Por Astor Massetti
A Emilio Rafael De Ípola
In memoriam
La incertidumbre sobre el mundo contemporáneo pareciera ser el espíritu de nuestra época. Frente a esto las ciencias sociales y las humanidades adquieren un rol significativo no solo en sus formas de comprender el mundo sino en sus capacidades de transformarlo. En este ensayo el sociólogo Astor Massetti -investigador del CONICET y Director de la carrera de Trabajo Social y del Doctorado en Estudios del Conurbano de la Universidad Nacional Arturo Jauretche- realiza una especie de radiografía de las ciencias sociales contemporáneas a la luz de los nuevos desafíos del presente.
El problema de fondo
Manuel Castells escribe en Comunicación y Poder: “(…) el proceso y ejercicio de las relaciones de poder se transforma radicalmente en el nuevo contexto organizativo y tecnológico derivado del auge de las redes digitales de comunicación globales y se erige en el sistema de procesamiento de símbolos fundamental de nuestra época”.[1] Cuando escribió esto el catalán aún creía en las utopías libertarias presentes en el origen de internet (que se resumen en la idea de una descentralización de los medios de comunicación) que impulsaban una democratización a partir de novedades en la producción y circulación de conocimientos a nivel planetario. Lo que él denomina en su obra cumbre “autocomunicación de masas”. Estamos muy lejos de esa utopía. Por el contrario, reflexiones como las de Sadin, Byung Chul-Han, Berardi o Strolb, para mencionar poco, nos sitúan en escenarios más bien distópicos: concentración de saber técnico y de la infraestructura tecnológica y vaciamiento de contenidos pertinentes y necesarios para el bienestar de la comunidad (reemplazados por “trends” creados algorítmicamente).
Hoy un puñado de corporaciones internacionales controlan lo que ves, cuando lo ves, con qué frecuencia lo ves. Mientras hacen dinero con ello. Es un poder enorme; porque delimitan la capacidad de “entender el mundo” de miles de millones de personas. La textura de la realidad es una figura retórica necesaria para aludir a procesos psíquicos, afectivos, simbólicos y materiales cuya circulación es condición de posibilidad de identidades, pertenencias y horizontes. Algo que se gesta como cultura pero que penetra y recupera otras segmentaciones conceptuales desde configuraciones sexogenéricas, éticas, estéticas y políticas. Es muy concreto lo que trasciende un tótem (como lo estudió la antropología colonial incluso) o cientos de millones de tweets en la producción de sentidos. Hay un montón de intentos de capturar (objetivar) la textura de la realidad en su proceso: “Frames” (Goffman), “Sentido Práctico” y luego “Hábitus” (Bourdieu), Campo (Marshall Sahlins), “Acervo de conocimiento” (Elías), “Mundo de la vida” (Schutz/Husserl), “Percepción” (Merleau-Ponty), “Bloque Histórico” (Gramsci), “Ideología” (Althusser) y mismo “Sentido Común” (Kant) entre otros. Las opciones son muchas porque es escurridizo el objeto. Y su puesta en situación teórica ofrece determinadas performatividades que incentivan variaciones y apropiaciones. En tal caso sea cual fuere la variación en la que se abone, desatender el impacto radical (y negativo) que tiene el mundo según las aplicaciones o la cultura digital es pura ignorancia militante.
Antes la competencia por la descripción del mundo dependía de otras cosas. Hoy la interconectividad define la textura del mundo. Vos podes intentar controlar “cuanto tiempo” te expones a un flujo de contenidos que aparece en tus pantallas. Aunque todo indica que hay un enganche difícil de controlar que es neurológicamente entendido como “adictivo” (debido a la liberación de endorfinas constante según Hansen) y por la necesidad gregaria de compartir elementos culturales comunes; lo que genera validación social intrínseca (algo muy estudiado ya para medios tradicionales según Sunkel). Se han agregado así complejidades que atan a las personas a sus cárceles de datos. Las cuales creemos que controlamos (se puede intentar rechazar cierto tipo de contenidos para entrenar al “algoritmo-perro”), pero en realidad simplemente nos poseen y explotan como a cualquier mineral o hidrocarburo.
