Por Alejo Levoratti y Diego Murzi
Los deportes, y en especial el fútbol, ocupan un rol importante en nuestras sociedades en los planos culturales, económicos y políticos. El Mundial de fútbol masculino 2026 se inscribe, para Alejo Levoratti y Diego Murzi, en una serie de paradojas y tensiones geopolíticas: los tres Estados organizadores se encuentran en disputas económicas y diplomáticas; la FIFA no puede explicar la desigual distribución de sanciones deportivas frente a los ataques militares de distintos Estados; este Mundial se presenta como el más inclusivo de la historia por contar con 48 selecciones, pero uno de los países organizadores tiene políticas migratorias extraordinariamente restrictivas. Para los investigadores, “este Mundial, con sus contradicciones a la vista, es una nueva demostración de que el deporte no refleja la sociedad, sino que la produce, la condensa y, en ocasiones, la desnuda”.
Los deportes en general y el fútbol en particular ocupan un lugar nodal en nuestras sociedades. Se estima que, a los festejos por la obtención de la Copa del Mundo masculina en 2022, asistieron cerca de cinco millones de personas sólo en el Área Metropolitana de Buenos Aires, lo cual constituye la mayor concentración humana en la historia del país. Los que transitamos ese día recordamos cánticos, banderas, camisetas de diversos clubes, murales, expresión de emociones, tatuajes, hexis corporales, repercusiones sobre los modos de festejar de los jugadores, debates sobre la asistencia a la Casa Rosada, formas de organizar los festejos, sponsors, ventas ambulantes, protocolos de seguridad, partidos de reconocimiento y otras múltiples manifestaciones sociales de lo más diversas.
Ese Mundial condensó a diversos actores sociales y desplegó un sinfín de narrativas y prácticas que sirven de ejemplo para mostrar las múltiples problemáticas sociales que se articulan alrededor del deporte. Entre ellas podemos nombrar a la construcción identitaria en términos nacionales y locales, la dimensión política del deporte, los procesos de mercantilización, los usos y representaciones de los cuerpos, el estilo nacional de juego, la producción de los héroes, la construcción de la cultura de los sectores populares, criterios de percepción estéticos y las moralidades en juego, entre otras cuestiones. Los deportes, y en particular el fútbol, son, en la vida moderna, una práctica cultural con un rol activo en la producción de nuestra sociedad y no pueden ser pensados sólo como un mero reflejo de la sociedad, cuestión que legitima y hace necesaria la reflexión desde las ciencias sociales y humanas sobre uno de los fenómenos socio-culturales más relevantes.
Habitualmente cuando se piensa en los deportes se los vincula con el entretenimiento, el uso del tiempo libre, el espectáculo o el ocio. Sin embargo, estos están muy lejos de ser actividades triviales o marginales en términos sociales, políticos y culturales. En un mundo con conflictos bélicos activos, en medio de disputas comerciales entre las grandes potencias, radicalización de grupos antiderechos, y otros temas de la agenda social global en plena ebullición es que se va a desenvolver el próximo mundial de fútbol masculino de la FIFA organizado conjuntamente por Canadá, Estados Unidos y México.
Antes de que arranque a rodar la pelota, la maquinaria massmediatica comenzó a hacer gala de la narrativa nacionalista que vuelve cada cuatro años, promoviendo diferentes mercancías a partir del “potrero”, el “pibe” y la “gambeta”, apelando a la identidad nacional y a las emociones. Además, las repercusiones sociales y políticas no se hacen esperar: mientras nos habituamos a (y a la vez les reclamamos cada vez más) la falta de posicionamiento público de los deportistas en cuestiones de política y sociedad, entendemos que este mundial será un nuevo desafío para el relato de la FIFA de mantener la idea de la “neutralidad política” o la “autonomía del deporte”. Todo esto, sumado a que esperamos volver a encontrarnos, alegrarnos y palpitar con las emociones que sigue generando el juego. Esta es la hibridez de cuestiones que nos moviliza a considerar al deporte como un espacio social prolífico para la reflexión de nuestra vida en sociedad.
De los múltiples temas y conflictos que sobrevuelan la previa del Mundial, las tensiones geopolíticas dejan ver nítidamente los cruces entre deporte y sociedad, y muestran cómo el fútbol se ha vuelto un objeto fructífero para las ciencias sociales a la hora de hablar del mundo contemporáneo.
