DOSSIER ESPECIAL “CHILE 50 AÑOS: DEL GOLPE A LA REVUELTA”
La saga infinita

Por Javier Agüero Águila

Chile ha sido durante un tiempo el modelo exitoso de los programas neoliberales para América Latina, pero también el nombre de que una vía democrática al socialismo es posible. Todo esto convive hoy en un país convulsionado. Javier Agüero Águila examina la historia reciente de Chile a 50 años de un golpe que lo cambió todo.

 

Nota

La idea en este breve texto es poder plantear una conexión entre cuatro acontecimientos que, aunque con una lejanía de 50 años, parecen reproducir un cierto canon, una parábola histórico-política que nos atraviesa como país y que define —sin considerar lo otro (lo alter-nativo)— el proyecto oligárquico siempre en restauración, siempre en re-habilitación y disponiéndose como el vértice y factótum de una historia completa. Y lo anterior porque la misma oligarquía chilena, ya sea en su versión hacendal-portaliana o chicago-gremialista-guzmaniana, siempre ha sabido regenerar su órbita de dominación, su anillo de poder, más allá de cualquier proceso transformador y radical que nos inyecta, por tramos breves, el imaginario y simulacro de un pueblo soberano que en un insulado momento pareció ser dueño de su destino.

Entonces ¿qué puede tener en común el proyecto de la Unidad Popular y el Golpe de Estado de 1973, por un lado, con el Estallido social de octubre de 2019 y el actual proceso constituyente por otro? ¿hay alguna correlación de sentido entre estos hechos que, más allá de las irrupciones y las tragedias, parecen ser constitutivos de un cierto estándar en el proyecto oligarca llamado Chile?

La UP y el Golpe

Después de haber sido declarado presidente de la república por el senado y ser el primer marxista de la historia en llegar al poder vía democrática, Salvador Allende pone en marcha un plan de transformación radical, sin parámetros conocidos hasta entonces y con una fuerte vocación anti-tradición. No es que únicamente propusiera un programa de gobierno, sino que tras “su” revolución lo que había en ciernes era una sociología completa, una nueva idea de sociedad y de vínculo social que recuperaba lo más propio de la tradición popular, obrero-campesina y de ciertos sectores medios, impulsando la participación política como nunca antes, la activación del margen —de los márgenes— desde siempre excluido por el despliegue de la membresía timocrática; nos referimos a la vitalización de un pueblo que se sentía “compañero/a” y, sobre todo, a un tipo de germen revolucionario que se diseminaría apuntando a una pretensión de igualdad inédita, a una mixtura social que, y en tanto se favorecería el encuentro y cruce entre los típicamente “desiguales”, sostendría un plexo de significaciones culturales de nuevo cuño en donde la alteridad se reconocería a sí misma siempre implicada con y en el/lo otro; hablamos de una sociedad, de un lazo y de un país que por primera vez se vertebraría democratizando no solo los medios de producción y los espacios de decisión a todo orden, sino que reconociendo la realidad de lo heterogéneo como la unidad básica sobre la que se edificaría un pueblo entero. Una suerte de “agenciamiento” como escribe el filósofo Gilles Deleuze.

Y frente a este disruptivo paréntesis lo que irrumpió, a modo de infausto devenir, fue el Golpe; el bombardeo a La Moneda, la traición, el crimen y la entronización de Pinochet y su tropa armada-civil que lo secundó y a la cual pastoreó desde su impúdico afán de poder, imbuido, desde el principio, por esa brutalidad en sus formas, por la ironía siempre en derivada asesina y por un tipo de extrema vulgaridad que se amparaba en el enrolamiento de las filas y que, al final, le inoculaban esa sensación de omnipotencia, de creerse dios, de delirar con que el poder le sería eterno y que nadie en su sano juicio se atrevería a disputárselo.

Y Allende se suicida en nombre de su cargo; en un acto heroico que lo despuntaría a la historia grande y que respondía a la más honesta expresión de lealtad con ese pueblo que lo hizo presidente y articulador de un sueño; sueño del que se despertó a punta de tanques, metralletas y Hawker Hunter.