Allí está precisamente la batalla contemporánea: empresas que se desviven por “captar tu atención” analizando que contenidos te “activan” y que conforman un verdadero sistema de “colonización de la vida humana” a través de medios técnicos. Versus empresas que explotan tu “excedentes conductuales” de manera invisible e impune, sin consentimiento real; enajenando las prácticas sobre plataformas y monetizando tu percepción de la vida. A la corta antes que a la larga ganan las corporaciones la batalla por tu atención y por tu reacción. Batalla que cada día se presenta más y fusiona con la autoproclamada misión de la “batalla cultural” en defensa de los valores de occidente; es decir, está hecha a medida y semejanza y está al servicio de concepciones “posthumanistas” de la vida. “Posthumanismo” que en principio se resume en el credo de que las máquinas son una mejor inversión que los pobres.
¿Y la verdad? ¿Y la realidad? O al menos ¿lo razonable? Estas nociones pilares fundamentales de la modernidad parecen ahora ñañas quejumbrosas de “viejos meados” que nada tienen que hacer en este mundo moderno. La comunicación se ha asumido finalmente como contenido contingente: el formato es el mensaje. Mantener a las personas con la cabeza gacha y sus mentes absortas en las dinámicas celulares es el paroxismo de la idolatría del formato. Poco importa lo contenido. La post-verdad según el lingüista Noam Chomsky no es la extensión del “relativismo cultural” (que fue, a propósito, una corriente epistemológica que permitió combatir el colonialismo en antropología) por otros medios; sino la constatación del fenómeno cultural del desapego a un principio (moral) de verdad. O siguiendo la línea de razonamiento Foucault (y de Eliseo Verón): si la verdad era una simple tautología (un discurso que dice de sí mismo que es verdad), la discursividad ha perdido la necesidad de incorporar ese mecanismo de legitimación y diferenciación: no “triunfa” el discurso moralizado, en este sentido, sino simplemente el más repetido y accesible (prolijamente segmentado).
En su afán de subirse a la novedad que aportaba el entorno digital los medios de comunicación tradicionales terminaron absorbidos por las lógicas propias de internet. Las reglas del periodismo en su época de oro (Qué, Quién, Cuándo, Dónde y Por qué – las 5 W en inglés) cedieron frente a la voluptuosidad de los indicadores estadísticos: más engagement a cualquier costo. A la política como “profesión” le está pasando lo mismo: suele replicar contenidos y tonos producidos para otro entorno, porque se ha convencido que el fin de la comunicación no es la búsqueda de acuerdos sino la identificación emotiva. La lógica es más o menos la siguiente: repetir es el mecanismo que crea empatía en un mundo desinteresado por la verdad como problema ontológico. Boicoteando la capacidad de razonamiento e inundando la experiencia cotidiana de “chupetes” emocionales continuos, vacuos, frívolos, superficiales. Que nos transforman finalmente en seres inmaduros emocionalmente y permeables a gatillos socioafectivos que potencian la ansiedad, la depresión, la falta de autoestima y las pulsiones psicóticas.
Esto no es insignificante. La escuela fenomenológica de Husserl y especialmente Schutz (1964) partían de la idea de que la realidad se experimente de modo diferente; recuperando las discusiones de la física atómica de principios del siglo XX e incluso la famosa fábula de la “alegoría de la caverna” desarrollada por Platón tres siglos antes de Cristo. Un uso práctico aquí sería: puede ser que la realidad no sea más que una representación. En ese caso, es relevante tanto que cosa origina esa representación, como el impacto mismo de esa representación en la percepción. Una sombra puede considerarse un ser. Eso es relevante para quienes creen en la existencia de ese ser, para la sociedad en donde esa existencia tiene lugar. Como es relevante también describir que es lo que produce esa forma. La significancia es entonces dual: se refiere, por un lado, al “mundo de la vida” fenomenológico o a la “realidad de primer orden” de la psicología; es decir, es importante la experiencia de la realidad como se la vive. Y por el otro, se refiere también a la capacidad de describir la realidad científicamente (o críticamente). Lo que Watzlawick llama “realidad de segundo orden” o la fenomenología llama “mundo de la ciencia”. Un paréntesis: disculpen los neospinozianos lo tosco en mi descripción. Fin del paréntesis.
