Por Daniel Blinder
“La política científica actual, exhibida como propaganda mediante un pequeño satélite en una misión de la NASA, es muy modesta comparada con los logros históricos del sector”, sostiene Daniel Blinder, investigador del CONICET y autor de “El proyecto del misil Condor II y la política espacial argentina”. Y advierte que en un escenario global convulso “Argentina renuncia a las herramientas que le permitirían navegar la tormenta”.
Paradójicamente, y pese a la narrativa oficial del gobierno de Milei que señala el “reingreso de Argentina al mundo” mediante políticas de alineamiento occidental y apertura económica de corte liberal, el escenario actual revela una realidad contradictoria. Si bien el Gobierno argentino postula que este viraje histórico —caracterizado por la desregulación de mercados— facilita la participación nacional en hitos como el Programa Artemis de la NASA, mediante el lanzamiento de un cubesat o la eventual postulación de una “astronauta argentina”[1] (con patrocinio de la estatal YPF y una automotriz extranjera), lo cierto es que se configuran dos escenarios críticos.
En primer término, el país enfrenta una creciente marginación de los procesos de transformación geopolítica contemporáneos, perdiendo oportunidades de desarrollo industrial y de inserción en cadenas globales de valor que permitan una integración soberana. Como consecuencia directa de lo anterior, se observa una erosión de la política espacial autónoma. Argentina, paradójicamente, parece quedar desprovista de una estrategia integral en este sector, limitando su rol a una presencia simbólica en proyectos ajenos mientras se debilita su capacidad de desarrollo tecnológico propio. ¿A qué responde, entonces, esta situación de desmantelamiento institucional, teniendo en cuenta que quien la institucionalizó fue Carlos Menem con la CONAE en 1991?
La respuesta a este interrogante reside en que los códigos geopolíticos de la presidencia actual —es decir, la cosmovisión de sus élites sobre la política mundial— resultan contraproducentes para los intereses nacionales que declaman defender. Paradójicamente, el Poder Ejecutivo postula la “grandeza de la nación” en términos productivos y espaciales, apoyándose en relatos tecnológicos que, si bien se basan en una trayectoria sectorial de décadas, colisionan con la apremiante realidad política y presupuestaria vigente.
El sector espacial nacional padece hoy un ajuste desproporcionado que erosiona su solidez institucional y desfinancia tanto al sistema universitario como al ecosistema científico-tecnológico. Resulta fundamental señalar que los hitos que el gobierno hoy exhibe como éxitos propios no son el fruto de dos años de alineamiento con figuras como Donald Trump, sino el resultado histórico de una política de Estado pública y sostenida. Al desmantelar la base que sustenta estos logros, el gobierno no solo contradice su propio discurso de grandeza, sino que pone en riesgo la soberanía tecnológica construida durante generaciones.
Geopolítica más allá del fenómeno barrial
El mundo atraviesa una transformación estructural y radical. Lo que hasta hace pocos años se discutía como un cambio de paradigma global —en el cual transitábamos desde el multilateralismo y un orden de instituciones internacionales, libre mercado y prosperidad basada en los valores occidentales de oferta y demanda— comenzó a mutar. Hacia mediados de la década de 2010, se consolidó un patrón caracterizado por el ascenso de las ultraderechas a los espacios de poder en las democracias occidentales, encontrando en la primera presidencia de Donald Trump su máximo exponente.
Este fenómeno convergió con lo que gran parte de los analistas definen como una competencia interhegemónica y una transición del poder global entre China y Estados Unidos. El ascenso de la República Popular ha desplazado el eje del poder del Atlántico hacia el Pacífico, trasladando el Heartland del conflicto geopolítico global hacia Asia. Sin embargo, este proceso no ha sido lineal ni una proyección absoluta; ha estado marcado por profundas contradicciones, donde también han emergido gobiernos de izquierda y movimientos populares de resistencia.