Una categoría que aparece recurrentemente cuando se habla de este Mundial es “geopolítica”. No es una novedad que los grandes megaeventos deportivos sean teatro de operaciones de la política mundial: en el siglo XX ese rol lo ocupaban los Juegos Olímpicos, pero con la centralidad que el fútbol cobró a partir de los años 1990 podemos decir que el gran megaevento deportivo contemporáneo es el Mundial masculino de la FIFA. De hecho, la final del Mundial 2022 tuvo 65 puntos de rating televisivo en nuestro país, mientras que los Juegos Olímpicos 2024 llegaron en eventos específicos a solo 4 puntos de rating. En este sentido, si bien el fútbol nunca fue ajeno a la política – como bien sabemos en Argentina tras la organización del Mundial de 1978 por la dictadura cívico militar -, este Mundial es indudablemente un escenario donde se despliegan las tensiones del orden internacional actual.
La primera paradoja es que los tres países organizadores son parte de un conflicto comercial y diplomático latente, impulsado en 2025 por la decisión de Estados Unidos de fijar aranceles comerciales del 25% a sus países vecinos, al tiempo que amenazó con anexar Canadá y militarizó la frontera con México. El sorteo del Mundial funcionó como paréntesis diplomático entre la y los mandatarios, bajo la animación denodada del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, que ese mismo día entregó el inédito Premio FIFA de la Paz al presidente estadounidense Donald Trump.
El sociólogo Norbert Elias dijo que el deporte es una guerra fingida, que acompaña el proceso civilizatorio y sustituye a las guerras reales entre naciones que eran moneda corriente siglos atrás. En este Mundial, como en ningún otro de los recientes, la mímesis de la batalla deja lugar a un conflicto bélico real y latente, que además involucra al principal país organizador. A semanas del inicio del torneo no está claro si Irán -el otro protagonista principal de ese conflicto- va a participar por el derecho que se ganó deportivamente, o a quedar afuera por motivos extradeportivos. Por lo pronto, el país asiático debió cambiar su sede de preparación por las tensiones sociopolíticas y los problemas de visado, abandonando Tucson en Estados Unidos para relocalizarse en Tijuana, México. Este Mundial era (es) la oportunidad para EEUU de mostrarse como líder organizativo global en un momento de repliegue multilateral: el despliegue del clásico “soft power”, que es la capacidad de los Estados de proyectar influencia a través de instrumentos culturales antes que militares o económicos. Y para la FIFA, es la gran apuesta de expansión hacia el mercado asiático, el de mayor potencial en términos de derechos televisivos y patrocinios en el mundo. Lo que ninguno de estos actores puede controlar, sin embargo, es que el contexto convierte al torneo en un espejo involuntario de las contradicciones que procuran administrar. La segunda gran paradoja remite entonces a una asimetría que la FIFA no ha podido explicar: por qué los ataques militares de un Estado hacia otro tienen distintas consecuencias administrativas, y diferentes sanciones deportivas según cuáles sean los países involucrados.
La tercera tensión geopolítica se juega en el cuerpo de los hinchas. El Mundial 2026 es presentado como el más inclusivo de la historia, porque por primera vez contará con 48 selecciones participantes. Sin embargo, la política migratoria del principal país anfitrión pone por momentos en jaque ese relato. El año pasado, la administración estadounidense implementó un esquema de fianzas de hasta 15.000 dólares para visitantes provenientes de 50 países considerados de “riesgo migratorio”, entre los cuales se encontraban hinchas de cinco selecciones africanas clasificadas al torneo: Argelia, Cabo Verde, Costa de Marfil, Senegal y Túnez. Irán, el primer equipo de Asia en clasificar, está directamente en la lista de países con prohibición de ingreso para cualquier ciudadano. Frente a esto, la Confederación Africana de Fútbol denunció que las medidas atentaban contra la inclusividad del torneo, y a última hora se flexibilizaron algunas de las condiciones de ingreso.