Ojalá se pueda ver el peligro entre la suspensión de la verdad como problema práctico (captar el mundo sin dudar de las sombras cavernarias) y lo que puede implicar para una sociedad desprestigiar el papel de la crítica social (la búsqueda del impacto y origen de las sombras). La necesidad de la crítica sobre la percepción del mundo proviene de la búsqueda de un mundo más equitativo y no meramente como deriva del reflejo técnico científico: ¿Son necesarias las sombras? ¿Quiénes las producen y para qué? ¿Qué alternativas hay? ¿Hay que proponer salir de la caverna y vivir el mundo a la luz del día? ¿O por el contrario la experiencia cavernícola es la apropiada? ¿Qué intensión persiguen quienes dominan el arte de las “sombras chinas”? ¿Debemos contratacar dominando el arte de las “sobras chinas”? Como se ve, y es ésta una nota para quienes dicen no entender las ciencias sociales, la relevancia de poner en duda la organización de la vida es trascendente para la humanidad. Negar el cambio climático es parte de un juego cavernario. Negar la desigualdad, el hambre y la injusticia social son parte de herramientas cavernícolas de sujeción del mundo. Como es de cavernícolas negar la desigualdad sexogenérica, racial, geográfica, cultural, etc. No se preocupe si usted no entiende las ciencias sociales. Sepa reconocer al menos que como cualquier otra ciencia tiene especificidades accesibles a través de la dedicación y el estudio. Para terminar: de cavernícola es vivir el mundo sin preguntarse si tal realidad no es tan sólo la proyección de una sombra.
Bueno, entonces listo, ciencias sociales para todes y se acabó el mundo cavernario. No. No es tan simple.
El problema de forma
La “alegoría de la caverna” es una figura retórica de 2500 años. Si mantiene vitalidad es por su capacidad de plantear de manera simple e indirecta una problemática que, durante todo ese tiempo, ha tenido desarrollos en varias direcciones (dicho sea de paso, las figuras retóricas dominan el mundo). Es este desarrollo lo que hace precisamente de las ciencias sociales un corpus complejo. Que es necesario introducir si es que se quiere efectividad en el uso de las ciencias sociales como insumo para el debate del devenir social.
El quid de la cuestión está en comprender que no existe conocimiento sin posicionamiento epistemológico y en el sentido de Kuhn, sin posicionamiento político. Sería muy fácil, en tanto panfleto, convencer con esto de las sombras y bla. Pero la cuestión es precisamente que no existe forma “natural” de “acceder” al conocimiento. La primera modernidad (siglo XV) se obsesionó con la búsqueda de un tipo de conocimiento que fuera más fiable que la “creencia” en las máximas de “El Libro”; en la búsqueda de mecanismos de pensamiento que permitieran dar una respuesta práctica a necesidades inmediatas. La “cuestión del método” según la fórmula de Descartes, apuntaba a delinear una relación clara entre los procedimientos necesarios para acceder a un resultado en un problema dado. Para Descartes la relación procedimental era dada por el método de la deducción. Inmediatamente otra corriente racionalista le retrucó: hechos. El famoso “ensayo y error” que está en la base del método experimental que define a la ciencia desde hace siglos. Para el siglo XIX ya se creía (que la compilación, jerarquización y clasificación de hechos) que todo podría ser organizado en Leyes científicas que describieran el mundo a la perfección y listo. En tal caso la discusión pasaba por la forma en la que se relacionaban las leyes científicas entre sí: los modelos teóricos proponían la relevancia de algunas sobre otras en combinaciones que en definitiva modelaban sociedades diferentes. Si los sentidos no alcanzaban, creábamos modelos matemáticos que los reemplazaran. Así podríamos predecir las órbitas de los planetas, la curvatura del espacio-tiempo e imaginar incluso el origen o los límites del universo. En lo micro, imaginar el mundo bacteriano antes de poder observarlo y predecir el comportamiento de partículas, que hasta finales del siglo XX fueron invisibles (e indivisibles). Y desde allí, desde lo macro y lo micro que la física nos dio como ofrenda al Dios del saber provino una segunda duda existencial: pienso luego dudo en el método con el que infiero. Incertidumbre e indeterminación: el punto de vista determina el resultado del estudio. Es decir, “puede fallar”; la “ciencia” no es un conjunto de técnicas infalibles sino de comunidades humanas buscando establecer preguntas relevantes.
