Por Ricardo Astudillo
“Se debe aparecer en puntos
en los que el enemigo debe
apresurarse para defender.
Marchar velozmente a lugares
donde el enemigo
no lo espera”[1]
“El individuo moderno está inmerso en guerras cognitivas desplegadas por Estados asociados a grandes corporaciones”, sostiene Ricardo Astudillo. En este artículo, el autor describe algunos de los mecanismos y herramientas de la lucha por el control del cerebro humano y sus consecuencias individuales y colectivas. Además de erosionar algunos de los pilares de la democracia, señala Astudillo, las guerras cognitivas y las prácticas que propician atacan “nuestra capacidad de pensar críticamente, de dialogar y de intercambiar ideas públicamente con otros.”
Informes de la OTAN plantean la existencia de guerras cognitivas. La OTAN (en inglés NATO, por sus siglas North Atlantic Treaty Organization) es una coalición militar internacional compuesta por alrededor de 30 países europeos, más Canadá y Estados Unidos. Según esta organización, las guerras de este tipo permiten “el uso de todo el conocimiento, las estrategias y las herramientas disponibles para influir en el comportamiento humano a través de la cognición, con el fin de manipular y alterar la toma de decisiones”.[2]
Al parecer, entonces, el objetivo de la guerra cognitiva es dominar la mente, el ánimo y el tiempo del adversario. ¿Cómo se logra el objetivo? A través del control del cerebro. La batalla implica actividades militares y no militares diseñadas específicamente para atacar la racionalidad del enemigo; desestabilizarlo y, si es posible, controlarlo.
Además, según la OTAN, sus competidores estratégicos, China y Rusia, hacen uso de este tipo de guerras y buscan influenciar a la opinión pública, entre otras tácticas, de algunos países y así incidir en sus procesos políticos internos. Surgen, en consecuencia, los siguientes interrogantes: ¿Cómo se despliega la guerra cognitiva? ¿Qué herramientas se utilizan? ¿Y cuál es el impacto de estas contiendas en las sociedades democráticas actuales?
¿Cómo se despliega la guerra cognitiva?
En relación a la primera pregunta, para saber en profundidad cómo responde el ser humano ante los estímulos del mundo externo resulta necesario conocer lo máximo posible la conformación y el funcionamiento de nuestro cerebro. Los adelantos en materia de neurociencias han hecho un valioso aporte en esta dirección. Por ejemplo, en el Instituto Indio de Tecnología de Madrás, específicamente en su Centro del cerebro Sudha Gopalakrishnan, han creado el atlas de caracterización neuroquímica del tronco encefálico humano con reconstrucción 3D que resulta el atlas tridimensional de este tipo más detallado del mundo, hasta ahora elaborado.[3]
Estos mapas del cerebro, que detallan cada vez con mayor precisión su funcionamiento y las partes que lo conforman, son herramientas valiosísimas que permiten tanto a empresas privadas como a los Estados, saber cómo pensamos, cómo nos comportamos los seres humanos, en qué lugar de nuestra mente se generan determinados sentimientos y ante qué tipos de estímulos nacen. Son insumos de la guerra cognitiva.
Estos avances en materia de neurociencias podrían ser apropiados tanto por Estados como por empresas privadas. Ejemplo de ello son Neuralink,[4] una corporación estadounidense y Neuracle[5] una empresa china. Ambas –en esta etapa– realizan implantes de chips cerebrales con el objetivo de que las personas recuperen partes inmovilizadas de su cuerpo.
En relación a este panorama mi hipótesis es simple y se diferencia del planteo de la OTAN: la manipulación cognitiva no es llevada a cabo únicamente por Estados –tanto los de la OTAN, como Rusia y China– sino que también es implementada por corporaciones –a veces en connivencia con determinado país– y se ejecuta principalmente a través de medios tecnológicos. Esto nos lleva al segundo interrogante planteado acerca de cuáles son las herramientas que se utilizan para librar la guerra cognitiva y la respuesta es: a través de ordenadores y teléfonos personales. En este sentido la guerra cognitiva actual también es guerra tecnológica, o para ser más precisos, se desarrolla a través de nuevas tecnologías.
