Elecciones en Brasil
Lula entre las guerras y la IA

Por Amilcar Salas Oroño

En octubre, Brasil elige a su próximo presidente. Una elección decisiva para la democracia brasileña, pero también clave para el futuro de América Latina. En esta nota, Amílcar Salas Oroño, docente e investigador de la UNPAZ, enlaza la lectura coyuntural y el análisis de los ciclos políticos para reflexionar sobre la figura de Lula y los imaginarios en disputa.

 

Exportaciones y viajes

Bolsonaro cerró su Presidencia viajando a EEUU, toda una señal. Si bien el vínculo bilateral ha tenido una trayectoria muy variada y compleja, los últimos años han sido los menos cordiales en lustros, tanto en las formas como en la cualidad diplomática. Los más de 14 encuentros presenciales que tuvo Lula como presidente en sus dos primeros mandatos –con Bush y con Obama– poco se parecieron a las dos reuniones con Donald Trump durante este tercer mandato, una de ellas a las corridas en Kuala Lumpur en octubre del año pasado.

Sucede que Brasil también ha pasado a ser objeto de una orientación muy clara del segundo Trump: América Latina como cuestión de seguridad nacional estadounidense. Circunstancia que supuso un avance en varias dimensiones:  desde el PIX, sistema de pago gratuito que utilizan diariamente millones de brasileños y brasileñas (y que se tornó objeto de una investigación administrativa norteamericana, con el veredicto de que se trata de una “práctica comercial desleal”); a los minerales críticos, cuyas reservas brasileñas han generado un muy desprolijo lobby en favor de la posibilidad de que empresas de EEUU ingresen en el negocio. Como garantía, una técnica de intervención clásica: tarifas a las exportaciones brasileñas. Enviadas en dos grandes tramos: un 50% en 2025 (dejando afuera algunos rubros muy puntuales, como Embraer o el jugo de naranja) y, luego, un 37,5% este 2026 a más de 3.000 productos industriales brasileños, lo que equivale al 18% de la balanza exportadora a EEUU. Un sensible golpe para un gobierno que va por su reelección; sobre todo porque a las peripecias de cualquier contienda electoral debe sumarle la de mediar con las ahora urgentes presiones de las corporaciones empresariales, con la FIESP y CNI a la cabeza.

Medios y escándalos

Siempre hay una comparación posible por hacer entre elecciones presidenciales. Si bien esta repite el contrapunto del 2022 –Lula vs. un bolsonaro–, el 2026 tiene bastante (de la elección) del 2014, en la que Dilma terminó venciendo por poco en la segunda vuelta. Aecio Neves entonces desconocería el triunfo, preparando las condiciones para el devenir de un nuevo ciclo político en el país, que conectó el juicio político a Dilma, el interinato de Temer y la llegada de Bolsonaro al gobierno. Etapa aún no cerrada, dada la presencia y competitividad que muestra hoy en día el bolsonarismo.

Si la campaña del 2014 estuvo marcada por el impacto de la Investigación Lava-Jato –iniciada meses antes de las presidenciales, con el protagonismo del juez Moro–, la elección de este año está marcada por el “escándalo” del Banco Master, el mayor fraude bancario de la historia del país, con más de un millón y medio de ahorristas afectados, involucrando fondos públicos, esquemas Ponzi, certificados de créditos falsos, circuitos de desfalcos retorcidos y versátiles que conectan (las investigaciones están en curso) integrantes del Banco Central y políticos de todos los partidos (desde el líder del gobierno de Lula en el Senado, el candidato Flavio Bolsonaro, dos jueces de la Corte Suprema, entre muchas otras personas de alto escalón dirigencial).

Un escándalo público hecho casi a medida para una narrativa antisistema, a desplegarse en estos tramos finales de la campaña electoral. ¿Habrá más audios e imágenes del escándalo que sirvan a la hipersegmentación y hagan lucir a los ya probados software de interferencia y direccionamiento de contenido? Dimensión clave: Brasil es la quinta población digital más grande del mundo, con un enorme tráfico y con la intensidad de uso más alta de la región: un promedio de 9 horas y 9 minutos de conexión a internet al día, segundo país del mundo en tiempo diario de navegación y uso de redes sociales. Si en lo que queda de la campaña el escándalo aumenta en circulación y el foco se concentra, por ejemplo, en Alexander de Moraes –que fue el juez instructor de la causa penal contra Jair Bolsonaro (por la que lo condenaron)–, seguramente Flavio le sacará provecho. Ampliará la narrativa de persecución y victimización (a los Bolsonaro), algo que viene buscando y que le daría otro giro a su candidatura; situación que 8 años atrás encontró su padre en la curiosa cuchillada en Minas Gerais.