Esto no es un problema en términos de la moralidad intrínseca de la “verdad” ni desmerece el rol político de las ciencias sociales. El problema está en que las dinámicas de validación y reconocimiento de las ciencias sociales en términos de “impacto” configurado a través de marcos institucionales que obligan a una productividad despreocupada por la efectiva pertinencia de los saberes ha encorsetado a “los científicos” obligándolos a moverse en una burbuja autorreferencial, carente de debates. Una cosificación de las ideas que transformadas en ídolos de sal se cosechan en instituciones que acumulan textualidades como un cementerio. La “academia” decía certeramente Emilio De Ipola, es sólo un club de fútbol.
La productividad orientada a cuajar en sistemas bibliométricos es una contra muy grande para defender la necesariedad de las ciencias sociales. Nadie lee la producción de otrxs. Rendidas a las lógicas de validación institucional (los dos “articulitos” por año) en sistemas de circulación sesgados y controlados en y por un puñado de instituciones en el hemisferio norte. Es decir, las ciencias sociales han sufrido las transformaciones neoliberales y han dejado de ser una fuente inagotable de ideas para la transformación; pareciéndose más (y con suerte) a “contadores públicos de lo social” antes que “sociatras” (en referencia a los debates de la universidad de los ‘90s).
Volver a poner en el centro las preguntas pertinentes sobre las dinámicas sociales que enferman el tejido social requiere revitalizar las dinámicas de ejercicio y circulación de la producción de ideas desde las ciencias sociales; algo que por suerte está comenzando a ocurrir a través de propuestas sobre la salida del sistema de evaluación de productividad tal como lo entendemos hoy. Hay una gran insatisfacción de lo que produjo la cultura institucional universitaria y sobre todo de Ciencia y Tecnología durante los últimos 30 años en términos de intercambio de saberes y en torno a la capacidad de “situarlos” de cara a las necesidades de los pueblos. Hay ahora debates serios al respecto como los que suceden en ámbitos como CLACSO. Aportando ejes de discusión relevantes como por ejemplo el menosprecio del idioma español en la cuenta de productividad indexada. Que, dicho sea de paso, no ha logrado quebrar el sesgo sexogenérico, racial ni de clase en la incidencia de las publicaciones. También aparecen propuestas sobre la organización de los productos: cambiando la “evaluación de impacto” por la “evaluación kuhniana” o “paradigmática”. Debates necesarios que es imprescindible llevar a fondo. Sin embargo, ¿no será demasiado tarde?
El problema de contenido
Si la forma (lo formal) en la que se estructuran las ciencias sociales en instituciones creadas desde la óptica neoliberal, a la que por supuesto la práctica deforma e incluso las hace más amenas y prepositivas para no ser tremendista, han redundado en poner el eje en la forma de la producción de las ciencias sociales más que en las dinámicas de circulación e intercambio, ese juego cambia por completo con la aparición de las Inteligencias Artificiales en particular y la mediación tecnológica en la pedagogía en general.
El plagio y el autoplagio o la falta de rigurosidad y las falacias autoritativas, pero cumpliendo los aspectos de forma que permiten repeler la dimensión “ensayística” de la producción de conocimientos (considerada el pecado venial en el mundo “científico”) son estrategias reprochables éticamente, pero difundidas en un sistema obligado a metas cuantitativas de productividad. El famoso “refrito” es un simpático reconocimiento de tales prácticas; donde se reciclan varias veces el mismo artículo para sortear los cupos de productividad. La productividad se ha vuelto la verdadera razón de ser del sistema que corrompe la comunicación científica. Fue famoso el caso de Alan Sokal que en 1996 decidió burlarse de las ciencias sociales enviando un disparatado texto sosteniendo que la “gravedad cuántica era una construcción social”. Luego de publicado se dedicó a publicitar su burla.
Lejos de mejorar, el sistema de publicaciones de revistas “tope de gama” se ha desvirtuado hasta volverse privativo: cobrando aranceles a los autores que están muy lejos de la mayoría de las realidades económicas de países enteros, 500 o 1000 dólares por un artículo en Scopus. La mercantilización en un sistema con competencia descarnada que impacta no sólo en el bolsillo sino también en la salud mental de cerca del 40% de investigadores a nivel mundial según un estudio de la revista Nature. La presión por producir ha generado todo un sistema paralelo de producción de insumos y productos que ponen en tela de juicio no ya la pertinencia sino incluso la legalidad de los estándares bibliométricos. Tesis de grado o postgrado que se venden a medida entre 500 y 1000 dólares para aquellos estudiantes que están quemados dentro de sistemas de auto explotación tal que no les permite siquiera hacer el esfuerzo de producir lo que se demanda como cierre de un ciclo formativo.
