Las disidencias no son de derecha
Homo nacionalismo Made in Argentina

Por Alejandro Campos

En los últimos años las derechas han venido colonizando sectores de la sociedad tradicionalmente de izquierdas o progresistas, como es el caso de las diversidades sexuales. Alejandro Campos examina aquí este fenómeno y sostiene que la ampliación de derechos de las disidencias es inseparable de un proceso más general de expansión integral de derechos para el campo popular.

 

Una insólita alianza va cristalizándose en varios países occidentales. Después de más de dos décadas de intensa expansión de los derechos de las mujeres y de las identidades LGTTBIQ+, empujados por las luchas sociales y garantizadas por políticas progresistas, desde hace algunos años ha cobrado impulso una inesperada torsión que produce el alineamiento entre las derechas y ciertas corrientes de militancia y activismo LGTTBIQ+. Esta tendencia, ya fortalecida en Europa y en Estados Unidos, ya ha comenzado su andadura en Argentina.

La investigadora y activista Jasbir Puar acuñó el concepto de “homonacionalismo”[1] para identificar este fenómeno, dando cuenta de las estrategias de interpelación a los activismos de las minorías sexuales empleadas por las derechas nacionalistas, que logran ensamblar el choque de civilizaciones al choque de sexualidades[2], movilizando el vago sentimiento de angustia que provoca el terrorismo –y el islamismo- al enfatizar el carácter homofóbico y misógino del Islam. De esta manera, los nacionalismos explotan las ansiedades que genera el proceso de decadencia de la civilización occidental, pero trasladando la perturbación al plano más personal de la identidad, el estilo de vida y la sexualidad. Los derechos conquistados por la comunidad  LGTTBIQ+ en varios países de Europa y Estados Unidos se dibujan como existiendo bajo el horizonte de una amenaza y preservarlos supondría una suerte de enrolamiento vital con la defensa de la civilización occidental. Este alineamiento trae implícito un supremacismo blanco que es susceptible de trazar fronteras rígidas al interior de los activismos, marcando un antagonismo entre las identidades LGTTBIQ+ y otras identidades como, por ejemplo, lo musulmán o lo árabe en general, lo cual por otra parte excluye la posibilidad de reconocer agencia política –y tejer alianzas- con aquéllxs musulmanxs que son a la vez disidentes sexuales.

Tal como sostiene Jasbir Puar, la segunda edición del World Pride (Orgullo Mundial) destaca como una instancia emblemática para analizar las estrategias que intentan anudar las luchas LGTB a la defensa y reivindicación de lo occidental. Celebrada en Jerusalém –en el año 2006- la elección de la sede despertó oposiciones dentro del movimiento. Una buena parte del activismo alzó la voz contra la provocadora decisión, que apuntaba a exhibir a Israel como un islote de tolerancia y apertura rodeada de un Medio Oriente conservador y fundamentalista. Una elemental estrategia de pinkwashing tendiente a encubrir la política represiva y criminal del Estado Israelí.

Esta inclinación defensiva –y paranoide- de algunas corrientes en las luchas LGTTBIQ+ se hace cada vez más patente en Europa y Estados Unidos al calor del crecimiento de las extremas derechas, pero aún no encontraba los cauces para diseminarse por América Latina. Por eso constituyó una estrambótica novedad la aparición, durante el 2020, de una agrupación que lleva como ícono la bandera del orgullo recortada por otra figura en una pose que remite a las banderas reivindicatorias del Che Guevara, pero sustituida la imagen de éste último por la de una tristemente recordada Ministra de Seguridad. Nos referimos a la agrupación que se presenta como “La Puto Bullrich”, ¿la pata pretendidamente “gay friendly” de la derecha argentina?

Homogorilismo

A través de las torsiones adaptativas que esta tendencia asume para introducirse en las coordenadas del escenario político nacional, podemos vislumbrar algunas características propias de las derechas autóctonas. En Argentina, el homonacionalismo se expresa como homogorilismo. La incisión que traza el discurso de la derecha sigue menos las líneas de las identidades civilizatorias y culturales que las líneas de las identidades políticas. Si el musulmán ha sido construido como “la” imagen amenazante por excelencia en buena parte del primer mundo, los discursos de las derechas en Argentina emplazan en ese lugar al peronismo kirchnerista. Éste es delineado prácticamente como un elemento extranjero. Señalado y marcado por esa extranjería deviene también una amenaza civilizatoria, porque en el fondo esa condición extranjera estaría dada por la oscura afinidad de esa identidad política con regímenes no occidentales. Quizás esa afinidad haya encontrado su estrategia más efectiva para instalarse en el imaginario social a partir de la sugerida ligazón del kirchnerismo con Irán, agitada tanto por los fondos buitre en una campaña internacional como por la oposición política local que judicializó el pacto con Irán. De este modo, en Argentina (y, con las particularidades nacionales, esto es en cierta medida extrapolable a buena parte de los países de la región) la movilización del odio se caracteriza por atizar los resentimientos políticos antes que los raciales o culturales. No obstante, si sucede efectivamente así, eso se debe a que el racismo está articulado y se expresa, en buena medida, como antiperonismo. Ayer el cabecita negra, hoy el planero, las figuras que  erosionan el ideal civilizatorio forman parte de la galería de imágenes de la derecha. Por eso no es casual que uno de los fundadores de “La puto Bullrich”, en su primera entrevista radial, haya explicado que uno de los propósitos de la agrupación es “disputarle al kirchnerismo estas banderas (de la diversidad sexual) y no permitir que se las apropien porque por ejemplo en varios espacios que tenemos en común, como por ejemplo la marcha del orgullo, en los últimos años se veía cómo los reclamos eran más parecidos a la agenda del kirchnerismo, como por ejemplo han dicho “liberen a Milagro Sala” o “fuera el FMI”, cosas que nada tienen que ver con los reclamos de la comunidad LGBT”[3]