Lula y el subproletariado brasileño

Esta es la octava campaña presidencial que encara Lula en su vida. Perdió en tres oportunidades (1989, 1994 y 1998), ganó otras tres (2002, 2006 y 2022) y en el 2018, que se había dispuesto a competir tras el juicio político a Dilma, la Corte Suprema le tenía preparado una resolución por la que terminó preso en plena recorrida. El Partido dos Trabalhadores, eje gravitacional de la política brasileña hace 35 años, pudo percibir cómo se alejaron y se acercaron (y se volvieron a alejar) las clases medias, las iglesias evangélicas, las Organizaciones Globo, los caudillos provinciales, las cámaras empresariales, etc. Casi todos fueron y vinieron en la dialéctica brasileña entre sociedad civil y sociedad política. Hubo segmentos más leales y afectuosos con el Partido, es cierto, como los intelectuales y músicos. Y ámbitos más distantes, como los jugadores de fútbol: Zico fue secretario de Collor, Pelé ministro de F. H. Cardoso y Romario, Ronaldinho y Neymar apoyaron con ganas a Jair Bolsonaro.

Sin embargo, una circunstancia se fue consolidando y convirtiendo en una certeza: el apoyo macizo político-electoral del Nordeste. Allí, el Partido dos Trabalhadores encuentra desde el 2006 –o incluso antes, según se analicen algunas elecciones de periferias urbanas– un respaldo clave que modifica el mapa general de la competencia nacional. La región del Nordeste –9 Estados que representan el 27,4% del padrón electoral– fue responsable en la última elección de un saldo a favor de Lula frente a Bolsonaro de casi 13 millones de votos, lo que compensaba eventuales derrotas en otras regiones del país. Todo indica que este año esa cifra crecería proporcionalmente aún más en favor del actual presidente, tanto por el tipo de alianzas estaduales costuradas (privilegiando asegurar un lulismo presidencial y menos ejecutivos subnacionales) y por haber podido contar con el manejo de la máquina del Gobierno Federal estos últimos 4 años.

Si a este dato se le suma el hecho de que Flavio Bolsonaro tendría una votación más modesta en el Estado de Río de Janeiro –por varios motivos, entre ellos la mala gestión de quien fuera gobernador de su partido hasta hace unos meses, Claudio Castro–, y en la ciudad de San Pablo y en el interior de Minas Gerais Lula volvería a obtener resultados favorables, no está tan claro por qué estaría del lado de Flavio la ventaja para esta elección en un hipotético segundo turno, como algunas encuestadoras insinúan. Es verdad que las campañas intervienen en las intenciones de voto y que no hay cristalizaciones definitivas. Pero también es cierto que las empresas de encuestas a veces dan por sentadas algunas densidades electorales –como, por ejemplo, las del candidato Augusto Cury– que habrá que ver hasta dónde llegan. No será ni la primera ni la última vez que esto suceda.

Soberanía y democracia en América Latina

Si para el historiador inglés Eric Hobsbawn hubo un siglo XX corto –en comparación con un siglo XIX que se hizo largo–, este siglo XXI ya tiene tantos elementos que bien podría cerrarse y declararse breve. Un tsunami, una crisis financiera internacional, una pandemia global; asistimos a guerras híbridas y tradicionales, primaveras árabes, la implosión europea; el ascenso de China, monedas digitales, y ahora la carrera de la Inteligencia Artificial. En el medio, una historia latinoamericana retorciéndose para ver cómo se adapta a todos estos cambios. A propósito, si miramos el resultado de las últimas 7 elecciones presidenciales, todas van en un mismo sentido, hacia la derecha. Daniel Noboa en Ecuador (abril, 2025), Rodrigo Paz en Bolivia (agosto, 2025), J. Antonio Kast en Chile (diciembre, 2025), Nasry Asfura en Honduras (enero, 2026), Laura Fernández en Costa Rica (febrero, 2026), Keiko Fujimori en Perú (junio, 2026) y Abelardo de la Espriella en Colombia (junio, 2026). Todos de derecha y, en algunos casos, hasta un poco más que eso.

La que sigue es la elección en Brasil. ¿Irá en esa dirección? De hacerlo, el cuadro pasaría a estar cubierto casi por un mismo color: fragmentación representacional por abajo, seguidismo trumpista de las elites locales por arriba. Una encrucijada muy compleja para las identidades latinoamericanas. Lula lo sabe. Sabe que es una elección decisiva para la soberanía y la democracia brasileña, pero también para el resto de la región; para las asociaciones y articulaciones institucionales, bilaterales, multilaterales. Soberanía y democracia, dos términos que hasta hace no mucho tiempo estaban muy incorporados a nuestros imaginarios políticos –en su disputa, extensión, ausencia– y que hoy parecen perderse en esas brumas del siglo XXI. En esta campaña 2026, son el núcleo (programático) del discurso del candidato Lula. Insistente, está claro que se trata de un liderazgo político muy singular: es parte de ese siglo XX que dialoga con el siglo XXI. Quizás allí radique su notable vigencia.

 


Amílcar Salas Oroño es licenciado en Ciencia Política (UBA). Magister en Ciencia Política (Universidad de Sao Paulo-Brasil). Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Investigador IIEC/UNPAZ. Profesor UNPAZ, UBA, UNMdP. Director de la Diplomatura en Política Exterior Argentina y RRII (UNPAZ). Especialista en política brasileña, acaba de publicar como editor La Política Exterior de Milei. Entre la ideologización local y las tensiones del sistema global (UNMdP, 2026). IG @amilcarorono

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