Elecciones en Colombia
La transición inconclusa

Por Andrés Felipe Parra

“Resulta tentador mirar hacia las extremas derechas de la región para intentar adivinar cómo sería un gobierno del presidente De la Espriella (comenta el profesor de la Universidad de los Andes, Andrés Felipe Parra, luego de las elecciones que tuvieron lugar en Colombia el domingo pasado): motosierra de Milei, aumento de los conflictos con grupos indígenas y de la deforestación de Bolsonaro, la imitación patética del modelo de seguridad de Bukele con Noboa en Ecuador.” Y aunque eso puede dar pistas de lo que será su estilo, propone el autor, la política colombiana tiene su propia trama. La historia reciente sugiere que el nuevo presidente no podrá desconocer algunas transformaciones sociales de los últimos años, que van a exigir políticas de seguridad más sutiles que la simple “mano dura” y decisiones económicas que atiendan al masivo reclamo por la redistribución de la riqueza.

 

Abelardo de la Espriella ganó las elecciones por un margen inferior al 1% y una diferencia de apenas 250 mil votos. Desde que existe la segunda vuelta en Colombia, inaugurada por la Constitución de 1991, no se había visto un resultado tan estrecho. Y aunque es cierto que el preconteo no es un resultado vinculante legalmente, sino meramente informativo, también lo es que históricamente las diferencias entre este y el escrutinio que sí tiene fuerza legal no alcanzan más del 0,1%. Si hay un cambio significativo en el escrutinio, solo apretará el resultado, pero no hará a Iván Cepeda presidente.

Balance y explicación de los resultados

Muchas encuestas y analistas daban por descontada la victoria del candidato de extrema derecha. Había sacado una distancia de casi 3 puntos y más de 600 mil votos en la primera vuelta. El resultado apretado puso en evidencia que sí hubo una tendencia de remontada que no fue, sin embargo, suficiente. Hay al menos dos factores que explican la derrota de Cepeda.

El primero: una pésima campaña. En primera vuelta, Cepeda estuvo atrapado y rodeado de un equipo (Gabriel Becerra, María José Pizarro y Gabriela Parra, de las entrañas del pacto histórico), que hizo todo mal. Desprecio por la comunicación política y las redes sociales, ausencia en los debates y reticencia a realizar acuerdos políticos con sectores más allá de la izquierda y afines a Petro. Los resultados de primera vuelta fueron un baldazo de agua fría, pero aquí la campaña tuvo un pésimo timing con al menos una semana de retraso en decisiones y reacciones. El cambio en la estrategia digital se notó semana y media después y las alianzas con sectores de centro llegaron hasta mediados de la última semana de campaña. En estas elecciones, la izquierda quedó atrapada en una paradoja: su mejor momento con el peor candidato y la peor campaña.

El segundo: un cambio de votación en Bogotá, tradicional bastión del progresismo. Cepeda volvió a ganar en Bogotá y los barrios populares del sur apoyaron su candidatura, pero retrocedió en los barrios de clase media y media alta, donde Petro había obtenido un resultado abultado en la segunda vuelta de hace cuatro años. Los datos lo confirman. En 2022, Petro obtuvo un 58% y su contendor, Rodolfo Hernández, un 38%. En esta elección, Cepeda obtuvo un 52%, mientras que De la Espriella un 45%. En números absolutos, la opción de derecha aumentó alrededor de 453 mil votos, mientras que la izquierda perdió unos 18 mil votos. Si en Bogotá se hubiese repetido la misma diferencia porcentual de 58% a 38%, Iván Cepeda habría ganado la presidencia con una ventaja de 306 mil votos y un 1.17% de diferencia.

Este cambio de votación tiene que ver con que la campaña no tuvo en cuenta a la clase media en sus cálculos. No hubo una propuesta económica que resolviera las inquietudes de ese sector de la población, que no son las mismas que las de los sectores populares. Tampoco se eligió una fórmula vicepresidencial que pudiese hablarle a dichos sectores; en general, la elección vicepresidencial no sumó nuevos votantes, ni hubo un esfuerzo por parte de la campaña de deshacer la sensibilidad racista que las clases medias de las capitales tienen hacia los pueblos indígenas. Al otro lado del espectro sucedió lo contrario: más allá de si José Manuel Restrepo amerita o no la imagen y las credenciales que algunos sectores medios urbanos le atribuyen, en política el ser no se distingue de las apariencias.

Los resultados en una perspectiva de largo plazo

Las tres últimas elecciones presidenciales han sido una repetición con matices de los resultados del plebiscito de 2016 que buscó refrendar el acuerdo de paz con las FARC-EP. Más allá de que Colombia se sume ahora al péndulo latinoamericano, el cual se explica por el agotamiento del modelo de crecimiento y acumulación de capital basado en la exportación de materias primas, hay que tener en cuenta esta particular circunstancia. El proceso de paz, sobre todo porque en el referendo ganó la opción del ‘no’, ha andado a trompicones, con muchos problemas de implementación y sabotaje. Pero hubo algo que sí cambio y que hizo posible la victoria de Gustavo Petro hace cuatro años: como lo ha expuesto Alejandro Chala en repetidas ocasiones, estamos ante una transformación en los ejes que estructuran la discusión pública en Colombia. Por un lado, tenemos el eje de la seguridad, donde la derecha se sitúa con una postura represiva y la izquierda prioriza el diálogo y la negociación con los grupos al margen de la ley; por otro lado, el eje de la redistribución, donde la derecha apela simplemente al crecimiento económico como solución definitiva y la izquierda a la narrativa de la justicia social.