Y como si esto fuera poco pario la IA. Las aplicaciones de inteligencia artificial prometen muchas cosas, pero sobre todas las cosas, por supuesto, un aumento exponencial en la productividad. La capacidad de combinación de valores extraídos de la www da la sensación de ser la “máquina que lo resuelve todo”. Y que, en tal caso, sus limitaciones provienen del error humano: falta de entrenamiento, promps mal confeccionados, falta de claridad en el para qué de su utilización y, por supuesto, debilidades respecto a la frontera ética (usar el resultado como si fuera de propia autoría, o sea, plagio). Por supuesto que tiene sus adeptos que consideran que vale la pena todo el riesgo a correr con tal de estar a la moda y “resolver”. Dentro de un sistema productivo tensionado, desfinanciado y sobre exigido, no parece haber lugar para detenerse a reflexionar sobre las ventajas cognitivas y culturales de la IA. AL contrario, la presión empresarial coloca la crítica a la IA dentro del espectro de lo obtuso. Lo mismo ocurre con cualquier tecnología que reúne dos virtudes únicas que son deidades en el mundo post estado de bienestar: la empresa y la innovación.
Porque claro, si temíamos cómo las empresas iban a “meterse” en el mundo universitario luego de la Ley de Educación Superior, definitivamente la tecnología es la embajadora del rédito privado en el día a día de la administración, enseñanza y producción científica.
Por si esto fuera poco, la IA es una maquina de reproducir sesgos, prejuicios y discriminación. Entrena a lxs usuarixs para alimentar su base de datos con asociaciones de tokens eficientes. Devolviendo productos que requieren conocimientos en varias disciplinas para evaluar su pertinencia y su lógica que puede estar plagada de “alucinaciones” (errores de ponderación, citas inventadas, autores inexistentes, asociaciones ilógicas, tautologías, etc).
La mercantilización, la sobre explotación, la IA y un sistema orientado a la productividad y no a la relevancia han hecho en gran parte al ecosistema de las ciencias sociales un terreno infértil de preguntas relevantes. Y ya ha llegado el momento en el que las tesis de postgrado puedan ser escritas a medias entre la IA y económicos “ghost writers”; para luego ser leídas “en diagonal” por evaluadorxs saturadxs de carga publica de trabajo; en un clima de desintegración (perdida de integridad intelectual) impuesto por las ultraderechas en todo el mundo. Es decir, que a nadie le importe ni le sirva a nadie.
Las ciencias sociales nos hemos metido solitos en este baile. De a poco. Siguiendo los estándares internacionales para que no nos tilden de salvajes sudacas. Siguiendo cada moda intelectual para que no nos tilden de vetustos. Sin demasiada ambición de ser escribas de nuestro tiempo.
Algo incómodo: aclaro no soy team marxismo cultural
En este incómodo punto en el que estamos y que por supuesto contiene una generalización y no representa a lo más lustroso de nuestro “ambiance” se yuxtaponen tres dinámicas difíciles de manejar: el brutal avance de las corporaciones tecnológicas a través de la pandemia; el avance de la ultraderecha que ha puesto al pensamiento crítico de las ciencias sociales en el lugar de enemigo a exterminar; y la propia urgencia del sistema de educación superior argentino por “aggiornarse” lo antes posible para evitar desangrarse por efecto del desgranamiento en trayectorias demasiado elásticas.
A esta historia de adaptación de la crítica de las ciencias sociales a los estilos de la producción civilizada de la “buena ciencia” se suma el intento de abandonar el lugar de “pseudo” ciencia o ciencias “blandas” que las ciencias “duras” cíclicamente esgrimen para ocultar su propia ignorancia epistémica sobre qué es exactamente la objetivación. Como decía Emilio De Ipola, en el fondo, no hay ciencias duras o blandas, sino que todas son ciencias “al dente”: ni la fortaleza metodológica ni la formalidad del lenguaje esgrimen la complejidad de la impresión subjetiva sobre lo que se estudia. ¿O me van a decir que una órbita planetaria es más tangible que un hecho social? Es más, es impresionante cómo habiendo tantas propuestas epistemológicas que realmente ponen en tensión la posición de saber absoluto (hegeliano), aún se adore el fetiche de la objetividad como una mera descripción de la cosa. En fin.