Esto nos lleva también a la tercera pregunta:
¿Cuál es el impacto de la guerra cognitiva en las sociedades democráticas actuales?
Lo primero que se advierte es un cambio en la subjetividad del individuo, unidad nuclear de la democracia. Su manera de vivenciar la vida pública es distinta a como lo experimentaron las personas hace 50 años. Este sujeto es ahora tecnológico dependiente (¿podemos seguir llamándolo ciudadano?), está profundamente aislado y resulta intolerante con las visiones político-ideológicas con las que no comulga.
Pero la extrema polarización es solamente uno de los síntomas de una sociedad inmersa en una guerra cognitiva constante. Bombardeados por mensajes de carácter consumista (que posicionan a los miembros de una sociedad como meros adquirentes de objetos materiales, de experiencias -turísticas, gastronómicas, etc-, e incluso de ideologías), las personas reciben a través de sus “teléfonos inteligentes” un cúmulo incesante de datos e informaciones, la mayor parte de las veces triviales, que tienden a confirmar sus propios sesgos políticos. El algoritmo detecta las tendencias ideológicas del usuario y luego remite datos –a través de las redes sociales– que hacen que él (o ella) ratifique sus creencias previas.
El individuo vive entonces encapsulado en sus propias ideas que no confronta con el resto de las personas. Este proceso dificulta enormemente la convivencia democrática. ¿Acaso no es el debate democrático con la alteridad política uno de los postulados fundamentales del Estado de Derecho? ¿Acaso no resulta fortalecida la democracia a través de la controversia entre distintos puntos de vista sobre cómo resolver los temas de la cosa pública? Antiguamente los intercambios de ideas se daban de forma presencial, muchas veces en los ámbitos partidarios y luego en ámbitos parlamentarios-públicos. Con la guerra cognitiva, las grandes corporaciones tecnológicas reorientan el comportamiento político de los usuarios reforzando el aislamiento, la polarización y trasladando la centralidad del debate político al ámbito de las redes sociales.
En este sentido, la autora Shoshana Zuboff explica que las empresas tecnológicas en la era del capitalismo de vigilancia no solamente recopilan información sobre nosotros y buscan conocer nuestra conducta para vendernos bienes y servicios que se adapten a nuestras preferencias, sino que estas compañías predicen nuestro comportamiento futuro e inciden en él. Zuboff explica que “ahora los procesos automatizados llevados a cabo por máquinas no solo conocen nuestra conducta, sino que también moldean nuestros comportamientos en igual medida. (…) El poder instrumentario conoce el comportamiento humano y le da forma orientándolo hacia los fines de otros. En vez de desplegar armamentos y ejércitos, obra su voluntad a través del medio ambiente automatizado conformado por una arquitectura informática cada vez más ubicua de dispositivos inteligentes, cosas y espacios conectados en red”.[6]
Al respecto, Byung-Chul Han sostiene que “se ha demostrado que la democracia en tiempo real, con la que se soñó en los primeros tiempos de la digitalización como la democracia del futuro, es una completa ilusión. Los enjambres digitales no forman un colectivo responsable y políticamente activo. Los followers, los nuevos súbditos de los medios sociales, se dejan amaestrar por sus inteligentes influencers para convertirse en ganado consumista. Han sido despolitizados. La comunicación en las redes sociales basada en el algoritmo no es libre ni democrática. Esto conduce a una nueva incapacitación (…) Al publicar sin cesar información privada en un escaparate móvil, acelera la desintegración de la esfera pública”.[7]
Decíamos más arriba que la guerra cognitiva modifica sustancialmente la subjetividad de los individuos que viven en una democracia. Ello se ve plasmado también en el carácter ampliamente demandante de nuestras sociedades. El individuo desplaza la inmediatez típica de las redes sociales al ámbito político, social y estatal. Se solicita a un Estado con reflejos propios del siglo XX soluciones ultra rápidas. Y ante la falta de respuestas urgentes (pues el Estado tiene otros tiempos, existen procesos legales/administrativos que implican plazos y porque los avances en ciencia y tecnología hacen surgir nuevas posibles soluciones que dejan obsoletas las anteriores respuestas dadas), el sujeto se siente decepcionado. Su frustración se orienta hacía el Estado y desencadena también una incredulidad generalizada para con toda la dirigencia política.
