Pepita: la pistolera de Lucía Puenzo
La ilusión fulana

Por Milagros Martín Varela

¿Cómo capturar una figura mítica en el cine? ¿Cómo narrar una historia que trascienda al personaje? Pepita, la pistolera, protagonizada por Luisana Lopilato y dirigida por Lucía Puenzo, asume ese desafío, y entre el thriller y el melodrama construye un universo signado por matices y complejidades. En esta reseña, Micaela Martín Varela se sumerge en la película para indagar sobre los diversos modos en que las violencias de género operan sobre los cuerpos y las subjetividades.

 

Es cierto que Pepita, la pistolera es quizás la prostituta más famosa de la historia argentina debido a su devenir en leyenda popular. Y esto es mucho decir: somos una sociedad renegada de las putas. Es uno más de esos temas que no se hablan, un tabú. Sin embargo, el arte no mira para otro lado: es un asunto ampliamente abordado tanto a nivel local como global en la literatura, como es el caso de El infierno prometido (Elsa Drucaroff, 2006) o La muerte ajena (Claudia Piñeiro, 2025); en el lenguaje audiovisual serializado (Sky Rojo, 2021-2023); en la música, como es el caso de La murga de la virgencita (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, 2000) –canción que titula esta nota–; y en el cine, donde encontramos como referencia ni más ni menos que a Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (Chantal Akerman, 1976).

Lucía Puenzo regresó a la pantalla grande luego de tres años (su último largometraje había sido Los impactados en 2023) recuperando el mito de Margarita Di Tullio –Pepita: la pistolera–, quien asesinó a tres delincuentes en Mar del Plata en 1985. Se trató de un crimen por “exceso” de legítima defensa, según lo determinó la Justicia. Luego de este episodio, “Marga” pasó a ser conocida como la criminal más famosa del país; participó de la mesa de Mirtha Legrand en enero de 1998 y hasta se sospechó que estuviese involucrada en el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas, sospecha que rápidamente fue desestimada.

No obstante, en el film protagonizado por Luisana Lopilato, lo que realmente importa no es la historia de Margarita Di Tullio: el foco no está puesto en el contexto. Puenzo recurre a la saturación del recurso de los primeros planos enfocados en los rostros de los personajes (particularmente en el principal) y a un realismo extremo y desolador que parece querer dar un mensaje que se sintetiza en una frase que le dice “Marga” al juez Perkins (interpretado por Marcelo Subiotto): “todos somos prostitutas”. En definitiva, Pepita: la pistolera es la historia de Margarita Di Tullio, pero podría ser la historia sobre cualquier persona y –especialmente– sobre cualquier mujer. Más que una invitación a pensar quién fue Margarita Di Tullio, la película propone otras preguntas: ¿Quiénes están legitimadxs a hacer qué cosas por dinero? ¿O por poder? ¿Qué vidas importan? ¿Quién vela y quién cuida a las putas?

Sin caer en un tono panfletario, ni tampoco en una posición abolicionista o regulacionista, Pepita: la pistolera denuncia las múltiples violencias patriarcales ejercidas sobre las trabajadoras sexuales: desde una mirada desdeñosa de una adolescente con uniforme escolar en la playa marplatense, pasando por los asesinatos masivos en la ruta, hasta la violencia institucional (y cargada de hipocresía) por parte del Estado de la mano de jueces y policías. Al mismo tiempo, la película arriesga que, ante tales violencias cotidianas y estructurales, el camino que les queda es cuidarse entre ellas. Esa parece ser la apuesta de la “Marga” reconstruida por Puenzo: una puta que quiere salvar su vida y la de sus compañeras. Una puta a la que, quizás, le importa la vida de los suyos y a la que, tal vez, fue eso lo que la hizo recurrir a la escopeta cuando tres proxenetas irrumpieron en su casa y prometieron no retirarse de allí hasta haberla violado a ella y a sus hijos.

