Por María Laura Bagnato
¿Qué relación se puede establecer entre un archivo personal y los procesos sociales? ¿Cómo acercarnos a los afectos densos, ambivalentes en nuestras biografías personales y colectivas? En texto, María Laura Bagnato, docente e investigadora de la UNPAZ, se detiene sobre las claves analíticas que Rafael Blanco construye en su libro, Efímero perdurable. Giro afectivo, sexualidades y archivos personales, para reflexionar sobre los archivos afectivos y sus efectos en el espacio público.
Entre lo efímero y lo perdurable
Leer un texto –y, más aún, reseñarlo– es siempre un ejercicio parcial y necesariamente caprichoso: una forma de dar cuenta de aquello que un libro deja como huella en quien lo lee. Se trata menos de una reconstrucción exhaustiva que de un gesto de recorte, orientado por aquello que nos conmueve, nos resuena, nos abre preguntas y habilita nuevas conexiones. En ese sentido, toda reseña es también un ejercicio afectivo: una relación que se establece con un texto desde un lugar, atravesado por historias personales, lecturas previas y sensibilidades políticas.
Leer Efímero perdurable. Giro afectivo, sexualidades y archivos personales (Pletórica Sinfonía, 2025), de Rafael Blanco, no fue una experiencia ajena a ese ejercicio. Por el contrario, la vergüenza, la herida, la tristeza, el duelo y el hartazgo –afectos que el libro tematiza y trabaja con notable densidad– aparecieron también como claves para pensar cómo esas experiencias han estructurado, de modos desiguales y persistentes, nuestras biografías personales y colectivas. Asumir ese carácter parcial, incluso arbitrario, de la lectura no implica renunciar al análisis, sino explicitar el punto de partida desde el cual se escribe y desde el cual se lee.
No puedo evitar detenerme en aquellos pasajes y detalles que hacen que la mirada se abra, como cuando –al entregarnos a observar un paisaje– dejamos de enfocarnos en un punto preciso para captar una escena más amplia. En ese sentido, el ejercicio de recorte que propongo en esta reseña se inscribe en esa forma de leer lo que el propio texto habilita: una lectura atenta a las resonancias, a los desplazamientos sutiles, a la manera en que ciertos materiales –marcados por su carácter fugaz– producen huellas y formas de persistencia sin dejar de ser, precisamente, efímeros.
Efímero perdurable es un libro breve, pero no por ello ligero en términos analíticos. Por el contrario, introduce nuevos aires en una contemporaneidad saturada de apelaciones a lo afectivo, al tiempo que eleva la apuesta teórica y metodológica sobre lo que implica trabajar con archivos, memorias y experiencias encarnadas. Lejos de proponer una lectura celebratoria o ingenua de los afectos, el texto se sitúa en una zona de incomodidad productiva: allí donde emociones socialmente consideradas “negativas” se vuelven claves analíticas para pensar la politicidad de la vida cotidiana, las sexualidades disidentes y las formas de transmisión de la memoria.
Desde el inicio, Blanco redefine el sentido mismo del archivo. No se trata aquí de un dispositivo orientado a la conservación y estabilización del pasado, sino de una práctica afectiva que permite pensar cómo lo efímero –las experiencias, recuerdos íntimos, objetos atesorados en un cajón, performances, panfletos, escrituras en paredes, por recuperar algunos de los nombrados durante el texto– no se opone a lo perdurable, sino que constituye su condición de posibilidad. El archivo, en esta clave, no solo fija lo que desaparece: produce, organiza y hace circular huellas afectivas que insisten, que retornan y que siguen operando aun cuando parecen destinadas a desvanecerse.
Afectos “negativos” y la politicidad de la experiencia
La introducción del libro sitúa con claridad el eje que lo recorre: el análisis de afectos socialmente densos y ambivalentes –como la vergüenza, el duelo y el hartazgo– entendidos no como experiencias privadas o residuales, sino como fuerzas que estructuran la vida social y adquieren relevancia política en el espacio público. Inscripto en los debates del giro afectivo –con referencias clave a Sara Ahmed, Cecilia Macón, Ann Cvetkovih, Heather Love y Mariela Solana–, Blanco cuestiona la oposición entre afectos “positivos” y “negativos”, proponiendo una lectura desbinarizada de las emociones, atenta a sus desplazamientos, modulaciones y efectos.
Uno de los gestos más significativos de la introducción es la articulación entre experiencia personal y reflexión colectiva. A partir de una conmoción biográfica –la resignificación, en la adultez, de una canción de amor que marcó la infancia–, el autor muestra cómo lo íntimo puede devenir material analítico para pensar procesos sociales más amplios. La tristeza, la pérdida y la memoria aparecen, así como experiencias que no se agotan en la interioridad, sino que se enlazan con narrativas compartidas, con climas afectivos de época, con historias que exceden largamente al sujeto que recuerda.