Asimismo, la agresiva política migratoria del Estado norteamericano, personificada en la acción del ICE (la fuerza policial de control de migraciones), también supone una poderosa contradicción con un torneo que celebra la globalización y el diálogo intercultural. Con estimaciones que ubican en alrededor de 400.000 detenciones de personas desde enero de 2025, la política migratoria de EEUU tiene como foco a las comunidades latinoamericanas, que son justamente el sujeto social más ligado históricamente a la práctica y el consumo del fútbol (soccer) en Estados Unidos.
Estas tensiones interpelan directamente el principio de “neutralidad política” que la FIFA sostiene como fundamento de su gobernanza. Esa neutralidad no parece tanto un principio universal sino más bien una estrategia institucional: le permite a la organización operar con regímenes de cualquier signo (Rusia, Qatar, EEUU, Arabia Saudita), elegir sedes en función de intereses corporativos y económicos, y ocupar el rol de mediador político global.
En otro plano, la ampliación del negocio y de sus intereses forzó, por primera vez en la historia, a convocar a una sede tripartita, sin reparar en llevar a los jugadores al máximo desgaste físico, que podría incluso atentar contra el propio evento a nivel de rendimiento deportivo. Esta decisión, muy probablemente, le quite al evento la característica de convivencia en comunidad, y le sume a un enorme nivel de dificultad logístico, por ejemplo en algo tan básico como la provisión de alimentos e hidratación que suele en parte ser llevada por cada selección para evitar inconvenientes de intoxicación.
Por otra parte, en Argentina el fútbol tiene un papel central en la construcción de la idea de nación. Como lo mostró el sociólogo Pablo Alabarces, el fútbol es un motivo de orgullo nacional, sostenido en héroes como Maradona y Messi, que construyen la idea de una excepcionalidad argentina. Eso lleva a que, cuando imaginamos jerarquías en el mapa mundial, las copas del mundo generen una distorsión, un desvío. La ilusión colectiva de que nuestro país es central en términos geopolíticos revive cada cuatro años, simplemente porque tenemos una selección competitiva. Muchos argentinos piensan la geopolítica a través del fútbol e imaginan a Argentina como un país relevante en el concierto mundial, cuando en rigor estamos más cerca de la periferia y la subalternidad. Sin embargo, en el mapa del fútbol Argentina sí es un país central, y nuestro balompié es prodigio en generar eventos que apuntalan esa centralidad, aún hoy: desde tener al mejor futbolista de este siglo, a la proclamada mejor hinchada por la FIFA en el Mundial 2022.
De hecho, en el último tiempo, los organismos rectores del fútbol crearon reglas generales debido a acciones de futbolistas argentinos- que varias de ellas en palabras del antropólogo Eduardo Archetti hacen al “estilo criollo” de juego- : para paliar las distracciones de arqueros a delanteros motivadas en Dibu Martínez; para prohibir los diálogos clandestinos entre jugadores inspiradas en los supuestos dichos racistas de Gianluca Prestianni; o para legislar el doble toque de balón en el momento de patear un penal basadas en Julián Álvarez. Basta observar las representaciones que movilizan las publicidades previas a los mundiales de empresas como YPF, Cerveza Quilmes o TyC Sports, para notar cómo en el imaginario nacional el fútbol de selecciones ocupa un lugar central en la idea que tenemos de argentinidad. Cada vez más el panteón de héroes nacionales es ocupado por deportistas y menos por personalidades de otros espacios de la vida social.
Estamos en la víspera de uno de los acontecimientos globales que condensa en pocos días una multiplicidad de problemáticas y emociones, lo cual nos invita a estar sensibles a las mil caras del deporte atendiendo a sus luces y sombras, y aprendiendo a disfrutarlo sin que nos lleve eso a miradas lavadas o carentes de abordajes reflexivos o críticos. Este Mundial, con sus contradicciones a la vista, es una nueva demostración de que el deporte no refleja la sociedad, sino que la produce, la condensa y, en ocasiones, la desnuda.
Alejo Levoratti es Investigador Adjunto en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET-Argentina) con sede en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Social (IdIHCS-UNLP) y docente-investigador de la Universidad Nacional de La Plata.
Diego Murzi es Investigador Adjunto del CONICET con sede en la Escuela IDAES de la Universidad de San Martín. Es coordinador del Programa de Estudios Sociales sobre Deportes (UNSAM) y se especializa en temas de deporte y sociedad.


