Por Valentina Blanco
¿Existen nuevas formas de disciplinamiento algorítmicas? ¿De qué modo pensar colectivamente es aún posible en la era de la información? Estas son algunas de las preguntas que inquietan a Valentina Blanco, licenciada en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires, en este ensayo sobre las condiciones para producir conocimiento en la actualidad.
Hay un síntoma de época que se detecta en los lugares más visibles, pero también en los márgenes: una creciente dificultad para sostener espacios colectivos de producción de conocimiento. No se trata solamente de los recortes presupuestarios o del vaciamiento institucional, sino de una transformación más sutil pero persistente en los modos de valorar y deslegitimar el saber.
Hace unos meses, sucedió un intento de clausura del centro de estudiantes del Centro Universitario que funciona en la cárcel de Devoto y puede parecer a simple vista un caso extremo. Sin embargo, mirando más detenidamente podemos ver que cuando se busca interrumpir un espacio donde se lee, se discute y se escribe lo que se ataca no es solo a los sujetos ahí presentes sino también el lazo social que el conocimiento crea. Entonces, lo que estamos observando, termina siendo como una fiebre que nos alerta de una infección que superficialmente cuesta vislumbrar.
El disciplinamiento no se encuentra únicamente presente en el encierro físico. En los tiempos que corren hay una constante búsqueda de intromisión en las universidades, en los medios, en los algoritmos. Estos últimos sirven como puntapié para ensayar una pedagogía de la desconexión. Se muestran contenidos fragmentados, hay un exceso de estímulos, una aceleración de la información y un horizonte en el que la utilidad inmediata reemplaza la pregunta.
No se puede conocer sin preguntar. La pregunta es lenta, necesita tiempo, contradicción, desvío. Todo eso incomoda. Hubo otros tiempos en los cuales el saber circulaba a paso de tortuga, en un andar espeso pero consistente. Hoy, sin embargo, la información parece más viva, más inmediata, pero también más fugaz. ¿Es conocimiento? ¿o es apenas un brillo momentáneo, sin raíces ni cuerpo?
No se trata de decir que todo está perdido, como a veces lo simplifica el discurso nostálgico. Lo que se pone en juego hoy es otra cosa. Hay una lucha por definir qué cuenta como conocimiento. Fraser y Spivak advirtieron en su momento que no toda voz es escuchada por igual, y que el problema no es solo quien habla sino qué condiciones tiene lo que se dice para ser reconocido como válido. ¿Qué pasa cuando pensamos en Tiktok o Instagram? Lo que aparenta ser un mecanismo de entretenimiento termina siendo dispositivo de curaduría epistémica. Estos algoritmos, cuando deciden sin declarar qué circula, qué se olvida y qué se convierte en tendencia, ejercen una forma de poder que moldea el conocimiento.
Austin nos enseñó que, decir algo, no es simplemente describir al mundo, sino también actuar sobre él. Algunas palabras no solo informan, hacen. Se encargan de nombrar, de declarar, de prometer y de fundar. No se trata de si son verdaderas o falsas, sino de en qué medida funcionan y logran su efecto. Y es ahí, entonces, en donde el conocimiento empieza a parecerse menos a un archivo y más a una coreografía. Se transforma en algo que ocurre, que se ejecuta, que cobra existencia en la medida que se repite y que se escucha. Es así como, si pensamos que el conocimiento es de la performatividad, nos obligamos a dejar de verlo como algo que simplemente está, que tiene una constitución objetiva, neutra, y permanece fijo en su almacenamiento. Procedemos a verlo como algo que pasa, como ese algo que tiene lugar cuando alguien dice en un momento determinado frente a una audiencia y con condiciones de recepción específicas. Nuevamente no importa qué se dice, sino quién lo dice, cómo lo dice, y ante quién lo dice.
Todo esto, en la era de las plataformas, resulta aún más evidente. Ya no nos llama la atención que los saberes circulen no por su contenido sino por su capacidad de hacer algo con las palabras. Y entonces, el conocimiento se vuelve cada vez más performativo: hay que mostrarlo, entregarlo, producirlo como contenido. Las ideas devienen formatos, los formatos devienen métricas. Una teoría compleja pierde en la competencia frente a un video de 15 segundos. No porque no sea valiosa, sino porque no entra. No cabe. No rinde.