El componente racista del antiperonismo encuentra hoy en Milagro Sala una de las figuras emblemáticas alrededor de la cual condensarse. Estas declaraciones dejan entrever el rechazo que sienten determinadas personas que se consideran pertenecientes a la comunidad LGTBIQ+ ante la ligazón de las luchas de las minorías sexuales con otras luchas políticas que supuestamente no tendrían “nada que ver con los reclamos de la comunidad LGTB”. Buscan consolidar así una suerte de segmentación de las demandas que corte la interseccionalidad de las luchas en nombre de cierta pureza de lo que constituirían los reclamos específicos de la las diversidades sexuales. No vaya a ser que la lucha se ennegrezca demasiado.

Ese carácter prácticamente extranjero e invasor que se le endilga al peronismo (que tan bien relevado está en el famoso cuento “Casa tomada”, de Julio Cortázar) tiene consecuencias que no deben ser subestimadas. Si algo como “La Puto Bullrich” es siquiera posible, eso se debe en buena medida al grado de extrañeza y marginación que seguramente habrán sentido muchxs personas –generalmente de clase media, media alta- que se consideran parte de la comunidad LGTBQI+ y que aun detentando un cierto poder simbólico y cultural, asistieron durante años a ver cómo el proceso de expansión de derechos a disidencias sexuales se cristalizaba en el marco de gobiernos que ellos rechazaban. Es por ello que el único relato que puede dar consistencia a su posición política es aquél que se asemeja al fabricado en torno a los derechos humanos: el kirchnerismo se apropió de la lucha. Así como se habría “apropiado” de los derechos humanos, también lo habría hecho con los derechos relativos a las identidades sexuales. Esta figura del enemigo que diseñan se compone de esas dos partes, la maldad y la astucia de quien coopta y la ingenuidad de quienes se dejan cooptar –quienes eventualmente deben ser redimidos de ese lazo supuestamente empobrecedor-.

Apocalipsis Now

Aun cuando hay elementos para sostener que las ultra derechas en el mundo se encuentran en una fase ofensiva, es preciso considerar el contexto global en el cual surgen y observar que estas expresiones políticas son emergentes de un proceso de profunda decadencia de la civilización occidental y particularmente de Estados Unidos. Más allá del histrionismo y de las retóricas desencajadas, estos personajes –más grotescos que trágicos- son el fruto del declive de la civilización occidental, y no referentes surgidos en una época de ascenso. Son el manotazo de ahogado que surge en una época ya sin veladuras, cuando los resortes ideológicos que sostuvieron el capitalismo se encuentran desvencijados y la única forma de seguir reproduciendo la maquinaria es exhibiendo su descarnada brutalidad e incluso haciendo de ese espectáculo un objeto de deseo.

Es en este contexto que las distopías reflejan –y retroalimentan- el marchito imaginario social, proliferando en series, películas y videojuegos. La atmósfera apocalíptica de la época (que se desprende tanto de la crisis ecológica como de la vivencia cotidiana de millones que no pueden pensar más que en su día a día) es el suelo desde el que se nutren esta suerte de fundamentalismos occidentales que representan las derechas extremas. Basta ver la proliferación de iconografía mesiánica en torno a personajes como Jair Messias Bolsonaro, Donald Trump o –para traer un ejemplo de cabotaje-, Javier Milei. Estas expresiones buscan canalizar la sensación epocal de clausura del futuro a través de la promesa de un tiempo mesiánico, anudando eficazmente la dimensión política a la teológica.