Pese a estas resistencias, la tendencia se ha profundizado recientemente: fuerzas de ultraderecha han comenzado a gobernar gran parte de las democracias occidentales o han alcanzado la fuerza suficiente para proyectarse como opciones de poder inminentes. En este contexto de conflictividad con China, los países centrales han reaccionado cerrando estratégicamente sus economías para proteger y desarrollar industrias locales, limitando la penetración de los mercados de China bajo una lógica de seguridad nacional. Ante este escenario, prácticamente todos los Estados han ensayado algún tipo de respuesta o posicionamiento.
El fenómeno del Brexit, que cristalizó la insatisfacción de amplios sectores de la ciudadanía británica frente a la integración liberal europea, fue un hito precursor. Otros emergentes políticos, como el primer ministro Viktor Orbán en Hungría, el ascenso de formaciones de ultraderecha en Grecia, Italia o Vox en España, son muestras fehacientes de este giro. Sin embargo, los hechos fundamentales que signan esta transición hegemónica provienen del centro del poder mundial: los Estados Unidos.
Washington no solo ha bloqueado el ingreso de China a mercados estratégicos y sectores de desarrollo tecnológico crítico —evidenciado en la competencia global por la producción de microchips, energías renovables y movilidad—, sino que ha desplegado una retórica confrontativa explícita en sus documentos de política exterior. Esta postura se tradujo en una política sumamente agresiva durante la pandemia del COVID-19 en 2020 y los años posteriores. Lejos de la apertura irrestricta, Estados Unidos ha impulsado una política activa de fortalecimiento de sus capacidades nacionales para blindar la producción estadounidense frente al avance chino, complementada con una diplomacia orientada a la contención sistémica de su principal competidor.
Sin embargo, esto no es mera retórica: el mundo parece encaminarse efectivamente hacia un escenario de conflicto. La pregunta central es qué carácter adoptará la guerra en esta transición hegemónica entre Estados Unidos y China. Para comprenderlo, debemos conectar los conflictos actuales con sus posibles efectos globales.
Un realismo infantil que contrasta
Históricamente, la corriente dominante en las élites de los países centrales —especialmente en la academia, los think tanks y la diplomacia estadounidense— ha sido el realismo. En síntesis, esta teoría de las Relaciones Internacionales postula que los Estados dependen de su propio poder y de la “autoayuda” para alcanzar sus objetivos en un sistema internacional anárquico, donde no existe una autoridad superior. Bajo esta lógica, los Estados se ven compelidos a maximizar su poder e imponerlo. Para los pensadores realistas, la aparición de una potencia competidora conduce inevitablemente a la “trampa de Tucídides”: una disyuntiva estructural donde las potencias se ven obligadas a guerrear o perecer en la jerarquía internacional. Estos son sus códigos geopolíticos, este es su proyecto y su accionar.
Una lectura más amplia, que supere el sesgo realista, permitiría interpretar este proceso como una transición hegemónica de un actor que supo ser semiperiferia —la República Popular China— hacia el centro de la economía global, consolidándose como un Estado con capacidad de influencia y poder de fuego mundial. En este marco, la situación de otros países semiperiféricos es dispar. Mientras algunos buscan sostener su relevancia, otros, como la Argentina o ciertos Estados europeos, parecen tomar un rumbo divergente. Aquellos países que adoptan políticas de desindustrialización y un alineamiento irrestricto con la potencia central —la cual busca acaparar poder y desarrollo a expensas de la periferia— tienden a un proceso de periferialización. Al subordinarse, estos Estados corren el riesgo de volverse irrelevantes y absolutamente dependientes del desarrollo de los acontecimientos globales.
La cuestión nuclear otra vez en la agenda
Más allá de la reconfiguración del poder, persiste la latencia de una situación catastrófica que ha marcado la historia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: el empleo de armamento nuclear. Este escenario posee el potencial de devastar regiones enteras o, incluso, la biosfera en su totalidad. A pesar de que la teoría realista —esa mirada geopolítica que se pretende racional y pragmática— postula un orden basado en el equilibrio, lo cierto es que resulta profundamente irracional en sus términos últimos. La mera existencia de estos arsenales implica la posibilidad fáctica de su uso, lo que destruiría no solo objetivos estratégicos y la economía global, sino la vida misma tal como la conocemos.