Lo más inquietante, quizá, es que esta curaduría no necesita censura. Basta con hiper distribuir. La sobreinformación desactiva la reflexión tanto o más como el silencio. Es el ruido, y no el vacío, lo que entorpece la elaboración. Así, se instala un régimen de saber donde el conocimiento no desaparece, pero queda quieto. Existen papers, hay una abundancia de datos, de investigaciones pero ¿quién puede detenerse a leerlos, conectarlos, cuestionarlos, debatirlos?
El tiempo que exige la construcción de una crítica es cada vez más incompatible con el ritmo impuesto por las plataformas. El contenido no se organiza según su potencia crítica sino bajo su potencial de rendimiento. Lo que no circula, no existe. Y lo que existe, existe bajo condiciones determinadas por lógicas que no responden al pensamiento sino al cálculo.
Foucault decía que todo régimen de saber determina lo decible. Hoy, lo decible no lo define un comité de censura, sino una fórmula matemática que decide qué aparece y qué no en una pantalla. Lo que no se muestra es lo que no importa. Y si no importa, deja de existir como posibilidad. El filtro burbuja, esa capsulita de contenido personalizado que nos rodea, no solo protege del disenso, también impide el descubrimiento. Se convierte en una pedagogía inversa: en lugar de ampliar horizontes, los achica. En lugar de incomodar, confirma. No necesita censurar, porque puede simplemente ignorar.
Hay lenguajes que se van cerrando como puertas que alguna vez estuvieron entreabiertas. Antes, un grupo podía demorarse en una conversación sin objetivo, una lectura sin utilidad, un pensamiento sin destino. Hoy eso parece un lujo. Y en ese apuro, las preguntas pierden su espesor, las palabras su resonancia. Ya no es la censura lo que amenaza, sino el cansancio. Nos dejamos llevar, no por convicción, sino por inercia, por un flujo que simula conexión mientras impide el encuentro. Es el algoritmo, sí, pero también el desaliento. ¿Para qué pensar, si nadie escucha?
Quizá sea un buen momento de reivindicar a Kafka diciendo que el verdadero enemigo no te impide avanzar, sino que te empuja en la dirección equivocada. Tal vez hoy el enemigo del pensamiento no es la censura directa sino la desorientación sistemática. Estamos bailando en una coreografía del desvío; mientras los focos apuntan a la superficie se desmantela el fondo. Y como no hay nada nuevo bajo el sol, esta es una estrategia que ha sido usada muchas veces y en muchos lugares. Tanto es así, que la similitud con el libro “En llamas” es innegable. La masacre organizada de los distritos amortiguados por la transmisión de los detalles del casamiento de la pareja principal tiene preocupantes puntos en común con la represión a los jubilados y el minuto a minuto de la vida de Fátima Flores. Se desfinancia el CONICET y al mismo tiempo se discute si La Reini se peleó con Pettinato. Se recorta el presupuesto universitario mientras el prime time se dedica a analizar los tweets que le dedica Milei a Lali. Se desmantela Télam y la televisión abre con los outfits de la Gala del Colón. Se despide personal del INCAA y los panelistas comentan si la China Suárez salió con alguien nuevo. Se prohíbe al Servicio Meteorológico Nacional hablar del cambio climático y el zócalo anuncia quién fue eliminado en Gran Hermano. Gramscianamente, la hegemonía de validez del conocimiento la manejan quienes tienen acceso a estos algoritmos.
Hoy, la producción de conocimiento se da en terreno inestable. Se fueron desdibujando los espacios donde el saber se podía convertir en una experiencia colectiva. Walter Benjamin, desde otra época, advertía respecto de la pérdida del relato como forma de transmisión, la experiencia que ya no puede compartirse porque no encuentra un marco desde donde desplegarse. ¿Será ese el desafío? No solo producir conocimiento, sino crear las estructuras que lo abracen: abrir talleres en las escuelas, fomentar espacios de lectura, incentivar la búsqueda del saber y la formulación de una pregunta desde un lugar genuino de querer aprender. En un diagnóstico rápido podemos decir que el marco que hace falta no es uno dogmático, sino un refugio donde la pregunta pueda tener lugar, un lenguaje que no solo describa, sino que habilite. Una práctica del saber que no aspire a totalizar sino a multiplicar lo posible.
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