En esta clave, la figura de Madonna funciona como un dispositivo analítico particularmente potente. Su trayectoria condensa la tensión entre consagración y pérdida: el tiempo biográfico del éxito artístico se superpone con un tiempo histórico atravesado por la crisis del sida, desplazando la alegría hacia la melancolía y acercando la experiencia de la muerte al centro de la escena cultural. Lejos de operar como ejemplo anecdótico, esta lectura habilita explorar cómo los afectos circulan públicamente, cómo se inscriben en artefactos culturales masivos y cómo producen marcas duraderas en la memoria colectiva.
La pregunta que atraviesa la introducción y el conjunto de la obra: ¿qué producen los afectos en el espacio público?, habilita una reflexión sobre la potencia política de emociones frecuentemente desestimadas o patologizadas. En lugar de concebirlas como obstáculos para la acción, el libro indaga en las posibilidades que se abren cuando estos afectos son experimentados de manera colectiva, mostrando cómo contribuyen a la constitución de un “nosotrxs” y a la trama afectiva de la vida cotidiana.
Vergüenza, memoria y transformación
El primer capítulo, “Raffaella en Plaza de Mayo”, despliega con especial densidad el gesto teórico que atraviesa el libro: pensar la vergüenza como un afecto históricamente situado, ambivalente y potencialmente transformativo. A partir de una escena de distancia y cercanía con Raffaella Carrà, Blanco construye un archivo afectivo compuesto por materiales efímeros –apodos, recuerdos domésticos, silencios familiares, escenas nocturnas– que, lejos de disiparse, persisten como huellas en la experiencia.
La vergüenza aparece aquí como un afecto cotidiano y comunicativo, ligado tanto a la disidencia sexual como a una historia familiar atravesada por los efectos del terrorismo de Estado. En este punto, la figura de Angelita, la abuela materna del autor e integrante de Madres de Plaza de Mayo, ocupa un lugar central. En ella se condensa una superposición particularmente densa entre lo íntimo y lo político: el orgullo y la admiración por la lucha colectiva conviven con una historia marcada por la discreción, el ocultamiento y la gestión cuidadosa de la exposición pública.
Lejos de idealizar esa figura –o sí, pero incluso quienes no la conocimos en persona, la queremos y la admiramos–, el libro se detiene en las tensiones que atraviesan los procesos de transmisión afectiva. La vergüenza no aparece como un residuo individual a superar, sino como una herencia afectiva que se transmite de manera desigual, fragmentaria y muchas veces silenciosa. En diálogo con los aportes de autoras como Sara Ahmed, Ann Cvetkovich y Leonor Arfuch, Blanco reconstruye una noción de vergüenza como un afecto que modula el lazo social, que organiza prácticas de visibilidad y ocultamiento, y que deja marcas persistentes en los cuerpos y las memorias.
La densidad teórica de este capítulo opera como una caja de resonancia que permite complejizar escenas concretas y construir la noción de vergüenza transformativa. La vergüenza es pensada como forma de trauma cotidiano, como afecto que orienta los cuerpos en el espacio social y como experiencia con valor memorial, ligada a los modos en que narramos y archivamos el pasado. Desde esta perspectiva, la vergüenza no se supera ni se deja atrás: puede ser reutilizada colectivamente, resignificada y puesta en circulación más allá del cuerpo individual.
El desplazamiento que da título al capítulo –de la pista de baile a la Plaza de Mayo– nombra ese movimiento. Allí donde la vergüenza se comparte entre quienes reconocen una herida común, deviene condición de identificación, de memoria y de acción política. Sin borrar nunca el rastro de la herida que la origina, la vergüenza se transforma en un afecto capaz de articular intimidad y politicidad, deseo y memoria, sexualidad y derechos humanos.
Amor, duelo y hartazgo: politizar la intimidad
El segundo capítulo, “Pronunciar el silencio. Amor, duelo y punk en la politización de la intimidad”, se detiene en la reconstrucción de una acción colectiva realizada en 1994: la iniciativa “SIDA: por amor usá preservativo”. Lejos de presentarla como un episodio menor o meramente anecdótico, Blanco la trabaja como un acontecimiento afectivo y político de gran densidad, capaz de condensar las tensiones entre sexualidad, miedo, cuidado y acción colectiva en el contexto regresivo de los años noventa.