Otras de las características de esta guerra cognitiva en la que estamos inmersos es la sobresaturación informativa. Han lo expone de la siguiente manera “la digitalización del mundo en que vivimos avanza inexorable. Somete nuestra percepción, nuestra relación con el mundo y nuestra convivencia a un cambio radical. Nos sentimos aturdidos por el frenesí comunicativo e informativo. El tsunami de información desata fuerzas destructivas. Entretanto, se ha apoderado también de la esfera política y está provocando distorsiones y transtornos masivos en el proceso democrático. La democracia está degenerando en infocracia”.[8]
Queda en evidencia que, como venimos explicando, la guerra cognitiva sobre la población de determinado país o región, es ejecutada por un grupo de corporaciones tecnológicas unidas para este objetivo, muchas veces, con Estados. Ariel Goldstein así lo describe: “Se encuentra en curso una reorganización profunda de la racionalidad del poder contemporáneo basada en una alianza entre oligarquías tecnológicas, Estados y proyectos políticos radicalizados. Esta mutación no desplaza por completo a partidos e instituciones, pero los subordina a un entramado en el cual la dominación se produce a través de infraestructuras tecnológicas, movilización afectiva y capacidad de decisión acelerada”.[9] Para Goldstein, a su vez, existe un grupo de actores que “diseñan sistemas, producen adhesiones y traducen racionalidades globales para contextos locales. (…) Al mismo tiempo, desplazan el debate público hacia plataformas privadas bajo su control, redefiniendo las condiciones de visibilidad, circulación y legitimidad de la información e interviniendo activamente en la construcción de imaginarios colectivos que legitiman su posición de poder.”[10] Y aquí encontramos una posible respuesta a la pregunta acerca de por qué estas empresas son parte activa de la guerra cognitiva: buscan acumular mayor poder y capital.
Efectos de la guerra cognitiva sobre los individuos
Ahora corresponde que nos preguntemos cuáles son los efectos de la guerra cognitiva sobre los individuos. Parece bastante evidente que cuando tenemos un teléfono en las manos nuestra capacidad de concentración, de resolución de problemas y de tener conversaciones medianamente complejas, disminuye.[11] Incluso si el dispositivo está apagado genera en nosotros cierta ansiedad.
Más aún, un conjunto bibliográfico de reciente aparición, plantea que la inteligencia humana –entre sus causas podría estar la guerra cognitiva– se encuentra en declive y va camino a extinguirse. El periodista y filósofo italiano Pino Aprile, en su libro Nuevo elogio del imbécil plantea respecto de la hegemonía de los videos que “las imágenes corren más rápido por nuestra cabeza (sin necesidad de tener en cuenta que la velocidad de la luz es un millón de veces mayor que la del sonido): llegan, por un atajo, a una más antigua de nuestro cerebro y activan reacciones antes de que la corteza cerebral (más reciente y selectiva) haya procesado los estímulos y seleccionado una respuesta”.[12] Para mayor preocupación, este autor agrega que, a diferencia de lo que ocurría con la cultura oral, en la cual se escogían qué cosas eran dignas de guardar en la memoria de un pueblo y qué no, qué aspectos podían ser transmisibles a las siguientes generaciones (socialmente, entonces, se clasificaba información de acuerdo a su importancia), hoy día, en cambio, abundan las vulgaridades y las superficialidades que se eternizan en la web.[13] De ese material simbólico que prolifera en las redes, se alimenta el ciudadano contemporáneo.