La película de Puenzo puede ser recuperada en la misma clave que Elsa Dorlin recuperó la novela Dirty Week-end (1991), de Helen Zahavi y que fue adaptada al cine dos años más tarde por Michael Winner. Esta obra sigue la vida de Bella, una ex-prostituta que comete múltiples asesinatos en un fin de semana luego de que un vecino se obsesionara y ejerciera sobre ella un acoso sin fin. Dorlin dice sobre Bella: “No quería imponerse, no quería molestar a nadie, pero a lo largo de su vida, finalmente, resulta que ha sido educada para matar a los hombres, porque, de hecho, esos hombres hicieron mucho para que Bella llegara hasta ese punto; la educaron muy bien en la violencia y no hace falta demasiada voluntad, o fuerza, para «pasar a la violencia»; no hace falta demasiada técnica, ni demasiado entrenamiento”. En síntesis, señala Dorlin, se llega a un cierto estadio “en el cual la violencia padecida no puede sino convertirse en una violencia actuada”.[1]

Mujeres, lesbianas, travestis, trans, gays, niñas y adolescentes somos entrenadas en la violencia cotidianamente, si coincidimos con Dorlin en que la violencia ejercida sobre una se convierte en potencial violencia aprendida y actuada por una. En ninguno de los casos hay “elección” ni “decisión” posible: cuando la violencia es estructural, no hay salida. Es, tal vez, ese pesimismo realista –o realidad pesimista– el motivo por el que a lo largo de todo el film de Puenzo se siente el aire pesado, la sensación constante de asfixia.

Sin embargo, la apuesta es la siguiente: no hay salida a la violencia, pero sí la posibilidad de combatirla. Pepita: la pistolera es una historia acerca de cómo en ese camino es posible que alguien –en mayor o menor medida– quede en el rol de victimaria. Como le dice Nemeca (Charo López) a Marga: “te convertiste en lo que combatías”. Pero también es una historia que expone la hipocresía con la que se condenan a las prostitutas que trabajan para sobrevivir, mientras que la práctica de aquellas “otras prostitutas” que Marga le menciona al juez Perkins está completamente legitimada por el sistema patriarcal y neoliberal. Asimismo, dicho sistema produce y reproduce sin cesar la violencia (que incluye hasta el asesinato) a través del silencio y la indiferencia. En tanto –con el mismo cinismo– los actos de “defensa propia” de una puta siempre serán considerados “un exceso”. Porque a ese sistema, la vida de una de ellas –o la de su familia– no vale lo necesario para que se defienda.

Pepita: la pistolera no es una apología de la violencia ni tampoco un intento de presentar a una criminal como un ángel. Se trata, insisto, de una historia que es la de Margarita Di Tullio, pero que podría ser de cualquiera. La Marga de Puenzo es –como quizás somos todas y todes también– “otra polilla en busca de la luz”.

 

 


Milagros Martín Varela es magíster en Estudios Feministas y licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Cuyo (UNCUYO). También es doctoranda en Ciencias Sociales por la misma institución, posgrado que realiza gracias a una beca doctoral de CONICET. Sus investigaciones responden a una pregunta que le ocupa desde su tesis de grado y tiene que ver con cómo fue el encuentro entre la marea feminista con la cultura masiva, especialmente en el cine y en las series de plataformas. Integra el grupo de trabajo de Estudios de Género y Teoría Crítica (INCIHUSA-CONICET), el Instituto de Estudios de Género y Mujeres (IDEGEM) y la Comisión de Géneros y Sexualidades de la Asociación Argentina de Estudios sobre Cine y Audiovisual (AsAECA).

 


[1] Dorlin, E. (2018). Defenderse. Una filosofía de la violencia. Ciudad de Buenos Aires: Hekht Libros.

 

 


Imagen de portada: de la película Pepita, la pistolera, protagonizada por Luisana Lopilato y dirigida por Lucía Puenzo.

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