Por Romina Smiraglia, Laura Bagnato, Daniela Losiggio y Virginia Zuleta
Cada 3 de junio desde 2015, la convocatoria de Ni Una Menos vuelve a las calles. Este año, en un contexto de femicidios en aumento, de su tratamiento sensacionalista por parte de ciertos medios, de la impunidad persistente en el sistema judicial y del desmantelamiento de políticas de género, la consigna cobra una urgencia renovada. En esta nota, Romina Smiraglia, Laura Bagnato, Daniela Losiggio y Virginia Zuleta analizan esta problemática estructural desde dos ejes: el miedo aprendido como experiencia colectiva de las mujeres y disidencias sexo-genéricas y el conjuro como estrategia de resistencia y acción común.
Cada femicidio, cada nombre que se suma a la lista como Agostina, Dulce o Noelia, reactiva algo que aprendimos antes de poder nombrarlo, un saber corporal que se adquiere de modo inmemorial, desde la infancia, como el ritmo de la respiración. De forma diaria, y sin necesidad de una mediación reflexiva, inhalamos, exhalamos, sin que lleguemos nunca a desprendernos de la sensación de que el horror puede irrumpir en cualquier momento y en cualquier lugar.
Y de esta manera, cada una de nosotras, más tarde o más temprano, desarrolla un vínculo encarnado con el miedo, o más bien, con uno muy específico: el miedo a la muerte violenta, que intentamos sortear a lo largo de la vida a través de distintas estrategias y alianzas, aunque siempre permanece, como una sombra. Y se actualiza día a día de modo bastante solitario, en cada calle oscura, en cada desvío no identificado de un viaje, en cada fuerte insistencia frente a una negativa, o en cada portada diario o programa televisivo en donde se detalla e ilustra cómo nos están matando.[1]
A esta afirmación no se le escapa que los riesgos, las formas de exposición y las posibilidades de protección están atravesados por desigualdades de clase, raza, edad, territorio, orientación sexual e identidad de género. Sin embargo, la violencia cisheteropatriarcal produce una experiencia singular: aun cuando los feminismos han cuestionado con razón la idea de una identidad femenina homogénea, la amenaza de la agresión y de la muerte opera una y otra vez como un mecanismo de interpelación colectiva. No porque todas seamos iguales, sino porque muchas reconocemos en esa sombra una amenaza más o menos familiar. Todas, de un modo u otro, entendimos –o nos hicieron entender– que poder estar y ser en este mundo implica, de alguna manera, un peligro para nuestra vida. ¿Cómo aprendimos esta lección?, ¿cómo el miedo, el peligro y el horror se convirtieron, más allá de nuestras diferencias, en un lugar de encuentro?, ¿cómo llegamos a este punto?
Es que la violencia de género no es excepcional, tampoco episódica, es parte estructural de nuestras sociedades. Y, como un maldito virus, circula en su interior mutando entre diversas formas y modalidades. Asumir esta mirada no es sostener que “todo es lo mismo”, ni que toda existencia femenina se encuentra en las mismas condiciones de vulnerabilidad. Sin embargo, seguir negando los lazos comunicantes que dan forma a este entramado de violencia condena a cada hecho aberrante al abismo del sinsentido, y a quienes lo enuncian, a un shock emocional que carece de un sostén explicativo. Peor aún, habilita un show mediático centrado más en indagar sobre la víctima –sobre su estilo de vida, experiencia sexual, vestimenta o uso de sus redes sociales, para evaluar entre el público su grado de “culpabilidad” y sentenciar, impunemente, si estamos frente a una buena o mala víctima–[2] que sobre las condiciones que posibilitan la injusticia de su muerte.
¿Cuántos rostros puede tener la violencia? ¿Cómo se sostienen sus formas y modalidades? ¿Quiénes miran para otro lado, la niegan o la silencian? ¿Detrás de qué máscaras se esconde la complicidad? ¿Cómo no sentir bronca, ira o dolor?
Frente a lo anterior, las movilizaciones, la toma por asalto de las calles, son en sí un acto disruptivo, una manera de compartir toda esta bronca, dolor e ira que se actualiza una y otra vez. “Somos muchas y no tenemos miedo”, gritamos como el conjuro que busca librarnos de una muerte absurda. Porque un conjuro existe allí donde existe el peligro; porque, ante el peligro que parece ineludible, la salvación sólo puede expresarse como interrupción exógena. Frente a la intemperie del miedo solitario, la repetición de la palabra dicha en común y la presencia colectiva enfrentan la amenaza para desafiar su dominio. De este modo, distintas pero juntas, caminamos reconfigurando el territorio, nuestro destino, transformando ese miedo individual que paraliza en una lucha compartida que moviliza. Y, de a poco, en la cercanía entre los cuerpos, esa sombra que permanece comienza a desdibujarse.