En este contexto poco alentador, nuestras capacidades de concentración, contemplación y reflexión se ven profundamente disminuidas. Quizás –es solo una hipótesis– en un futuro no muy lejano, quiénes conserven la facultad de concentrarse, reflexionar críticamente, contemplar y pensar de manera compleja, se transformen en una especie de grupo privilegiado. Existiría, entonces, luego de varias generaciones víctimas de las guerras cognitivas, de poblaciones que no desarrollen su capacidad de pensar (de ahondar en el entrenamiento del pensamiento lógico-matemático, narrativo-lingüístico, variacional, etc.) una especie de brecha cognitiva, una tamaña desigualdad en las formas de pensar (si tal escenario apocalíptico no existe ya).
En síntesis, el individuo moderno está inmerso en guerras cognitivas desplegadas por Estados asociados a grandes corporaciones. Estas grandes empresas, con sus famosas aplicaciones de por medio, compiten por capturar nuestro tiempo. Vienen atacando nuestra capacidad de pensar críticamente, de dialogar y de intercambiar ideas públicamente con otros, cara a cara. Este estado de cosas, claro está, no solamente modificó la democracia tal cual la conocíamos, la del mundo sólido tal como hablaba Zygmunt Bauman,[14] sino que además erosionó los principios fundacionales y las instituciones sobre las cuales se asentaban los ideales clásicos de la democracia (división de poderes, participación popular y ciudadana, lugar y forma en las que se debaten ideas sobre cuestiones públicas, elección de representantes, lugares y actores que definen quiénes son esos representantes, etc).
Cierto es que todo este proceso aún puede revertirse con, por ejemplo, la creación de organismos internacionales que regulen, a favor de los habitantes del mundo, la utilización de las nuevas tecnologías en la cotidianidad y así evitar que seamos objeto de manipulación. Aún estamos a tiempo. Las corporaciones tecnológicas se van a resistir.
Ricardo Astudillo es magíster en Derecho Tributario por la Universidad Católica Argentina, doctorando en Derecho por la Universidad de Palermo y maestrando en Ciencia Política en la escuela IDAES (UNSAM). Trabaja en el Ministerio Público de la Defensa de la Ciudad de Buenos Aires. Es profesor de la Facultad de Derecho de la UBA.
[1] Sun Tzu. (2014). El arte de la guerra. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Longseller (p. 14).
[2] NATO-OTAN (2025). Science and Technology Organization, Cognitive Warfare NATO Chief Scientist Research Report. Bruselas (p. 7). Recuperado de https://www.sto.nato.int/wp-content/uploads/chief-scientist-report-cognitive-warfare-final.pdf
[3] Recuperado de https://anchor.humanbrain.in
[4] Es una empresa de neurotecnología fundada por Elon Musk que desarrolla interfaces cerebro-computadora (BCI) implantables.
[5] Mientras que Neuralink aún no obtuvo aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos, la interfaz cerebro computadora de la empresa Neuracle sí obtuvo aprobación de la Administración Nacional de Productos Médicos de China, convirtiéndose así en el primer sistema de este tipo autorizado para uso comercial por una agencia reguladora nacional.
[6] Zuboff, S. (2021). La era del capitalismo de vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Paidós (pp. 21-22).
[7] Han, B-C. (2022). Infocracia. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Taurus. (pp. 43-44).
[8] Han, B-C. (2022). Infocracia. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Taurus. (p. 25).
[9] Goldstein, A. (2026). La nueva oligarquía tecnológica. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Marea Editorial. (p. 7).
[10] Goldstein, A. (2026). La nueva oligarquía tecnológica. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Marea Editorial. (p. 8).
[11] Costa, F. (2021). Tecnoceno. Algoritmos, biohackers y nuevas formas de vida. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Taurus. (p. 170).
[12] Aprile, P. (2025). Nuevo elogio del imbécil. Barcelona: Gatopardo ensayos. (p. 167).
[13] Aprile, P. (2025). Nuevo elogio del imbécil. Barcelona: Gatopardo ensayos. (p. 171).
[14] Bauman, Z. (2002). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de cultura económica.