La consigna reunía en una misma frase elementos que por entonces difícilmente convivían en el discurso público: VIH, amor, preservativo. Su potencia residía precisamente en esa articulación inesperada, que contrastaba de manera abismal con las campañas oficiales del Ministerio de Salud de la época. Mientras estas últimas apelaban al terror moralizante y a la des-sexualización del problema –como en la ficción televisiva que mostraba a un matrimonio “normal” ordenando la habitación de su hija al ritmo de un piano dramático, bajo la voz en off que asociaba el sida con castigo y muerte–, la acción recuperada por Blanco insistía en otro registro afectivo y político.
La pregunta que organiza el capítulo es tan sencilla como profunda: ¿cómo desanudar la relación entre VIH y muerte, entre sexualidad y miedo, tan presente en el discurso público de aquellos años y, al mismo tiempo, tan arraigada en la experiencia subjetiva de una generación? Frente a un estado de cosas marcado por el silenciamiento, el terror y las posiciones antisexo –respaldadas tanto por el discurso estatal como por los pronunciamientos de la Iglesia católica–, la iniciativa “Por amor…” se propuso intervenir de manera contradiscursiva en el espacio público.
El interés del autor en recuperar esta acción responde a varias razones que no solo permiten reconstruir una experiencia del pasado, sino también pensar la politicidad contemporánea de los afectos frente a las nuevas formas de silenciamiento. En primer lugar, permite pensar los afectos como orientaciones para la acción colectiva, mostrando cómo emociones socialmente ambivalentes –el duelo, la bronca, el hartazgo– pueden articularse en prácticas políticas creativas. En segundo lugar, sitúa a la sexualidad como un terreno central de politización, en un momento histórico en el que las políticas públicas evitaban sistemáticamente cualquier referencia al deseo, el placer o el uso del preservativo. Finalmente, la acción habilita una reflexión sobre el lugar de los archivos personales y efímeros en la reconstrucción de culturas públicas olvidadas, que pueden ser reactivadas en el presente.
El trabajo afectivo que describe el capítulo buscó contrarrestar tanto la parálisis como la vulnerabilidad que el miedo al VIH solía generar, así como los procesos de estigmatización y discriminación asociados a la infección. En lugar de reforzar el pánico moral, la acción puso en el centro el cuidado como acto de amor.
Blanco subraya que los años noventa estuvieron atravesados por una sensación extendida de riesgo afectivo: la posibilidad de contagiar a la persona amada, de contagiarse de quien se ama, de perder amigos y referentes cercanos. A esa preocupación se sumaba el duelo por la muerte de numerosas figuras significativas del campo cultural y político. En ese contexto, la acción “Por amor…” fue también una respuesta al hartazgo frente al accionar estatal durante la expansión de la epidemia en el primer lustro de la década.
La riqueza de esta experiencia radica en su capacidad de conmover lo público en múltiples dimensiones: el espacio urbano, el discurso social y la política sanitaria. La consigna se replicó en paredes, afiches y conversaciones cotidianas, trascendiendo el momento puntual de la intervención y volviéndose, paradójicamente, perdurable. Su magnitud fue tal que continuó circulando de manera autónoma y anónima durante años, obligando incluso a las autoridades a reconocer –aunque parcialmente– el fracaso de las campañas oficiales de prevención y a introducir ciertos matices, sin modificar de fondo sus limitaciones.
El capítulo enfatiza que esta acción no se propuso negar el riesgo ni minimizar la gravedad del VIH, sino desestigmatizar su carácter sexualmente transmisible, abordando la sexualidad y el deseo allí donde el discurso dominante solo habilitaba miedo y silencio. En ese gesto, el amor funcionó como un afecto capaz de convocar otra representación del cuidado y de la transmisión, disputando los sentidos hegemónicos que asociaban el VIH exclusivamente con la muerte y la culpa.
Al autor le interesa destacar el carácter conflictivo de esta apelación al amor. Lejos de tratarse de un afecto “positivo” en sentido ingenuo, el amor aparece aquí motivado y sostenido por otros afectos considerados “negativos”: la indignación, el duelo, la bronca. Son estos afectos los que posibilitan el reconocimiento emocional entre pares y estructuran una pertenencia colectiva para la acción. En este sentido, el capítulo ofrece una elaboración particularmente sugerente de lo que Blanco denomina politización de la intimidad: el pasaje de experiencias íntimas de pérdida, enojo y vulnerabilidad a una intervención pública que quiebra silencios y amplifica demandas.
La recuperación de esta acción señala, finalmente, que entre la politicidad de lo íntimo y la conmoción de lo público circulan afectos vitales tanto para la acción colectiva como para la creatividad política. Indignación, duelo y amor no aparecen como dimensiones separadas, sino como una constelación afectiva que permite imaginar otras estrategias, otras formas de cuidado y otras maneras de intervenir en contextos adversos. En ese cruce, el capítulo no solo rescata una experiencia local del posible olvido, sino que la vuelve productiva para pensar nuestro presente y sus desafíos.