La figura del conjuro adquiere todavía mayor densidad si se la pone en relación con la memoria histórica de la persecución de las brujas durante la temprana modernidad.[3] La caza de brujas no fue un episodio marginal ni irracional, sino una tecnología política fundamental para disciplinar cuerpos, sexualidades y formas de vida comunitarias durante el surgimiento del capitalismo. El terror operó allí no sólo a través del castigo físico, sino también mediante la producción de un clima de amenaza permanente destinado a destruir alianzas, saberes compartidos y autonomías colectivas entre mujeres. ¿Bajo qué forma esa particular tecnología disciplinar que moduló los cuerpos de las mujeres sigue presente aún hoy? Ese miedo que aprendemos a interiorizar desde la infancia quizás tiene raíces mucho más profundas que nuestro presente.
Por ese motivo, cada movilización transfeminista contemporánea puede pensarse como una inversión afectiva y política de aquella historia. Allí donde la persecución buscó producir aislamiento, silencio y miedo, emergen cuerpos reunidos que ocupan el espacio público de manera masiva, visible y ruidosa. La calle se convierte así en escenario-ritual de una experiencia colectiva que disputa el modo en que históricamente mujeres y disidencias sexo-genéricas fueron vigiladas, castigadas o expulsadas de ese mismo espacio. Una especie de retorno espectral de aquellas vivencias perseguidas. No como repetición literal del pasado, sino como reaparición de cuerpos, voces y alianzas que históricamente buscaron ser destruidas. Sabemos que nuestro conjuro no elimina definitivamente la sombra que irradia la violencia, pero produce una interrupción fundamental: convierte la vulnerabilidad compartida en posibilidad de acción común.
En un tiempo atravesado por los discursos de odio, la negación de las desigualdades de género y el desmantelamiento de las políticas públicas que buscan mitigarlas, el conjuro transfeminista encarna la dimensión performativa de nuestra acción política. Si el miedo, el odio y la crueldad quieren aislarnos, el conjuro consiste en un gesto opositor: reunirnos, iracundas; porque también tenemos derecho a enojarnos. Apropiarnos del miedo y canalizar nuestra ira en acciones al servicio de un futuro mejor,[4] distinta a la ira destructiva que se desata sobre nuestros cuerpos. Tomar las calles, nombrar a nuestras muertas, abrazarnos entre desconocidas, encender una vela, levantar un cartel, gritar y cantar juntas. Gestos aparentemente pequeños que, repetidos una y otra vez, producen una fuerza capaz de interrumpir el orden de las cosas y disputarlo.
Quizás por eso cada Ni Una Menos tiene algo de ritual y algo de incendio. No del fuego que destruye, sino del que ilumina, abriga y convoca a la acción. Un fuego que pasa de cuerpo en cuerpo, de generación en generación, transformando el miedo en potencia colectiva. Porque si la violencia deja tras de sí una larga sombra, también nuestras luchas dejan brasas que iluminan porque se niegan a apagarse. El fuego de las que ya no están. El de las que seguimos aquí. El de las que, una y otra vez, hacemos del duelo memoria, de la memoria organización y de la organización una forma obstinada de defender la vida. Porque si las violencias cisheteromachistas insisten en proyectar su sombra sobre el presente, nosotras seguiremos encendiendo fuegos que las desafíen.
Nos vemos en las calles.
Romina Smiraglia es activista feminista. Doctora en Ciencias Sociales, diplomada en Género y Movimientos Feministas y licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, también egresada del Centro de Investigación y Experimentación en Video y Cine. Docente e investigadora de la Universidad Nacional de José C. Paz y la Universidad de Buenos Aires.
Laura Bagnato es activista feminista. Doctora en Ciencias Sociales, especialista en Filosofía Política por la Universidad de General Sarmiento y licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Docente e investigadora de la Universidad Nacional de José C. Paz, la Universidad Nacional Arturo Jauretche y la Universidad de Buenos Aires.
Daniela Losiggio es activista feminista. Doctora en Ciencias Sociales y licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Investigadora del CONICET, con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA). Docente e investigadora de la Universidad Nacional Arturo Jauretche y la Universidad de Buenos Aires.
Virginia Zuleta es activista feminista. Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de San Juan y diplomada en Género y Movimientos Feministas por la Universidad de Buenos Aires. Docente e investigadora de la Universidad Nacional de José C. Paz, de Lomas de Zamora y la Universidad de Buenos Aires.
[1] Según el Observatorio de las Violencias de Género “Ahora Que Sí Nos Ven”, con el crimen de Agostina ya se registran 100 femicidios desde el comienzo de año. Asimismo, en un informe elaborado junto a la Universidad Nacional del Delta sostiene que “entre el 3 de junio del 2015 y el 24 de mayo del 2026 se registraron al menos 3205 casos de víctimas letales de violencia de género: 3144 femicidios directos y vinculados, 46 transfemicidios y travesticidios y 15 instigaciones al suicidio (…) en estos 11 años hubo 1 femicidio cada 31 horas”. Para más información, https://ahoraquesinosven.com.ar/.
[2] Retomamos la figura de “mala víctima” de Ileana Arduino. Recuperado de https://www.revistaanfibia.com/la-mala-victima/.
[3] En este punto retomamos la lectura que sobre este proceso realiza Silvia Federici en su libro Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2015). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Tinta Limón.
[4] El uso de la ira a favor de nuestro futuro se inspira en Lorde, A. (2003). La transformación del silencio en lenguaje y acción. En La hermana, la extranjera: Artículos y conferencias. Madrid: Horas y HORAS.