Pero más allá de esta bastardía y del metabolismo furioso que suturó la enajenación milica, lo que apareció fue un volver a restaurar. Ahí donde por donde mil días se imaginó una sociedad otra en que los dominadores sempiternos parecían asumir la retirada, dando paso a eso que podríamos denominar la rebelión de los sin nada, se restituyó y devolvió el subordinaje y la dominación —gracias a la torsión ominosa de las fuerzas armadas— a la oligarquía que, en reverencia al patrono salvador que con violencia quirúrgica había eximido al país de caer en el abismo marxista, se reincorporaba a su poltrona, dando la venia, pasiva o activa, a una sociedad delincuencial/criminal que no tardaría en hacer de los campos de concentración sus templos y de la prédica neoliberal su rosario. Militares, civiles y empresarios (el ménage à trois perfecto que describía con precisión Tomás Moulian en su Chile actual).

El Estallido y el nuevo proceso

Casi 50 años después la historia parece repetirse, una vez más, en inclaudicable espiral. Como si fuera nuestra única trama: la de la restitución; y el pueblo, la ciudadanía o como quiera llamársele, nada más que un personaje secundario al interior de un guion preformateado y para siempre definido; redactado en las ciénagas estancadas de burócratas en el juego de seducción aberrante y permanente con militares.

Porque Octubre (con mayúscula), así como la Unidad Popular, fue la fuerza vertical de un acontecimiento que irrumpió en la historia peculiar y característica desestructurando todo, y transformando en molar lo que era molecular. Y vimos a la democracia tributaria de esa oligarquía de ropaje victoriano acorralada por la entrada imponderable de la masa popular que se alzaba contra una historia completa de abusos y subordinación; proponiendo entonces una contra-historia que, a su vez, traía consigo una contra-memoria que no era otra cosa que una sub-versión en el corazón de la impávida y anonadada clase dominante; la misma que veía cómo ese magma reivindicador y sin miedo se alzaba congregando todas las diferencias —o casi todas… la diferencia no clausura— y que no supo de liminalidades al momento de consolidar su grito por abandonar décadas de orgía neoliberal.

Entonces tuvimos una Asamblea Constituyente, que fue la cristalización de la sublevación de Octubre: un verdadero proceso en donde la codificación de la revuelta en clave institucional abrió el umbral hacia el riesgo de que en Chile la política —en su versión folclórica y de rasgos fisiócratas— se estremeciera, dándole paso a esta potencia descomunal que parecía fracturar lo que había sido el perímetro “natural” de los “celadores del porvenir” (Chillida).

Pero se rechazó la propuesta de esta Asamblea y nos dimos cuenta de que Chile jamás tuvo una preferencia o tendencia intensa hacia la transformación radical, y más bien nos hemos cobijado bajo el quincho hacendal de los patrones siempre listos para des-fundar y des-fondar cualquier llamado a la revuelta popular.

En consecuencia, lo que vemos desplegarse en la actualidad como prototipo político no es un proceso constituyente sino que, lo llamaremos así, una “gestión restituyente”; restituyente del conservadurismo oligárquico/portaliano/guzmaniano que, de nuevo, será validado por las hegemonías tradicionales a través de todo un entramado jurídico que —enmiendas más enmiendas menos—, no es sino la ratificación de una suerte de régimen administrativo/biopolítico desde el cual la historia de Chile despunta y se mantiene, se ratifica y fomenta, se conduce y reproduce.

Resumen

Unidad Popular/Golpe de Estado y Estallido social/nuevo proceso constituyente, son cuatro acontecimientos que se unen y reúnen en una misma madeja histórica y tristemente significativa, la de la restitución y la continuidad.

La saga infinita.

 


Javier Agüero Águila es Doctor en filosofía por la Universidad París 8 y académico del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule/Chile. Ha publicado los libros Chili: les silences du pardon dans l’après Pinochet (L’Harmattan, 2019); junto a Carlos Contreras Guala el libro colectivo Jacques Derrida: envíos pendientes. (im)posibilidades de la democracia (Cenaltes, 2017); Chile 2019-2020: entre la revuelta y la pandemia (Ediciones UCM, 2020); También junto a Contreras Guala Poética y filosofía. Resistir en la escritura (Cenaltes, 2023); Tres ensayos portátiles sobre la guerra. Freud, Zizek, Butler (Pecado editores, 2023) y, recientemente, Conversaciones sobre un Chile que no fue (Ediciones UCM, 2023).  Ha traducido, igualmente, a importantes autores franceses contemporáneos, entre ellos Jacques Derrida, Marc Crépon y François Jullien.

 

 

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