Hartazgo, violencia y saturación afectiva
El tercer capítulo profundiza esta línea de análisis al abordar el hartazgo como afecto socialmente situado. Si la vergüenza organiza escenas de silenciamiento y exposición controlada, el hartazgo aparece como una respuesta afectiva frente a la reiteración de violencias, omisiones y desigualdades. No se trata aquí de un cansancio individual, sino de una saturación afectiva que se produce cuando ciertas experiencias –especialmente las vinculadas a las violencias sexistas y a la heteronorma– son sistemáticamente desoídas o minimizadas.
El hartazgo, tal como lo trabaja el libro, permite pensar la temporalidad de los afectos. No emerge de manera súbita, sino que se acumulan, se espesan, se sedimenta en el tiempo. En este sentido, funcionan como un indicador sensible de procesos sociales más amplios: señala un punto de quiebre, un límite frente a lo tolerable, una disposición afectiva que puede habilitar desplazamientos colectivos.
Este capítulo dialoga de manera explícita con experiencias de politización reciente, en las que el cansancio frente a las violencias sexistas y las desigualdades se tradujo en formas de organización, denuncia y acción colectiva. Sin caer en lecturas celebratorias, el libro se detiene en las ambivalencias del hartazgo: su potencia movilizadora convive con el riesgo del agotamiento, la frustración y la re-traumatización. Pensar el hartazgo como archivo afectivo implica también una toma de posición metodológica sobre qué se considera documento, registro y evidencia en la investigación social
Archivos afectivos: teoría y método
Aunque ubicado hacia el final, el tercer capítulo resulta estructurante del conjunto del libro. Allí se condensa con particular claridad la apuesta teórica y metodológica que recorre los capítulos anteriores: pensar el archivo no como un objeto dado, sino como una práctica inventiva que reúne lo disperso para narrar lo invisibilizado.
Recuperando la propuesta de Ann Cvetkovich y con las prácticas de los llamados “artistas de archivo”, Blanco propone una concepción de los archivos afectivos como collages de efímeros perdurables. Se trata de acervos compuestos por documentos fronterizos: correspondencias personales, objetos guardados en cajones, escrituras en las paredes, filmaciones caseras y recuerdos de la infancia. Materiales heterogéneos que comparten una impresión afectiva y que permiten capturar la relación entre emociones y procesos sociales de gran escala.
Desde esta perspectiva, el archivo afectivo no se limita a la recuperación de relatos, sino que incorpora objetos, escenas y prácticas que suelen quedar fuera de los cánones tradicionales de catalogación. Su carácter inventivo resulta central: un archivo afectivo no es algo que necesariamente existe, sino algo que debe ser creado. Implica buscar en los márgenes de lo visible, reunir lo disperso, conectar lo que aparentemente no se puede conectar.
Una de las potencias más interesantes de esta propuesta radica en su capacidad para conmover la habitualidad de lo conocido. Trabajar con archivos afectivos supone volver a lugares ya transitados con una cierta extranjería, con preguntas que no estaban disponibles en un momento anterior. A partir de la lectura que recupera a Leonor Arfuch, Blanco trabaja la idea de extrañamiento de lo propio: ese momento en que lo familiar se vuelve ajeno y, en ese gesto, se habilita una nueva mirada sobre el pasado y el presente.
Leer desde lo que insiste
La potencia de Efímero perdurable radica, entonces, en la apertura de preguntas y en la invitación a leer –y a investigar– desde los afectos que incomodan, que persisten, que no se dejan archivar fácilmente. En un contexto marcado por disputas en torno a la memoria, las sexualidades y los modos legítimos de narrar la experiencia, el libro propone una intervención sutil pero profundamente política: atender a aquello que parece menor, íntimo o efímero, para pensar desde allí procesos colectivos de larga duración.
Leer este libro hoy implica aceptar el desafío de trabajar con materiales frágiles, con emociones ambivalentes, con archivos incompletos. Implica también reconocer que no hay politicidad sin afectos, ni memoria sin huellas que duelen, incomodan o avergüenzan. En ese gesto, Efímero perdurable nos recuerda que lo que persiste no siempre es lo monumental o lo estable, sino aquello que, aun siendo efímero, insiste en volver y en afectar nuestras formas de estar y construir un presente juntos.
María Laura Bagnato es Doctora en Ciencias Sociales (UBA), especialista en Filosofía Política (UNGS) y politóloga (UBA). Docente e investigadora en la UNAJ, UNPAZ, UBA. Integrante del Programa de Estudios de Género de la UNAJ. Directora del proyecto de investigación (UNAJ investiga 2023): Cuidados y Universidad: debates, estrategias, y perspectivas desde la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ).