Desde 1945, las armas nucleares se han “utilizado” bajo una lógica de disuasión; es decir, su efectividad ha radicado en la amenaza permanente de su empleo sin llegar a la detonación. Sin embargo, su utilización real significaría una escala de destrucción inimaginable para cualquier adversario. Al poseer ambos bandos capacidades similares, la escalada conduciría a una catástrofe de proporciones terminales.
Nada garantiza que estas miles de ojivas, que se encuentran en estado de alerta constante, no sean disparadas. Si las élites de las grandes potencias se vieran acorraladas o percibieran una amenaza existencial a sus objetivos estratégicos, el tabú nuclear podría romperse. No es un dato menor que los principales focos de la transición hegemónica conflictiva que presenciamos involucren directamente a estados con capacidad atómica: los Estados Unidos, Rusia, China y, por extensión, el bloque europeo. En este tablero, la supuesta “racionalidad” del realismo se enfrenta a la posibilidad real del aniquilamiento mutuo
A este complejo tablero se suman actores como Israel, Pakistán, e India. La implicación de estas potencias regionales, junto a las globales, podría desencadenar una escalada hacia un “Día del Juicio Final” o la aniquilación de geografías enteras. Esto inutilizaría enclaves estratégicos donde se asientan industrias clave para la economía global. La discontinuidad o el colapso en la producción y entrega de insumos esenciales generaría un caos sistémico. Este escenario derivaría en crisis económicas y sociales severas, presionando a los sistemas políticos hacia procesos de radicalización, ya sea mediante estallidos revolucionarios o el ascenso de ultraderechas y la conflictividad interna, desembocando potencialmente en guerras civiles o internacionales ante la carencia de incentivos y la destrucción del tejido económico. Como sostenía el filósofo Ludwig Wittgenstein: “Lo que es pensable, es posible”. Así, la mirada ingenua del realismo académico colisiona con la realidad fáctica de la amenaza atómica.
Escenarios pensables
Consideremos algunos escenarios posibles. Rusia, al percibir una amenaza existencial en sus fronteras debido al conflicto en Ucrania, podría emplear armamento nuclear táctico. Esto involucraría a aliados europeos con capacidad atómica, como Francia o el Reino Unido, además de los Estados Unidos, que mantiene a Rusia como su principal rival estratégico post-soviético, afectando industrias críticas y la producción energética global.
Otro foco de tensión se sitúa entre China y Taiwán. El gigante asiático ha manifestado que la recuperación de la isla es un objetivo integral de su soberanía nacional. Una intervención de los Estados Unidos podría derivar en un conflicto frontal que, aunque indeseado por ambas potencias, acarrea el riesgo de una escalada nuclear. Un enfrentamiento de esta magnitud paralizaría la economía mundial al afectar la producción de microchips, siendo Taiwán un nodo vital. Del mismo modo, que el conflicto con Irán compromete el suministro de petróleo y otros insumos fundamentales de las cadenas globales de valor, completando un panorama de vulnerabilidad extrema.
Otro conflicto no desestimable es la disputa de décadas entre la India y Pakistán, ambas potencias nucleares con capacidad de escalada regional y potencial intervención de China. En este escenario, Estados Unidos, como potencia global, mantendría sus dispositivos nucleares en alerta máxima, elevando la amenaza a una escala sistémica. Bajo los códigos geopolíticos realistas de las élites occidentales, una confrontación de este tipo se produciría en el corazón de la “Isla Mundial”, y esta concepción estratégica condiciona las decisiones de los mandatarios, convirtiendo escenarios aparentemente irracionales en posibilidades tácticas concretas dada la naturaleza de los arsenales disponibles. Pero todos estos escenarios incluso se podrían ver afectados con un conflicto convencional, sin armamento nuclear.
De la argentina posible a la lumpen
¿Cómo influye este panorama en un país como la Argentina? Como nación semiperiférica, ubicada en el Atlántico Sur y distante de los epicentros de conflicto descritos, Argentina posee, no obstante, un nada despreciable desarrollo industrial histórico. Sin embargo, una crisis global de esta magnitud desarticularía las cadenas globales de valor en las que el país participa. La economía nacional no solo no está preparada para este choque, sino que se encuentra en una situación de mayor vulnerabilidad debido a la actual política de apertura económica indiscriminada.