La victoria de Abelardo de la Espriella no supone en ningún caso que haya desaparecido de la agenda el eje de la redistribución. No entender eso puede ser el mayor error de su gobierno y lo que le daría a la izquierda las llaves del Palacio de Nariño en 2030.

Es muy difícil, por otra parte, que surja un gobierno que atienda exitosamente ambos ejes de la agenda pública. Hay ciertas trayectorias tanto de la derecha como de la izquierda que impiden que esto se dé. Por un lado, la derecha ha priorizado, y lo seguirá haciendo, un modelo de crecimiento económico basado en la exportación mineroenergética. Aquí el crecimiento, que puede aumentar, por decir algo, del 3 al 4 por ciento anual, no se traduce en redistribución porque una condición de la expansión de este sector económico sería la baja tributación. Por otro lado, la izquierda siempre ha defendido el diálogo y la negociación como camino hacia la paz; esa ha sido su labor en los últimos 40 años. No hay que condenar el diálogo y la negociación en términos absolutos, pero los problemas de la paz total del gobierno de Petro dejaron claro que la estructura del conflicto se ha transformado y que tenemos muchos actores armados que exigen, para cada caso, una estrategia diferenciada (un problema que también toca a la derecha, pero de ello hablaremos más adelante).

En este sentido, estos resultados electorales son parte de la transición inconclusa que se abrió con el proceso de paz de 2016. Y esa transición va a estar disputada por la izquierda y la derecha: los sectores del centro solo tendrán la opción de plegarse, según las circunstancias y la coyuntura, a uno de estos dos sectores, como ha venido pasando. La razón es que, si bien el centro fue el artífice del proceso de paz, no asumió con vehemencia que la llegada del eje de la redistribución a la discusión implicaba cuestionar el modelo de crecimiento y, sobre todo, el rol del Estado en él: pasar de la exportación de materias primas mineroenergéticas a una política de reindustrialización activa (algo que tampoco pudo realizar con éxito el gobierno de Petro). Por ello, el centro está estructuralmente bloqueado para asumir la coyuntura presente, a menos que asuma las consecuencias del acuerdo de paz.

El posible gobierno de Abelardo de la Espriella

Resulta tentador mirar hacia las extremas derechas de la región para intentar adivinar cómo sería un gobierno del presidente De la Espriella: motosierra de Milei, aumento de los conflictos con grupos indígenas y de la deforestación de Bolsonaro, la imitación patética del modelo de seguridad de Bukele con Noboa en Ecuador. Eso nos puede dar pistas, pero la derecha colombiana tiene su propia trama y su propio trauma: Álvaro Uribe Vélez. Es verdad que Uribe salió derrotado en estas elecciones, pero el gobierno de Uribe sigue siendo un mito fundacional de la derecha colombiana. El sentido común de la derecha, y eso lo recogió la campaña de Abelardo de la Espriella, asume que estamos en 2001 y que el próximo gobierno tiene que hacer lo que hizo Uribe en 2002. Pasó con el gobierno de Duque y seguramente pasará lo mismo en este.

Hay, en efecto, una estructura trágica en la política de seguridad de la derecha. Uribe tuvo éxito en su estructura contrainsurgente, si lo miramos desde sus resultados, ignorando las graves violaciones de Derechos Humanos. Pero precisamente ese éxito, que llevó al proceso de negociación con las FARC, terminó cambiando la estructura, composición y dinámicas de los grupos al margen de la ley y del conflicto armado. Parafraseando al Maquiavelo de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, diríamos que el éxito de una empresa política es su propio fracaso y que tener virtú significa entender esa ley de hierro: si una política tuvo éxito es porque transformó el mundo y esa transformación es la razón por la que automáticamente se vuelve caduca y extemporánea. La derecha no parece tener virtú y va a repetir la misma ‘mano dura’, la misma estrategia se seguridad del gobierno de Duque, la cual no tuvo ningún resultado en la contención del crecimiento de los grupos armados.

Por último, De la Espriella tiene poco capital político. Es usual que los ganadores de elecciones intenten tender la mano a sus opositores y tengan una luna de miel al comienzo de su periodo. Pasó, por ejemplo, con Petro, que abrazó a Rofolfo Herández y se tomó su foto con Uribe. No veo a De la Espriella en esas. También hay que tener en cuenta que un tono realmente conciliador significaría renunciar a realizar contrarreformas en el campo laboral o pensional porque la mitad del país está en el eje de la redistribución y clama justicia social. Si eso sucede, el presidente electo habría renunciado a la mitad de su programa económico. Si persiste, tendrá una oposición curtida y con mucha experiencia. En cualquier caso, no puede gobernar pensando que el gobierno de Petro fue un lapsus desagradable o una pequeña borrachera en la historia republicana. La izquierda llegó para quedarse y eso implica una nueva correlación de fuerzas que debe llevarnos a redefinir el modelo de crecimiento y acumulación. No creo, sin embargo, que eso pase: la historia de la estabilización de los acuerdos entre clases sociales ha sido y será siempre tortuosa. Ese es el precio de vivir en una sociedad democrática.

 


Andrés Felipe Parra: Profesor asociado del Departamento de Ciencia política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes (Bogotá). Doctor en filosofía de la Universidad de Bonn (Alemania). Doctor en estudios políticos y relaciones internacionales de la Universidad Nacional de Colombia. Filósofo de la Universidad de los Andes.

X: @afparraa

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