Crisis en Colombia
El reclamo social por una vieja deuda

Por David Santos Gómez y Cristian Acosta Olaya

Colombia está convulsionada. Lo que empezó como una protesta contra una polémica reforma tributaria terminó siendo una movilización masiva de más de 50 días. Se trata de una erupción social como no se había visto en el país al menos desde 1977. El Estado, por su parte, respondió a las marchas y manifestaciones con represión y un uso indiscriminado de la fuerza. En este contexto, David Santos Gómez y Cristian Acosta Olaya sostienen que “lo que se vive en Colombia desde finales de abril es el resultado de un cansancio histórico. Es sin duda el levantamiento de un porcentaje de la población tradicionalmente obediente o desinteresado que ahora, en el meridiano de este 2021, ha dicho basta.” De todas maneras, el futuro es todavía incierto y las reflexiones de los autores ayudan a vislumbrar las derivas posibles del país andino. 

El gobierno frente a sí mismo 

Aún con el esfuerzo por la solemnidad, la imagen no dejó de ser patética. En un cuarto gris, iluminado cuidadosamente y de ambiente minimalista, el presidente de Colombia, Iván Duque, responde en inglés a unas preguntas sobre el paro nacional. El joven político de 44 años, esforzándose por no dejar acentos en la lengua extranjera, explica que buena parte de lo vivido por el país en las últimas semanas, con manifestaciones masivas de inconformidad como no se habían visto en décadas, es el resultado de una campaña de la oposición contra su gobierno. “Cuando gané las elecciones ‒recuerda‒ el candidato que derroté (Gustavo Petro) dijo que iba a estar en las calles todo mi mandato, que iba a protestar durante todo mi gobierno. Su propósito era no dejarme gobernar”. Minutos más adelante concluye: “Alguien que quiera construir su ascenso al poder a través del caos, la desesperación, la frustración (…) no es el tipo de presidente que necesita Colombia en 2022.1 En definitiva, para el mandatario el pulso que se vivía en las calles era un juego político con la oposición, manipuladora de un pueblo inocente, y no el estallido social por la desigualdad y la violencia que atormentan al país.  

El video se viralizó como “entrevista exclusiva” entre grupos de redes sociales y causó un pequeño revuelo. ¿Quién era el autor de la entrevista? ¿Algún medio internacional se lo adjudicaría? ¿Por qué Duque hablaba en inglés?  Rápidamente lo que pretendía ser una campaña de marketing político de escala internacional terminó en un atronador fiasco. Ante las dudas, el mismo Gobierno reconoció que se trataba de una “autoentrevista”, realizada por el equipo de comunicaciones de la presidencia, y que hacía parte de un esfuerzo para dar a conocer la visión oficial de las dificultades que atravesaba Colombia tras más de un mes de marchas. Lejos de lograr su objetivo, la autoentrevista pasó a ser motivo de burlas y se transformó en una radiografía diáfana de la forma en la cual Iván Duque entiende el temblor social que sacude al país andino. Para el gobierno, a la derecha del espectro político y aislado en la burbuja del poder, el Paro Nacional no es más que la conspiración de un puñado de agentes (nacionales e internacionales) que quieren desestabilizarlo.  

Los manifestantes, por supuesto, reflejan todo lo contrario. Lo que se vive en Colombia desde finales de abril es el resultado de un cansancio histórico. Es sin duda el levantamiento de un porcentaje de la población tradicionalmente obediente o desinteresado que ahora, en el meridiano de este 2021, ha dicho basta. Mucho más allá de las declaraciones destempladas del oficialismo, que desean menospreciar la fuerza de lo ocurrido, es claro que el país atraviesa un túnel del que saldrá transformado y cuyas consecuencias modificarán el destino político del país. 

Un Paro y muchas inconformidades 

Es importante recordar que lo que inició como una protesta contra una polémica reforma tributaria que pretendía recaudar cientos de millones de dólares en nuevos impuestos (y criticada incluso por el mismo partido de gobierno, el uribista Centro Democrático) terminó siendo una movilización de más de 50 días, de jornadas de marchas y choques entre manifestantes y la policía. Una erupción social de esta envergadura no se había visto en Colombia en la época reciente ‒al menos desde el paro cívico de 1977‒ y el Estado, sorprendido y temeroso, respondió con el uso indiscriminado de la fuerza. Según cifras de la ONG Temblores2 a lo largo de las seis semanas que duró el paro se reportaron 2.905 casos de violencia por parte de la fuerza pública, 1.264 detenciones arbitrarias y 855 heridos. El número más aterrador dice que se cometieron 43 asesinatos presuntamente relacionados con las manifestaciones. 