Aun así, con trayectos metodológicos sólidos en las ciencias sociales y la profesionalización de la formación metodológica durante los últimos 40 años han transcurrido con sobresaltos picos de optimismo y reparación, y por supuesto crisis del modelo de país que mermaron las capacidades institucionales del Sistema Nacional de investigación y la educación superior (hiperinflación, recorte salarial, desfinanciamiento de Macri, vaciamiento con Milei). Estamos ahora en un punto muy, muy bajo. Hoy es más probable que la Fundación Libertad (2025) termine por convencer que el camino es el desguace del CONICET antes que la reforma estructural de las curriculas universitarias logre impactar en los perfiles profesionales[2]. Este fenómeno es parte de la transformación de las instituciones a nivel planetario. Donde las finalidades que muchas veces se arraigan en lo profundo de la historia de las relaciones entre humanxs, se reemplazan por altisonantes consignas oportunistas cuya vida útil es siempre coyuntural y su utilidad vital en términos sociales es controversial. Porque precisamente los contenidos que “prenden” son disolutivos del esfuerzo de convivencia prospera y pacífica de la humanidad. Contenidos que hoy engloban la amalgama antisocial que incluye a las Alt-Right, Ultraderecha, Conservadurismo Radical, Anarco Capitalismo, etc.
Dos preguntas pueden plantearse si se acepta esta premisa introductoria: 1) ¿cómo impacta en la educación superior esta penetración de lógicas y metodologías de la imparable ola de la hiperconexión?
Están aquí entre nosotros. Ya no se esconden por pudor a ser reprobados por sus opiniones. Incluso redoblan la apuesta iniciada por Jorge Lanata y su prédica del “no les tenemos miedo”: con orgullo y desparpajo van asomando por escenarios y paisajes impensados perfilando una identidad que quiere representar expectativas y proyectos de vida. Gobiernan. Blindados por una patota mediática y la autodenominada “fuerzas del cielo” (ejército de trolls), violentamente atacan a personas y a las “vacas sagradas” de una sociedad con 40 años de trabajosa construcción de consensos democráticos. Destruyen el diálogo instalando retoricas psicotizantes (frases extremas que van corriendo la “ventana de overton”).
No escatiman en su avanzada autoritaria. Desprecian instituciones centenarias y exageran déficits de honestidad para dar la imagen de que ningún Estado vale la pena; mientras utilizan todos los resortes estatales para gatillar desigualdad sobre la población. Se burlan de las personas con discapacidades y desfinancian los organismos que las asisten; vacían las políticas de protección contras las violencias mientras denostan a las lideresas del movimiento de mujeres. Destruyen las malas pero imprescindibles políticas contra el hambre mientras despotrican contra dirigentes y desprecian a los hambrientos. Desprecian a inmigrantes a quienes pretenden negar el derecho a la asistencia. Atacan el ingreso de los jubilados e intentan reprivatizar el sistema previsional para adueñarse de recursos públicos e intergeneracionales. Consideran que la salud no es un derecho sino un privilegio a favor de los empresarios: desfinancian los medicamentos para cronicidades cooptadas por los laboratorios y vacían la salud pública. Niegan los acuerdos internacionales preexistentes y se realinean con lo peor que ha producido la humanidad en los últimos 100 años. Y todo por decreto. Y todo en 90 días.
