Por Romina Smiraglia
¿Y si Laberinto fue una de las primeras experiencias feministas para una generación de niñas? A cuatro décadas del estreno de este clásico de culto de los ochenta, Romina Smiraglia nos invita a revisitar la travesía de Sarah a través de la Ciudad de los Duendes. Un viaje que va más allá de la aventura infantil para convertirse en la construcción de una heroína que aprende a adueñarse de su destino.
En 1986, una película de fantasía musical, que enlaza personajes humanos, marionetas y a un joven seductor Bowie, irrumpió en las pantallas cinematográficas. A pesar de estar dirigida por Jim Henson y contar con la colaboración de grandes figuras como Terry Jones y Elaine May en guión y George Lucas en producción, la propuesta no cumplió en su estreno con las expectativas comerciales construidas alrededor del creador de los Muppets. Aun así, con el tiempo, y por la circulación en VHS y las emisiones televisivas, la cinta se convirtió en un clásico de culto, en especial para quienes fueron niñas en los ochenta.
A través de los años, Laberinto ha convocado múltiples lecturas e interpretaciones desde la teoría y crítica cinematográfica; sin embargo, yo la recuerdo –aunque suene polémico– como una de mis primeras experiencias feministas. Miles de niñas, en diversos idiomas y desde distintas latitudes, repetimos con fuerza y coraje el texto principal de la película. Lo interesante de ese fragmento, que abre y cierra la película, es el arco narrativo que contiene desde la inicial actuación de una jovencita que intenta personificar a la heroína, con prendas de vestuario, maquillaje y voz impostada, hasta su encarnación final. Es este viaje el que le permite –ya no por la memoria, sino por la experiencia– enunciar frente a su contrincante la frase final que durante toda la película le es esquiva.
Sarah entra al mundo de Jareth y, en ese pasaje, su propio universo colapsa. Las quejas se convierten en acción y el sentido común comienza a tambalear frente a las “preguntas correctas”. El camino de nuestra heroína está plagado de obstáculos: cosas que no son lo que parecen ser, alteraciones del tiempo y espacio, cambios de reglas y hasta la seducción del amor romántico proveniente del mismo rey que intenta detenerla.
Pero ese laberinto no solo funciona como el espacio concreto en donde se desarrolla la trama, sino que opera como una figura que, al desafiar el camino de la heroína, lo construye. Porque es su propio laberinto el que debe resolver Sarah. Y no lo hará sola; como en toda épica, la heroína necesita de compañerxs que se vayan sumando a la batalla. Y así, sin proponérselo, la protagonista hará su entrada triunfal al castillo rodeada de las más diversas criaturas dispuestas a ayudarla. Claro que se podría criticar la falta de personajes femeninos en estas alianzas. Las mujeres solo aparecen representadas como hadas que, en vez de conceder deseos, “muerden” (sin olvidar a la madrastra que intenta ingresar a un espacio saturado por la ausencia de la madre de Sarah). A pesar de que probablemente otras caracterizaciones hubieran ofrecido otros matices, recuerdo reír cuando de niña vi esa escena. Nunca había logrado conectar del todo con los cuentos de hadas que supuestamente hablan sobre o a nosotras: relatos sobre princesas dormidas, doncellas oprimidas o niñas en peligro porque deciden asomarse al bosque… Además, bienvenidx quien quiera sumarse a la lucha, ¿no?
De allí nace la bella paradoja que conduce al clímax de la película. Las nuevas amistades que Sarah genera a medida que avanza en el laberinto, y que se aventuran con ella de modo valeroso hacia el castillo, no son sino los peluches y personajes de fantasía que la acompañaron desde su infancia (en su cuarto se pueden identificar cada uno de ellos; Hoggle, Ludo y Sir Didymus siempre estuvieron ahí). Por ello, una vez dentro, Sarah comprende que debe encarar el último desafío escheriano sola, “porque ese es el modo de hacerlo”.
La imagen de la portada de esta nota es la de una de mis escenas preferidas, en donde Sarah tiene su duelo final con Jareth, el rey que promete cumplirle todos sus sueños a cambio de “muy poco”. El pedido es claro, y representa a la perfección el mandato que, como espada de Damocles, cierne sobre las mujeres, en especial en el tránsito de la niñez a la adolescencia, donde las normas hegemónicas de género terminan de reclamar que las expectativas sociales se traduzcan en definiciones concretas: “déjame gobernarte y podrás tener todo lo que quieras… solo témeme, ámame y haz lo que diga y seré tu esclavo”.
Pero el laberinto se ha sorteado; el de Jareth y el de la propia Sarah, porque uno no existe sin el otro. Y luego de esa travesía plagada de peligros y tentaciones, Sarah ya no es la misma niña y logra así eludir las encrucijadas del género: tanto del género cinematográfico al que alude la película, como del género como relación de poder desigual entre los personajes. Ella ha aprendido a través de la potencia de su acción que puede construir su propio camino, proyectar su desenlace; y así finalmente declara –y declaramos junto a ella –:
—A través de peligros innombrables y penurias innumerables, he luchado para llegar al castillo, más allá de la Ciudad de los Duendes, para recuperar al niño que has robado. Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya y mi reino igual de grande.
¡No tienes poder sobre mí!
Y con estas palabras, el hechizo se rompe, la infancia culmina y, más allá de todo mandato propio o ajeno, un mundo de posibilidades se abre frente a la protagonista, y también ante todas nosotras.
Romina Smiraglia es doctora en Ciencias Sociales, diplomada en Género y Movimientos Feministas y licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, también egresada del Centro de Investigación y Experimentación en Video y Cine. Docente e investigadora de la Universidad Nacional de José C. Paz y la Universidad de Buenos Aires. Actualmente coordina la Comisión de Géneros y Sexualidades de la Asociación Argentina de Estudios sobre Cine y Audiovisual (AsAECA).