El problema radica en el desarrollo estratégico. Como se evidenció durante la pandemia del COVID-19, poseer capacidades científico-tecnológicas en un mundo en transición resultó vital. Durante la cuarentena global, la capacidad de respuesta sanitaria y la producción de vacunas fueron activos estratégicos. Argentina logró articular respuestas acordes: produjo vacunas, evaluó estándares de calidad propios y participó en la cadena de valor de las principales marcas internacionales (provenientes de EE. UU., Inglaterra y China) mediante políticas de Estado activas. Ante este antecedente, cabe preguntarse: ¿cuál habría sido el destino del país si no hubiera contado con esas capacidades soberanas?
Llegamos así al núcleo de este análisis: la intersección entre la transición hegemónica global, la matriz teórica del realismo periférico y la actual política espacial argentina. ¿Cómo se articulan el riesgo de un enfrentamiento final entre Estados Unidos y China, la carrera tecnológica de vanguardia y la narrativa del gobierno de Javier Milei?
La respuesta reside en la autonomía tecnológica como margen de maniobra. En un sistema internacional signado por la competencia interhegemónica, la capacidad de un Estado para decidir su propio destino depende de sus capacidades autonómicas. La carrera espacial no es hoy un mero ejercicio de prestigio, sino el tablero donde se dirime la supremacía en telecomunicaciones, vigilancia estratégica y recursos del futuro. Mientras las potencias centrales cierran sus economías y blindan sus desarrollos, la Argentina de Milei propone una apertura indiscriminada que, lejos de integrarnos al mundo, nos desarticula.
Aquí es donde la propaganda oficial adquiere un tinte paradójico. El gobierno celebra hitos individuales —como la postulación de una astronauta o la inclusión de un satélite pequeño (cubesat) en una misión lunar de la NASA— como pruebas de que “Argentina vuelve al mundo”. Sin embargo, bajo la mirada del realismo académico más ingenuo, estas acciones son gestos simbólicos que ocultan una realidad estructural: el desmantelamiento del ecosistema científico-tecnológico nacional. Al desfinanciar las universidades y las agencias estatales que construyeron la trayectoria espacial del país, el gobierno cambia soberanía tecnológica real por una presencia simbólica en proyectos trascendentales ajenos, como es la vuelta a la Luna en la carrera espacial de superpotencias.
En este análisis geopolítico de la transición, Argentina se desliza de ser una semiperiferia con aspiraciones industriales a convertirse en una periferia dependiente. Si el conflicto global escala y las cadenas de valor se rompen, un país sin capacidades de respuesta propias —como las demostradas en la pandemia— quedará a merced de las decisiones tomadas en los centros de poder. El lugar que ocupa hoy la Argentina es el de un espectador entusiasta que, en nombre de un alineamiento ciego, entrega las herramientas que alguna vez le permitieron negociar su lugar en el mundo.
En este contexto de transición global, diversos analistas han caracterizado la política exterior de Javier Milei como un alineamiento irrestricto con los Estados Unidos. Sin embargo, la realidad es más compleja: no se trata de una convergencia con el Estado estadounidense —una entidad diversa y no monolítica—, sino de un alineamiento específico con la facción política representada por Donald Trump. En esta distinción radica la verdadera evolución de los códigos geopolíticos del presidente y su gestión.
Al inicio de su mandato, la lectura geopolítica de Milei se inscribía en un marco hayekiano o friedmaniano. Esta visión implicaba, paradójicamente, una suerte de “no-geopolítica”: un mundo regido exclusivamente por la acción del mercado, la oferta y la demanda, donde toda decisión política debía subordinarse a la eficiencia económica global. Bajo este paradigma, la política exterior era simplemente un facilitador del libre comercio.