Aunque ahora, a fines de junio de este año, las marchas se apaciguaron y la protesta cedió ante un periodo de calma, el sentimiento que recorre Colombia es el de un despertar, principalmente juvenil, ante la grave situación social que vive el país. Porque no hace falta, como insisten desde el Gobierno, que la chispa de la inconformidad sea encendida por opositores o agentes extranjeros. Los motivos del cansancio están ahí: según cifras oficiales del Departamento de Estadísticas Nacionales (DANE), de los 50 millones de habitantes que tiene hoy Colombia, 21 millones viven en la pobreza, y 7,4 en pobreza extrema: el desempleo supera el 15 por ciento, con una tasa superior al 23 por ciento entre los jóvenes menores de 28 años. La pandemia, que todo lo ha deteriorado y deja ya casi 100 mil muertos, tuvo también consecuencias catastróficas en la economía y llevó al Producto Interno Bruto a su peor caída en décadas, con unos números en rojo del -6,8 por ciento. 

Si el país ya era un hervidero antes de la llegada del Covid-19, la crisis sanitaria terminó por desatar un descontento que había tomado sus primeros bríos a fines de 2019. Porque los motivos de la explosión social no sólo remiten a las precarias condiciones de vida de más de la mitad de la población colombiana sino también a la evidente incapacidad del uribismo para sostener un modelo de país profundamente excluyente sin un enemigo otrora evidente: la insurgencia, especialmente las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. La ausencia de las FARC, su desmovilización casi total, implicó la desarticulación de una narrativa guerrerista que había aupado al ex presidente Álvaro Uribe Vélez como la figura más importante de la política colombiana contemporánea. 

Protesta como método y como problema 

Si bien el gobierno uribista decidió mirar para otro lado primero, retirar su polémica reforma tributaria después y por último llamar a la mesa de diálogo a los autoproclamados líderes del Paro, su estrategia fue desde el principio desgastar a los manifestantes. Al insistir en la criminalización de la marcha y en los efectos que los bloqueos tendrían sobre una economía ya golpeada, el presidente hablaba de diálogo y consenso con la sociedad, a la par que daba carta libre a la policía y al temido Escuadrón Móvil Anti Disturbios (Esmad) para reprimir y evitar cualquier afectación en la vía pública.  

Con el paso de los días, como era de esperarse, la sociedad en general dio muestra del cansancio de una protesta que parecía no tener un final cerca. Según una encuesta adelantada por la firma Invamer Gallup el 89 por ciento del país está de acuerdo con las manifestaciones, pero un 60 por ciento rechaza el bloqueo de las vías y 61 de cada 100 personas defiende la militarización de las ciudades para evitar el vandalismo. Los números le dan un pequeño triunfo a Duque, aunque su imagen quedó deteriorada para siempre: el 76 por ciento de los encuestados desaprobó la forma en la que se desempeña como presidente. Frente a este panorama de agotamiento, el pasado 15 de junio los voceros del Paro llamaron a abandonar las calles y a buscar alternativas para continuar la protesta. ¿Cómo mantener la presión y no renunciar al cambio? 

Explosión espontánea, liderazgo difuso 

Delimitar el descontento ciudadano al liderazgo que se arrogan algunos jefes sindicales y estudiantiles parece inocente. La espontaneidad de la protesta tiene como contracara su inevitable atomización, tanto en demandas como en posibles soluciones. El escenario de protestas, por supuesto, habilita un reacomodamiento de las fuerzas políticas tras la efusividad anti establishment que habitó las calles colombianas por semanas. Ahora bien, en medio de esta recomposición del campo social y político, en una etapa de inconformismo insostenible, la pregunta que ronda el ambiente es qué o quién podrá traducir en un proyecto político el listado de peticiones sociales hasta ahora tan heterogéneo como confuso. Con los partidos tradicionales agotados, y las coaliciones tanto de centro como de derecha desgastadas, la mirada parece enfocarse en un posible (re)surgimiento de la izquierda como alternativa de poder factible en 2022.  

