Por Candela Vey
El domingo pasado murió Adolfo Aristarain, uno de los directores más emblemáticos del cine argentino. Entre la tristeza por su partida y los homenajes a su figura y legado, Candela Vey lo despide en esta nota enlazando escenas de su película favorita con recuerdos de un pasado reciente al cual Aristarain evoca e insiste en revisitar, interpelando así a distintas generaciones a través del tiempo.

Un lugar en el mundo (1992) es, probablemente, mi película favorita. Con los años, sin embargo, sus múltiples significados y su importancia misma dentro de la historia del cine nacional han ido cambiando conforme fui creciendo, conforme el cine se siguió desarrollando. Con la muerte de su director sentí la necesidad, una vez más, de revisitar la que, a mi entender, es su obra cabal, la que sintetiza toda una forma de pensar el cine y las películas como herramienta política.
Adolfo Aristarain fue de los muy pocos cineastas “populares” (entiéndase aquellos cuyas películas estaban destinadas al público masivo) que no sólo dijo algo en contra de la última dictadura mientras esta acontecía, sino que se permitió algunas obras maestras en ese contexto, plagado de cine pasatista, en el mejor de los casos, y cómplice en el peor. Por eso, Tiempo de revancha (1981) se fue convirtiendo, generación a generación, en un clásico insoslayable.
A pesar de eso, mi preferida es, ya lo dije, Un lugar en el mundo. Esta obra le habla a la generación de mis padres, pero también a la mía. Me ayudó a comprender sus sueños, sus frustraciones, su dolor. Y lo hace hasta el día de hoy.
En aquel paraje inhóspito de San Luis, en el pueblo Santa Rosa del Conlara, Mario, interpretado por Federico Luppi, decide buscar esa utopía que no pudo concretar durante la época de la lucha armada. Forzado al exilio, decide asentarse en un pueblo de provincia junto a su mujer y su hijo para continuar la batalla que no pudo librar aquel entonces. Y es que San Luis podría haber sido Córdoba, Río Negro o Tucumán, porque la utopía es un no-lugar y es, a la vez, todos.
Lo dice el mismo Luppi en otro film de Aristarain, Martín H: “La patria es un invento […] tu país son tus amigos”. Aunque, para Mario, su patria es el lugar de la utopía, el lugar desde donde construir un mundo mejor. Por eso es tan significativo el chiste que cuenta Hans, el geólogo español contratado para estudiar las posibilidades de un negocio multimillonario, en una noche de borrachera. El borracho del chiste pregunta insistentemente dónde está, pero no se refiere a qué lugar físico dentro de un barrio o una ciudad, sino en qué país está.
Mi padre y mi tío, ambos militantes políticos en los ’70, uno peronista, el otro del PRT, sufrieron la dictadura de maneras muy distintas. Uno optó por el exilio interno, el comerse la bronca para salvaguardar a su familia. El otro se la jugó por completo, fue desaparecido, luego preso político y, finalmente, exiliado a la fuerza. El no-jugarse de mi padre, siento, le pasó factura años después, cuando en plena fiesta menemista murió de cáncer. Nunca dejé de pensar que lo político se cuela en nuestros huesos, lo hacemos carne de una u otra manera. Así como Mario, que muere de un ataque al corazón luego de su frustrada lucha con los poderes locales. Mi tío y mi padre amaron esta película también y me heredaron ese amor.
Pero no es lo único en lo cual veo reflejada toda esa generación. Con la recuperación democrática, mi padre pareció florecer, se hizo de un gran grupo de amigos, todos exmilitantes, con los que organizaban no sólo actividades políticas sino, principalmente, campamentos familiares y locros con ají picante. Muchas de esas parejas, que compartieron la lucha en los ’70, se estaban desmoronando y ese nuevo grupo que se formó, “La banda”, como le decían, los ayudó a transitar esa nueva etapa. De nuevo: “tu país son tus amigos”.

Lo mismo parece sucederles a Mario y Ana, interpretada por Cecilia Roth. Más allá de su hijo, no parecen ya compartir otra cosa. Por eso, quizás, se da ese romance truncado entre Ana y Hans. El representa otra vida y también el exilio, que vivieron justamente en España. Cuando Hans les pregunta cómo fueron a parar allí, les dice que entiende que se fueran de Madrid, pero no de Buenos Aires. A lo que Mario le responde que no quería vivir como turista en su país. Esa frase me la dijo mi tío varias veces cuando le pregunté si algún día iba a volver.
A contramano de la fiesta de consumo que se iniciaba en el país con la convertibilidad, Un lugar en el mundo planta bandera, diciéndonos que eso que nos vendían como progreso no era tal. Esa idea trajina en toda la película. Ernesto, el hijo de Mario, le corre carreras al tren con su sulqui: la sangre contra la máquina. Parece una escena sacada de un western, género por antonomasia que problematiza el progreso y sus consecuencias.
En la única salida que hacen a la ciudad, los personajes van al cine y discuten sobre John Wayne y, obviamente, las películas de cowboys. Difícil no pensar la analogía entre Tom Doniphon (John Wayne) quemando su rancho al final del film y Mario quemando el depósito de lanas. Las razones son distintas, pero las lágrimas inundaron mis mejillas de la misma manera cuando las vi.
En el film de Aristarain, el progreso no es el tren realmente, sino una multinacional que pretende instalar una represa comprándole baratas las tierras a los lugareños para luego vendérselas caras al Estado. Cuando Mario va a increpar a Andrada (Rodolfo Ranni), representante del negocio, este le espeta “Usted se me quedó en la utopía, maestro”, a lo que Mario responde “Usted es un reverendo hijo de puta”. Semejante película no se podía privar del duelo verbal entre, quizás, los más grandes puteadores del cine nacional.
Frente al descalabro de privatizaciones del primer menemismo y la fiesta de consumo prometida, en medio de una de las crisis terminales que vivió el cine argentino, este director, como hiciera con Tiempo de revancha, va a contramano del “clima de época” y nos propone revisitar y pensar una época que todos parecían querer dejar atrás. Entre pizza con champagne e indultos a los genocidas, Adolfo Aristarain hace carne la frase que dice Mario en la primera cena con Hans: “Si la guerra se ha perdido, por lo menos me quiero dar el lujo de ganar una batalla”.
Candela Vey es guionista, realizadora audiovisual, docente e historiadora del cine. Dirigió dos películas, fue guionista de otra y es coautora de Por ser mujer. La biografía de Vlasta Lah (2023). Investiga el rol de la mujer en la industria cinematográfica.