Colocados bajo este fondo histórico, la apariencia ofensiva de las rabietas y arrebatos de estos trasnochados personajes de la historia revela su verdadera naturaleza defensiva. Son mecanismos defensivos los que cohesionan a estas identidades políticas. Y acompañando esta tendencia paranoide, ciertas corrientes dentro del movimiento LGTBIQ+ se pliegan a los nuevos tiempos. Luego de dos décadas de ampliación de derechos para la comunidad, ahora éstos se insinúan –en los discursos de las extremas derechas- como amenazados por la intromisión de valores y estilos de vida no-occidentales. El enrolamiento en la defensa de los “valores occidentales” anuda la geopolítica con la dimensión más personal de la sexualidad, en tanto esa defensa implica supuestamente la preservación del propio estilo de vida alcanzado. El hecho de que algunas figuras políticas que encarnan esa defensa de lo occidental sean abiertamente misóginas, racistas –e incluso homofóbicas- parece no ser un obstáculo para despertar las simpatías de un electorado gay – lésbico. Así, pueden aparecer referentes como el norteamericano Milo Yiannopoulos, un periodista, (ex) youtuber, recientemente definido como (sí, say no more) “ex – gay”. Un seguidor trumpista de la alt – right y promotor de las terapias de conversión para la “cura” de la homosexualidad. Personajes como éste alertan de este lado del atlántico sobre la peligrosidad de seguir los pasos adoptados en Europa en relación a la laxa política inmigratoria. En el Viejo continente, el fenómeno de la inesperada conjunción entre minorías sexuales y extrema derecha está aún más institucionalizado. La apertura gay-friendly del Frente Nacional de Marie Le Pen, el liderazgo de Alice Weidel en la extrema derecha alemana, así como el caso del asesinado Pym Fortuyn en Holanda o Jorg Haider en Austria, son solamente algunos ejemplos de esta alianza.

En Argentina, además de la ya mencionada agrupación “La Puto Bullrich”, esta alianza encuentra en otro comunicador a uno de sus principales representantes. Se trata del joven politólogo Agustín Laje, co-autor de un panfleto con pretensiones académicas titulado “El libro negro de la nueva izquierda”, rejunte de anti-populismo, anti-feminismo, anti-comunismo y propaganda anti-LGTBIQ+. Este referente de las redes viene desplegando hace tiempo una estrategia de acercamiento con jóvenes gays –no sólo en Argentina, también en otros países de la región- con los que se muestra empático en entrevistas en las que predomina una narrativa de arrepentimiento por parte de protagonistas que cuentan sus experiencias de haber sido “cooptados” por el “lobby LGTB”. Sus videos funcionan como uno de los principales insumos discursivos para la batalla cultural (se revuelca Gramsci en su tumba, tan frecuentemente apropiados sus conceptos por las derechas) que dicen estar llevando adelante. En estas últimas elecciones –qué sorpresa cabe- Laje llamó a sus seguidores a votar por Javier Milei, el flirteo favorito de Patricia Bullrich, quien también tuvo su representación en la marcha del orgullo. La trigésima marcha fue la primera en ver el desfile de dos camiones de Cambiemos.

El peligroso encanto del asimilacionismo

Este giro conservador de algunos sectores del movimiento LGTBIQ+ se produce, como decíamos, tras más de dos décadas de ampliación de derechos para la comunidad. Desde el matrimonio igualitario hasta leyes de identidad de género en varios países, pasando por leyes anti-discriminatorias y cupos laborales. Este proceso viene corriendo a la par de un seductor proceso de asimilación en el plano económico que implica transformaciones en el imaginario social promovidos en ocasiones por grandes empresas, que ahora incorporan iconografía y simbología de las diversidades en sus campañas publicitarias. Estos dos procesos tienen sus puentes y vasos comunicantes, pero es importante subrayar que mientras los derechos conquistados son el fruto de décadas de lucha social y política, los virajes mercantiles son en cambio el producto de la mercadotecnia. El hechizo del mercado moldea una imagen consumible –y consumista- de las diversidades. Es así que también contornea las imágenes de lo “legítimamente” lésbico, trans, queer, gay. Volviendo una rareza, por caso, la imagen de alguien a la vez musulmán y gay o indígena y gay. Es en buena medida este proceso de asimilación el que genera las condiciones de posibilidad para las afinidades entre algunas corrientes LGTTBIQ+ y tendencias de supremacismo blanco.

Sin embargo no todo es reciclable y asimilable. Toda una historia y un presente de luchas constituyen conjuros contra las ilusiones lanzadas por las usinas del marketing.  La historia reciente de nuestro país nos enseña que un proceso de expansión de derechos para las diversidades sólo es consistente en el marco de un ciclo de expansión integral, y no bajo la forma de políticas sectoriales desprendidas del desarrollo general.

 

 


Alejandro Campos es Lic. en Ciencia Política (FSOC – UBA), especializado en Comunicación, género y sexualidad (FSOC-UBA). Es profesor regular de las materias de filosofía en Instituto Peac y Comunicación y Cultura en Profesorado Hans Christian Andersen. Coordina talleres de masculinidades y de filosofía en espacios culturales y escuelas secundarias. Ha incursionado en el cine a través del guión y la realización de “Revés”, cortometraje acerca del bullying vinculado a la discriminación por orientación sexual.


[1] El concepto es desarrollado en Puar, Jasbir, Ensamblajes terroristas. El homonacionalismo en tiempos queer, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2007.

[2] Para un desarrollo más amplio, ver Stefanoni, Pablo, ¿La rebeldía se volvió de derecha?, Siglo Veintiuno Editores.

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