Guerra, memoria y política
Los persas

Por Diego Tatián

A partir de Los persas de Esquilo, Diego Tatián reflexiona sobre una antigua tradición cultural que supo mirar también desde el punto de vista de los vencidos. Desde Homero y Heródoto hasta las tragedias griegas, emerge una forma de pensamiento que reconoce la pluralidad humana y se resiste a reducir al otro a un enemigo absoluto. Frente a la lógica de la fuerza, el texto recupera esa frágil pero persistente sabiduría que, en la historia, la política y la filosofía, advierte sobre la inevitable ruina a la que conducen la soberbia y la violencia.

 

En un manuscrito llamado La cuestión de la guerra escrito probablemente en 1956 o 1957, Hannah Arendt refiere el hecho de que, no obstante haber sido la de Troya una guerra de aniquilación que terminó con la completa destrucción de la ciudad, es de “decisiva importancia” que el texto homérico incluya en su relato la perspectiva de los vencidos, recoja la grandeza heroica de Héctor tanto como la de Aquiles, y reconozca en todo su dramatismo la causa troyana, tanto como la griega. Esta “imparcialidad” del canto homérico, lo sustrae de la mera autoglorificación para inscribirlo en un espacio más complejo, que registra también el punto de vista del otro y en el que la narración se sobrepone al odio y al interés para exponer las cosas humanas con libertad de juicio. Se trata, dice Arendt, del origen de la historiografía y la política, que tendrían así su matriz en esta búsqueda de la imparcialidad.

Casi en los mismos términos, en su texto de 1939 sobre La Ilíada Simone Weil lo llama el “poema de la fuerza” y a la vez considera que se trata de la primera reflexión sobre la miseria y la desgracia más allá de la derrota y la victoria: “La extraordinaria equidad que inspira La Ilíada quizás tiene ejemplos desconocidos entre nosotros, pero no tuvo imitadores. Apenas si se advierte que el poeta es griego y no troyano”.

En su hermoso libro El espejo de Heródoto, François Hartog nos recuerda que Heródoto de Halicarnaso comienza el texto que llamamos Historia -pero que en rigor carece de título- del siguiente modo: “Esta exposición es el resultado de investigaciones que buscan evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido, y que las notables y singulares obras realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros -y en especial su mutuo enfrentamiento- quede sin realce”. Los cuatro primeros libros, de los nueve que componen Historia, consisten en relatos acerca de los otros, los no griegos (lidios, persas, babilonios, egipcios, escitas, libios, etc.), mientras que los últimos cinco tratan de las guerras médicas.

Esas antiguas narraciones testimonian algo importante y rarísimo, en la vida de los pueblos tanto como en la vida de cada cual: la capacidad humana de juzgar los hechos con autonomía del interés propio -con independencia de la victoria y la derrota, del beneficio y el perjuicio, de lo familiar y lo extraño…-, revela a los otros como algo más que meros criminales, enemigos por naturaleza o puros objetos de odio. Es decir, revela la pluralidad como tal, y con ella la filosofía y la política en tanto significaciones imaginarias que permiten reconocer la alteridad sin reducirla a una pura amenaza o a una inferioridad. Y de ese modo, reconocer también los ídolos de la propia tribu en su contingencia, como puramente imaginarios. Esa incesante interrogación sobre los significados propios a partir de la existencia de otros sería el núcleo quizá por perderse de una tradición cultural en cuyo interior se conserva el precioso tesoro de la historia (el esfuerzo por “decir lo que es” con imparcialidad), de la política (como forma de vida sostenida en la pregunta radical por la justicia), la filosofía (en tanto ejercicio de lenguaje que rompe con la clausura de la significación). Y también esa reflexión radical sobre el destino de los seres humanos, sobre la fragilidad de todas las cosas y la mudanza de la fortuna que es la tragedia.

Quisiera referirme brevemente a una de ellas en particular; una de las pocas tragedias cuyo motivo es un episodio histórico (del que el autor fue contemporáneo) y no un tema mitológico. Esquilo escribió Los Persas en el año 472 a. C., es decir ocho años después de la batalla de Salamina que consagró la victoria de las ciudades griegas contra el enorme imperio Persa. El resultado de la contienda fue inesperado por la descomunal diferencia entre un ejército y otro, que hacía prácticamente imposible un desenlace favorable a los griegos -como finalmente ocurrió.

La extraordinaria pieza de Esquilo no narra la victoria griega sino la derrota persa; no la alegría del bando vencedor al que pertenecía, sino el dolor de las mujeres persas que despidieron a sus hombres por última vez, la orfandad de los niños cuyos padres murieron en la guerra, la angustia de los ancianos que ya no abrazarán el cuerpo de sus hijos, abandonados en parajes inhóspitos o en el fondo del mar. De un mensajero, el pueblo de Darío y de Jerjes recibe la noticia del desastre en Salamina y todo se desmorona en las vidas concretas de seres humanos que hablan otra lengua, siguen otros ritos y tienen otros dioses: “Cada casa despojada para siempre de sus hombres, / se pierde entre lamentos, / y los padres sin hijos, / ay, ay, / por su dolor fatídico, / pobres ancianos, el dolor escuchan / que a todos ha alcanzado”. La extraordinaria sensibilidad de Esquilo frente a la desgracia del enemigo y la imaginación conmovida de su lamento no es una simple compasión, ni apenas una curiosidad, sino una comprensión de la propia vida a través de la vida de los otros en un mundo signado por la diversidad.

Aunque no haya bastado nunca para impedir los destrozos perpetrados por las grandes potencias occidentales en todo el mundo, hay en el fondo de eso que llamamos Occidente (con seguridad también en Oriente y otros pueblos que no se dejan expresar con una palabra ni con la otra) una sabiduría heredada, quizá frágil pero que titila intermitente y persistente en otra dirección.

La historia, la política, la filosofía y la tragedia ofrendan una enseñanza convergente: el pavoneo de la fuerza, el saqueo de lo que deberíamos abstenernos, la incontinencia de ejercer violencia sobre lo que desconocemos, la megalomanía identitaria, la ostentación de brutalidad y de ignorancia, la prepotencia indiferente a lo que aplasta, tienen la ruina por destino. O son emergentes de una ruina y una impotencia que ya sucedió.

 

 


Diego Tatian es filósofo y escritor, investigador del CONICET y profesor de la Universidad Nacional de San Martín.

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