Con el tiempo, esta mirada ha evolucionado manteniendo su núcleo de apertura económica y desindustrialización —en pos de supuestas “ventajas comparativas” frente a potencias industriales—, pero integrando nuevos objetivos estratégicos y alianzas ideológicas. Un ejemplo claro es la pretensión de convertir a la Argentina en un hub de Inteligencia Artificial; una propuesta que, lejos de fomentar el desarrollo tecnológico propio, posiciona al país como un mero proveedor de territorio y recursos para los data centers de grandes corporaciones globales[2].
Simultáneamente, su enfoque ha mutado hacia un conservadurismo militante, consolidando alianzas con Donald Trump y las principales formaciones de ultraderecha a nivel global, tanto si están en el poder como si actúan desde la oposición. Así, la Argentina pasa de una utopía de mercado global a un alineamiento ideológico con un sector específico del espectro político internacional, sacrificando en el proceso cualquier vestigio de autonomía estratégica.
Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿qué puede aportar Argentina en un esquema de alineamiento con una figura como Donald Trump, cuya legitimidad futura podría ser cuestionada, sumiendo en crisis toda nuestra política exterior? En este proceso, el país no solo se desindustrializa, sino que destruye capacidades estatales críticas para el margen de maniobra y la autonomía nacional. Al permitir el ingreso de corporaciones que se apropian de décadas de conocimiento generado mediante inversión pública en ciencia y tecnología, el resultado —aunque no obvio en sus detalles— arroja una pista significativa: Argentina tiende inexorablemente hacia la periferialización[3].
En el marco de transiciones hegemónicas con riesgo de escalada bélica y potencial nuclear, Argentina tendrá cada vez menos peso en la mesa global. Salvo en un escenario futurista donde las reglas de juego se reescriban y el país deba aportar territorio para migraciones o recursos como agua y alimentos para el sustento global, en el corto plazo la realidad es alarmante.
La política científica actual, exhibida como propaganda mediante un pequeño satélite en una misión de la NASA, es muy modesta comparada con los logros históricos del sector. Esos hitos fueron fruto de décadas de institucionalización que ni siquiera gestiones neoliberales —como las de Carlos Menem o Mauricio Macri— llegaron a desmantelar con la intensidad con que lo hace el gobierno de Milei.
En definitiva, esta administración no ofrece una respuesta estratégica, sino una narrativa de “grandeza” para consumo interno que colisiona con las necesidades de desarrollo de un país que requiere de su ciencia y tecnología para apalancarse en un mundo hostil. En un conflicto global donde el vencedor podría ser tanto Estados Unidos como China, la Argentina de hoy renuncia a las herramientas que le permitirían navegar la tormenta, quedando reducida a una irrelevancia dependiente de los vaivenes de potencias ajenas.
Daniel Blinder es investigador adjunto del CONICET, en Instituto de Estudios para el Desarrollo Productivo y la Innovación (IDEPI) en la Universidad Nacional de José C. Paz; politólogo y doctor en ciencias sociales por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Defensa Nacional. Especializado en política espacial, relaciones internacionales, geopolítica y tecnología.
[1] Las publicidades son “Acompañamos a una argentina que viaja fuera de la Tierra, pero es de la nuestra. Noel de Castro, la primera argentina en viajar al espacio”. https://x.com/YPFoficial/status/2034047108265705948 y “Y UN DÍA, HYUNDAI con Noel de Castro” https://www.youtube.com/watch?v=gnPV18D7doo. Ambas hacen referencia al mérito individual, a la épica personal, a mirar más allá de las estrellas como sueño individual.
[2] Blinder, D., López, M. P., Vera, N. (2025). Imaginarios geopolíticos sobre la inteligencia artificial en las políticas exterior y doméstica a inicios de la era Milei. Relaciones Internacionales, 34(68), (pp 131-156) https://doi.org/10.24215/23142766e206
[3] No es que Argentina pueda tener autonomía absoluta, pero ciertos márgenes de maniobra son deseables frente a la total dependencia. Construir capacidades industriales basadas en el conocimiento y la tecnología, capacidades de gestión en ciencia y tecnología con lectura geopolítica, y una mirada de Defensa Nacional con capacidades militares son el escenario deseable.