¿Quiénes son? ¿A quién representan? No son preguntas de fácil resolución. Podemos empezar diciendo que no se trata de una mera puja distributiva que apalanca la polarización social. Tampoco se trata de una tecnocracia con anabólicos que es incapaz de “levantar la cabeza” del Excel (ni del Python). Tampoco se trata de melancólicos del orden, resentidos por no haber recibido la medalla que pretendían por lo que llaman una guerra (que fue más bien la exacerbación de la organización del crimen). Tampoco se trata sólo de financistas oportunistas que se lanzan de cabeza al saqueo (que quedará otra vez impune) del erario público y los bolsillos del ahorrista. Tampoco se trata de las multinacionales que prefieren transferir sus falsos pasivos al pueblo argentino. Ni de los contrabandistas que especulan con la diferencia entre tipo de cambio y tasa de interés; mientras fugan sus comodities por el rio Paraná y los dólares públicos a la Isla de Man. Ni de fondos de inversión ávidos de litio, escandio, itrio, y latánidos (conocidos como “tierras raras”), agua y petróleo. Menos de la posición que se pretende que asuma la región en el conflicto multipolar abierto y descarnado. O sea, sí. Es todo esto: pero es algo más: es una guerra santa por la forma de la civilización. “La guerra por la eternidad” según la denominó Teitelbaum, biógrafo de Steve Bannon.
Palabras finales
Por supuesto que hay generalizaciones y simplificaciones que son atajos en la captación de un espíritu de época con el que se puede o no identificar el/la/le lectxr. En definitiva, ya en este punto, queda tan solo invitar a insistir en el refuerzo de la pasión: escribir, compartir, comunicar, debatir. Recuperar la amorosidad en nuestras tradiciones y nuestros trayectos comunes. Sin necesidad de defender los enclaustramientos de las ideas que, de por sí se enclaustran solitas; por el mero hecho de circular por donde circulan. Imprescindible encontrar el tono para entablar diálogos con estas nuevas generaciones que hablan otros idiomas y tienen otras expectativas. Recuperar el rol de la palabra escrita como reservorio cultural humano, pero también como ejercicio del pensamiento con densidad. La palabra también como un mensaje en una botella para un futuro plus cuan perfecto y en technicolor.
Las ciencias sociales deben asociarse a los intersticios de las otras disciplinas. Atravesar a nado las fronteras disciplinares. Atravesando la frontera de las apropiaciones cotidianas de esas otras ciencias sociales, las del taxista, la del dirigente político; avanzando hacia una praxis en situación. Ayudando a romper inercias, colaborando a situar las producciones, a proyectar toda ciencia hacia una búsqueda del bienestar colectivo capaz de resistir la noche que se nos ha venido encima. Las ciencias sociales como vasos comunicantes entre el pasado y el futuro. Ciencias sociales emancipadoras.
Astor Massetti es docente. Licenciado en Sociología y Doctor en Ciencias Sociales. Investigador IIGG/CONICET. Director del Doctorado en Estudios del Conurbano (UNDAV-UNQUI-UNAJ-UNO-UNM-UNPAZ-UNaHUR). Subdirector del Observatorio de Educación Superior. Director de Coordinación, Gestión y Curricularización de Procesos de Enseñanza Territoriales y Educación Popular (SPyT/UNAJ). Coordinador de la carrera de Trabajo Social (ICySA/UNAJ) y cofundador de las revistas Lavboratorio (FSOC/IIGG/UBA), Sudamérica (Huma/UNdMP), Pueblo (ICySA/UNAJ).
[1] Castells, M. (2009). Comunicación y poder. Alianza Editorial: 25.
[2] Al mercado de trabajo no le sirve esperar a que se incorporen trabajadorxs a los 27 o 30 años de edad, o peor, cerca de los 40 si es que realizan postgrado. Más aún si son mujeres que pueden desear maternar. Prefieren trabajadorxs con alguna calificación a los 22 o 23 años (si de todas maneras van a tener que reentrenarles). Recortar la duración de las carreras no es necesariamente un fin humanista; ya que la experiencia universitaria es formadora en múltiples aspectos. Pero el objetivo de que la duración de la carrera se adecúe a un mercado laboral que reclama más tiempo de vida útil de sus trabajadorxs calificadxs (ahora engrampados en trayectorias de 7 años de promedio) está instalado. Una pregunta que cae de maduro: si la eficiencia es medida en términos de tasa de graduación: ¿La reducción de la carga horaria de las carreras mejorará o empeorará ese indicador? Si la reducción de la carga horaria de las carreras efectivamente articula la oferta pedagógica con las nuevas realidades sociales ¿qué ocurrirá con las matrículas? ¿Nos acercaremos a la tasa de escolarización universitaria del hemisferio norte? ¿Se dará una explosión de demanda de servicios universitarios, ahora con formatos más versátiles?


