Indio Solari
Esa banda inconsolable

Por María Cecilia Míguez

El viernes pasado por la mañana, una noticia se fue diseminando entre mensajes y llamados: “Se murió el Indio”. La conjunción de cuatro palabras que arrasaron a gran parte del pueblo argentino y que disparó congregaciones, llantos, abrazos y canciones. Hoy, a pocos días de la noticia y luego de una de las despedidas más memorables de la historia argentina, María Cecilia Míguez enlaza en esta nota los pedazos de su biografía con la memoria colectiva.

 

Se nos murió el Indio. Y sus amantes, nosotros, los patéticos viajantes, las brujas de alma sencilla, quedamos un poco huérfanos. La hora de la muerte es siempre contundente, tarde o anticipada, casi nunca exacta. Al mismo tiempo, el viernes 5 de junio de 2026 el Indio dejó de sufrir una larga enfermedad. Eso me dolía.

Fui afortunada de haber sido parte de la misa que ninguna religión me dio. Yo no vi a la banda de culto, ni era parte de ninguna élite refinada de la música under. Me sumé al mismo tiempo que se sumaron las hinchadas de fútbol que colmaron de banderas una nueva identidad, cuando de verdad nos mezclamos distintos sectores sociales. Las chicas del Lenguas Vivas, como yo, con la barra brava de Huracán. Lo del Lenguas Vivas escondía, en mi caso, que pertenecía a una familia mutilada por la dictadura. Que habíamos vivido la infancia entre mudanzas constantes y dolores inconmensurables. Que mi abuela se ponía un pañuelo blanco los jueves y que habíamos aprendido bien a no contar nada. Sobrevivientes.

Salidos del secundario, andábamos sin una moneda, incluso los hijos e hijas de las clases medias, venidas a menos por el menemismo. Los afortunados íbamos a tener unos laburos precarios, donde nos pagaban en partes, en general los viernes. Criada como peronista, el peronismo nos había abandonado: gobernaba uno que nos había robado el nombre para hacer real el sueño de las clases dominantes. El Estado era el enemigo. El Poder Judicial era cómplice de la muerte de los nuestros, los medios nos estigmatizaban. Y la policía reprimía donde podía: canchas, recitales, marchas. Había matado a Bulacio.

Para ver a los Redondos y al Indio se peregrinaba. Después de Huracán la misa se hizo procesión, de micros, trenes, autos cascoteados. Y fuimos la que perdió la zapatilla en el recital –esa topper que ni cordones tenía–, la que pagaba la entrada para evitar el quilombo y entrar temprano a esos estadios lejanos, la que se colaba porque no le había alcanzado para comprarla, la que se cortaba el flequillo parejito, la que los rulos se la complicaban, la que usaba el pañuelito atado, la que sabía bailar bien el rock and roll de la mano y la que perdía la campera en algún insólito lugar. La que se enamoró perdidamente en el tren a Mar del Plata del 96, la que fajó la montada en el Patinódromo, la que buscó al novio herido por todos los hospitales, la que escuchó los tiros en San Carlos, la que se embarró en Tandil. Todas ellas, mis amigas y yo.

Y en cada uno de esos rituales sagrados estábamos dando cimiento colectivo y propio a una identidad. Queríamos mezclarnos, ser argamasa. No queríamos ser chetos, por eso cantábamos contra Cerati, que –no importa cómo ni por qué– era para nosotros la expresión de lo superficial, lo frívolo que los noventa nos vendían. Nosotros teníamos un disco que se llamaba Oktubre, rojo y negro. Ellos cantaban Persiana Americana. No teníamos partido político ni líder vivo a quien seguir. No esperábamos nada del Estado, que estaba ahí con su presencia policial para recordarnos que éramos los expulsados. Cada uno por cosas distintas. Yo había crecido escuchando que mis familiares desaparecidos estaban en Europa, y que esas viejas eran unas locas; para otros sólo había pobreza, precariedad. Quizás en eso estaba la clave, nos hicimos ahí, en el pogo a pogo. Queríamos tener un nosotros, ser igual a otro. Yo quería tener un igual, ser un igual. Íbamos a llevar esa misma idea a nuestras variadas militancias noventeras. Y también estaban las ganas de desafiar la vida, de jugársela un poco, de explorar el borde. Todos llevamos clavados en el cuerpo a los amigos que se perdieron en el camino.

Veíamos en los Redondos a la banda que no se disciplinaba a las lógicas del mercado de la música y los eventos, que ya se desplegaba con los grandes espectáculos en estadios de la Ciudad de Buenos Aires. Era la banda que se exiliaba, el ostracismo que elegíamos para construir lo que queríamos ser. Y era un sacrificio llegar, entrar, salir y volver. Sentíamos que tomábamos las ciudades y pueblos con nuestras banderas. Muchos forjamos ahí una identidad política, y buscábamos en las letras de las canciones lo que nos sirviera para entender el sufrimiento compartido, para soñar el mundo. Las relamíamos, reconociéndonos en sintonía. Yo no sé si el Indio me hablaba, nunca fui fanática de los integrantes de la banda en sí mismos, durante mucho tiempo no me sabía ni sus nombres completos. Para eso había amigos “expertos”. Incluso recuerdo esperar que el Indio opinara abiertamente contra el gobierno, que dijera algo de Walter, que nos defendiera de los gases y balas de goma que atravesábamos para entrar a los recitales. Eso no pasaba. Aun así, yo era fan de la procesión y el Indio era la serpiente encantada, que cuando empezaba a cantar nos transportaba hipnóticamente. Un infierno encantador. Hoy pienso –quizás por el pecado de la soberbia– que finalmente fuimos nosotros los que lo empujamos al Indio a hablar literalmente de identidades políticas. No porque no las tuviera, sino porque no era su lenguaje. Sí lo hizo después, entrado el nuevo siglo.

Para mí, al recital de los Redondos venían los desaparecidos, los pibes asesinados por el gatillo fácil, los presos, los hambrientos, los abandonados. Venían los muertos por los que teníamos la obligación de vivir y construir un mundo mejor. Y nos divertíamos, y bailábamos en el pogo más grande del mundo, contra todo pronóstico, contra las adversidades. Agarrábamos potencia ahí, la juntábamos de los pedazos que encontrábamos, empujaba desde la orfandad y la exclusión. Y crecía, se multiplicaba: éramos más en cada recital –casi que tuvimos hijos para engrosar las filas de esta misa pagana y de las que vendrán–. Entendimos que éramos un montón, y que podíamos soñar un mundo. Me llené de iguales ahí. Aprendí a ser una igual ahí. Mucho de lo que vino después, empezó ahí.

 

 


María Cecilia Míguez es Doctora en Ciencias Sociales, Especialista en Historia Económica y de las Políticas Económicas (UBA). Licenciada en Ciencia Política (UBA). Investigadora Independiente de CONICET. Profesora en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad Nacional de Córdoba y en FLACSO.

 


Foto de portada: Amílcar Salas Oroño

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