largo de más de una década y también hoy se hicieron sentir los comentarios ácidos de quienes confunden tradición con tradicionalismo, discernimiento con relativismo, misericordia pastoral con laxitud moral, e incluso, “multilateralismo desde abajo” con un opresivo “nuevo orden mundial”, según los dictados del “wokismo”.

Para quienes tienen otras convicciones religiosas o filosóficas o, incluso, siendo bautizados se han alejado de la Iglesia por diversos motivos, lo cierto es que Francisco de alguna forma, podemos decir, les ha tocado el corazón. Más aún, los convocó a organizarse y conformar así una amplia “alianza social para la esperanza” (Spes non confundit 9). Si bien es verdad que él no se ha cansado de repetir que la Iglesia no es una ONG, sino algo mucho más (por empezar, el santo pueblo fiel de Dios que peregrina en la historia, una forma de introducirse en el misterio de la vida divina y desde ahí servir a los demás), también es cierta aquella afirmación atribuida a San Agustín que dice más o menos así: “no todos lo que tiene la Iglesia los tiene Dios, y no todos los que tiene Dios los tiene la Iglesia”.

Despedida con corazón agradecido

Francisco de Roma, quien tomó el nombre y los gestos tiernos de aquel otro Francisco, il poverello de Asís, encarnación de una armonía cabal, sabía que, al decir de santa “Mama” Antula desde la sabiduría ignaciana, “la paciencia es buena, pero mejor es la perseverancia”. Por eso el Papa pedía insistentemente que rezaran por él (como solicitaba el Pontífice argentino imaginado por Castellani 60 años antes). Esto a los efectos de tener las fuerzas necesarias para poner en marcha procesos transformadores, más allá de llegar o no a ver los resultados, dado que “el tiempo es superior al espacio”, como dice otro de sus “principios”. Y en efecto, en aspectos sensibles como el sueño de una Iglesia “pobre y para los pobres”, la mayor visibilidad de las mujeres en la vida y misión eclesial, la conversión del Papado y la lucha contra el clericalismo y el eurocentrismo. Aún queda mucho por hacer. Para llevar a buen puerto esas y otras reformas faltan los “enamorados” del Reino y del pastor que cuida el rebaño que le fue confiado (a imagen de Jesús Buen Pastor), no los “acostumbrados” que terminan jugando para los lobos.

Como el futuro depende de la combinación de diferentes factores (y en la perspectiva creyente está en manos de Dios), estas consideraciones no deben empeñar la gratitud de corazón y el afecto que muchos, dentro y fuera de la Iglesia, tenemos por Francisco, quien fue un hombre que disfrutada del ejercicio del poder con mano firme, pero también fue un testigo fiel del Evangelio de la luz, la liberación integral, la alegría y la ternura. Tenían razón algunos italianos cuando decían “¡Bergoglio, sei nostro orgoglio!” (“¡Bergoglio sos nuestro orgullo!”).

El lunes de la Octava de Pascua de Resurrección en el Año Santo de la Esperanza 2025 entramos en una atmósfera de luto tras la partida -inesperada y llorada a nivel global por creyentes y no creyentes-, del Papa Francisco.

Tras 12 años de un pontificado intenso y transformador, no sin fuertes tensiones y controversias, comenzó el largo adiós al 266° legítimo sucesor de San Pedro. Como afirman los que conocen de estas cosas, con el comienzo del período de “Sede Vacante”, el Colegio Cardenalicio –el “Senado” de la Iglesia- fue el último intérprete de la voluntad del Pontífice fallecido. A juzgar por lo que fue el cuidadoso ceremonial de despedida a Francisco, podemos decir que se cumplió con su voluntad. Más aún si tenemos en cuenta a algunos invitados especiales (como el representante de los “cartoneros”) y las palabras oficiales que se fueron diciendo desde su deceso hasta la realización del funeral. Así, los Cardenales hicieron saber, por boca del Camarlengo y del Decano del Sacro Colegio, que Francisco fue el Papa “de los pobres”, “de los excluidos” de este mundo que descarta a los más vulnerables. Fue el Pontífice que quiso una Iglesia “en salida” y que funcionara como “hospital de campaña”.

Desde el pomposo funeral de Pío XII en 1958 no se veía en las calles de Roma presencia de público, más allá de la colina vaticana. Con su particular y devota decisión de ser inhumado en la Basílica de Santa María la Mayor, donde está el venerado ícono de la Virgen “Salud del Pueblo Romano” (y donde descansan los restos de otros Pontífices), Francisco tuvo su último adiós a lo largo de unos pocos kilómetros, rodeado del pueblo, como a él le gustaba. Según se afirma, era el trayecto que hacían los primeros Obispos de Roma para presentarse ante el Emperador Romano. Más allá de que los tiempos han cambiado notablemente, el pueblo salió a las calles para despedir a su Obispo.

Sí, un argentino borgeano, tanguero y afín a los alfajores, homenajeado en las añosas arterias de la otrora caput mundi. Ningún compatriota tuvo y posiblemente no tendrá jamás semejante honor. Para Argentina, un país relativamente joven y construido en base a presencias y ausencias, vale mencionar el caso de algunas figuras destacadas que murieron en el exterior y casi en el anonimato: José de San Martín, el Padre de la Patria, partió de este mundo en 1850, en Boulogne-Sur-Mer (Francia); Juan Manuel de Rosas falleció en 1877, en Southampton (Reino Unido); y Jorge Luis Borges murió en 1986, en Ginebra (Suiza). El “Padre Jorge” fue “de Buenos Aires”, o incluso “del barrio de Flores”. Pero Francisco, como señaló tempranamente Leonardo Boff al comienzo de la “primavera eclesial” que encarnó, es “de Roma” y de ahí, “del mundo” entero, “de todos”. Es verdad también que lleva consigo a la eternidad el anillo de plata, adquirido en su lejana patria y cuyo material remite al nombre de la misma: “argentum”.

Tengo la esperanza de que el Papa León XIV continúe (con su estilo propio) las reformas que Francisco puso en marcha y que, como buen jesuita, buscaba que fuesen para mayor gloria de Dios. Vaya mi evocación al amado Pastor “con olor a pueblo”. Con la gran Teresa de Jesús me animo a decir: “Señor, no nos quejamos porque te lo llevaste… solamente queremos darte gracias porque nos lo diste”.

Semper in Christo vivas, Pater Sancte!

 

 


Aníbal Germán Torres es Doctor en Ciencia Política. Se desempeña como docente universitario (en grado y posgrado) en la Universidad de Rosario (UNR), Universidad General San Martín (UNSAM) y la Universidad Católica Argentina (UCA). Sus líneas de investigación se vinculan con la ciencia política y el Magisterio Social de la Iglesia.

 

 

 

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