En un país conocido por sus preferencias históricas hacia la derecha, el cambio sería profundamente significativo. Es allí donde aparece con frecuencia el nombre del ex guerrillero, ex alcalde de Bogotá y actual senador, Gustavo Petro. El presidente Duque, y el uribismo in toto, han acusado al candidato opositor de todos los males recientes; y al ponerlo en la esquina opuesta de su propuesta política, han terminado por dibujarlo como la personificación de un verdadero cambio. Petro, que navegó con más cautela de lo esperado el largo periodo de la protesta, reconociéndola y alentándola primero y rechazando la violencia después, parece estar convencido de que esta puede ser su mayor opción para acceder a una presidencia que le ha sido esquiva varias veces. Sus pasos, sin embargo, tendrán que ir de la mano de alianzas que moderen un discurso que aún causa pánico en buena parte de la población, más acostumbrada a la retórica del orden que de la justicia social; en definitiva, alianzas que puedan atraer figuras más amables para el público que todavía ve al líder opositor con mucha sospecha. Ninguna de esas figuras es por ahora visible o se muestra como evidente. Cada día aparece un nuevo nombre que es luego desechado sin demasiadas consecuencias.  

La dirección del cambio  

En todo caso, algo palpable hoy es que Colombia está en un momento decisivo para realizar una transformación inédita del espacio político ‒o al menos, las condiciones parecen estar dadas: la lucha política contra el uribismo es el gran estímulo para articular y nuclear las fuerzas diversas y hasta contradictorias. En este contexto, no obstante, es imposible saber de antemano el resultado de todos los reacomodamientos políticos y sociales que está sufriendo el país. Las protestas generalizadas y recurrentes del periodo Duque dan muestra de que algo cambió en el país: la estigmatización, la criminalización e incluso la judicialización de las movilizaciones sociales no impidieron el sostenimiento prolongado de las mismas (perviven, de hecho, manifestaciones disgregadas en varias zonas del país). En contraste, el asesinato y desaparición de manifestantes y líderes sociales, entre otros hechos represivos estatales y paraestatales, evidencian la reticencia que tiene gran parte del statu quo colombiano a una transformación que todavía no ha tomado encarnadura en la institucionalidad del país.  

La nación andina está, pues, en un momento bisagra con un viejo orden que no ha muerto y una serie de transformaciones renovadoras que no terminan de nacer completamente. En este sentido, ¿qué podría salir mal en el futuro de Colombia? Sin duda, el riesgo más alto es el resurgimiento de un discurso del orden, ya no de raigambre uribista, que sostenga una sociedad altamente desigual. El paro y las multitudinarias protestas de las semanas pasadas, empero, parecen mostrar que la construcción de un país más justo e inclusivo está en el horizonte de gran parte de la población joven colombiana.  

Después de varias generaciones que han padecido el conflicto armado, el surgimiento y el poderío del narcotráfico y la reducción al mínimo de sus condiciones para una vida digna, la actual movilización social atestigua que en Colombia las cosas no pueden seguir por el mismo rumbo. Sin embargo, la incertidumbre que surge para enfrentar el futuro se plantea con dos grandes incógnitas: de un lado, cómo encausar la insatisfacción social y transformar las quejas en realidades programáticas, y del otro, cuál será el signo político del cambio que verá el país en el futuro cercano. Las respuestas pueden aparecer pronto cuando, en menos de un año, los colombianos elijan un nuevo presidente y decidan allí, en las urnas, si es hora de cobrarse de una buena vez la vieja deuda que han acumulado por décadas las viejas clases políticas. 

 

 


David Santos Gómez es colombiano, periodista, magíster en Estudios Humanísticos y estudiante del doctorado en Ciencias Sociales de Flacso, Argentina. Fue editor internacional del periódico El Colombiano de Medellín y desde hace diez años es columnista semanal del mismo medio. Es docente universitario en temas de historia colombiana y política internacional. Actualmente vive en Buenos Aires, Argentina. 

Cristian Acosta Olaya es colombiano, politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, Magister en Ciencia política de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (Idaes, Unsam) y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente es becario posdoctoral del Conicet y coordina el Círculo de Estudios sobre la Colombia Contemporánea radicado en el Idaes. 

 


1 Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=cZwrPtc6vcM  

2 https://www.temblores.org/ 

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