Pasado, batalla cultural y algoritmos
Historia digital: del tutorial a la crítica, y más allá

Por Tomás Guzmán Villarreal

¿Cómo se está haciendo historia? ¿Cómo impacta la era digital en el estudio sistemático del pasado? ¿Qué pasa cuando el pasado mediado por lo digital no circula solo entre profesionales y la gente común consume, interpreta y reutiliza los contenidos de difusión histórica? ¿Cómo opera la IA en un contexto de memorias simplificadas, sesgadas y polarizadas? El historiador Tomás Guzman analiza las implicancias de estas transformaciones en el trabajo cotidiano de su oficio.

 

Hemos visto construirse el entorno digital a lo largo de nuestras vidas, y quizás por eso se nos hace difícil percibir con claridad la magnitud del cambio. Estamos demasiado cerca, inmersos en las transformaciones que denominamos la “era digital”. Hay pocas cosas, en todos los aspectos de la cotidianidad, que hoy queden fuera de las relaciones sociales digitalizadas, o que no sean afectadas por ellas.[1] Los últimos avances de la inteligencia artificial parecen acelerar estas mutaciones, entre promesas e incertidumbres.

Si ponemos el foco en un rincón modesto de este mundo, el de la historia como profesión, podemos preguntarnos: ¿cómo impacta la era digital en el estudio sistemático del pasado? La respuesta, o un intento de ella, nos lleva, ante todo, a indagar qué están haciendo los historiadores e historiadoras en el desarrollo de su oficio. Pero esa misma indagación quizás nos obligue a levantar la vista: el pasado mediado por lo digital no circula solo entre profesionales, y lo que la gente común hace con él acaso termine interpelando al propio oficio.

El oficio y el cambio digital

Las posturas sobre cómo y cuánto se ha modificado el oficio de historiar han ido variando durante las sucesivas olas de innovación de la era digital.[2] Una postura clásica supone que en las reglas del oficio nada sustancial se ha modificado. Cualquiera puede reconocer la utilidad, incluso la inevitabilidad de los cambios tecnológicos, pero interrogar los indicios del pasado, criticarlos y ponerlos en contexto sigue siendo lo mismo con un expediente en papel o con su copia digital en PDF. Hay incluso quien teme que entusiasmarse con la técnica nos aleje de esos fundamentos.

Muchos otros, entre quienes nos incluimos, vemos mutaciones significativas, en tanto las herramientas digitales no son neutrales: modifican lo que encontramos, cómo lo leemos y hasta qué preguntas nos parece posible formular. Por eso preferimos mantener abierto el interrogante acerca de cómo se está haciendo historia. Quienes insistimos en esta pregunta podemos reconocernos dentro de la “historia digital”, un espacio donde se conjuga el triple movimiento de observar, ensayar y pensar el uso de metodologías y herramientas computacionales para la investigación en historia.

Si observamos el proceso de trabajo cotidiano del oficio, las adopciones de lo digital han ido permeando todas las fases: la búsqueda de información y el acceso a las fuentes y los archivos, el procesamiento y la gestión de los datos, el análisis y la visualización de esos datos y la publicación de los resultados.[3]

Se ha modificado el acto de “ir al archivo o a la biblioteca”, actividad identitaria del oficio. El documento se desmaterializa y se datifica y así deja de ser un objeto que se toca y se hojea para convertirse en un registro que se busca, se copia y se procesa. La creciente digitalización de fuentes en papel, sonoras o audiovisuales multiplica el acervo disponible, aunque, como el proceso es desigual, lo que queda fuera de ella corre el riesgo de volverse invisible. A ese caudal se suman los documentos nacidos digitales (páginas web, tuits, expedientes electrónicos, leaks), tan abundantes como frágiles, porque no está claro dónde ni quién los conservará, ni cómo se verificará su autenticidad. Frente a esa abundancia se transforman también las maneras en que buscamos, anotamos, resumimos y ponemos a dialogar entre sí los restos del pasado.

A la par, se ha ampliado la caja de herramientas en cuanto a técnicas de análisis asistidas por procesos computacionales, entre las que podemos mencionar la historia cuantitativa sustentada en el procesamiento estadístico de grandes masas de datos, el análisis de redes, el marcado y la minería de textos, los Sistemas de Información Geográfica y la cartografía digital, los grandes modelos de lenguaje asociados a la inteligencia artificial. Por otra parte, han aparecido nuevas formas de escritura y publicación, surgidas de la experimentación con hipertextos, contenidos multimedia y proyectos interactivos en la web.

Entre el tutorial y la crítica

En función de esta variedad de aplicaciones, identificamos una cierta tensión entre dos enfoques. Uno más práctico, incluso pragmático: tenemos que atender una necesidad concreta de investigación y usamos las herramientas digitales porque pueden ayudarnos a hacer las cosas más fáciles. Es la promesa de la eficiencia, acompañada por la avidez del tutorial, del “cómo hago”, donde a veces queda poco espacio para reflexionar sobre “qué estoy haciendo”. Esta voluntad de resolver es parte del impulso experimentador de la mejor historia digital y de la demanda genuina de nuestros colegas menos empapados por las novedades.

Un segundo enfoque incluye dialécticamente al primero, desde una perspectiva de adopción crítica y situada de las herramientas digitales. Se trata de hacer y reflexionar, en un proceso recursivo, de probar técnicas y sentarse a pensar en qué pasó y cómo pasó. Así se propone una crítica de los procedimientos y de las interfaces. El desafío es entrar en la “caja negra” de los algoritmos y no dejarse seducir por el pulcro resultado digital.

Este enfoque crítico supone un diálogo continuo que se abre hacia las humanidades digitales, una comunidad interdisciplinaria de prácticas y reflexión justamente en torno a la pregunta de cómo las tecnologías interactúan con las humanidades y las ciencias sociales. Cada disciplina conserva estilos y preocupaciones propios, pero muchas preguntas y formas de hacer son comunes.[4] Es más, esta apertura incluye (o debería incluir) el pensamiento computacional, un asunto que solemos relegar a lo técnico o delegar en el profesional especializado. Con ello nos privamos de hacer una inmersión crítica en la forma de pensar y actuar de quienes dirigen creativamente las transformaciones tecnológicas que nos afectan.

Por otra parte, esta perspectiva crítica supone cierta conciencia del territorio desde donde trabajamos. Es cierto que hay una realidad de integración global, que las relaciones digitales han ayudado a promover. Pero persisten fuertes brechas entre los espacios académicos y sociales, y nuestro lugar no deja de ser la “periferia”, los “países en vías de desarrollo”, el “Sur Global”. Esas brechas condicionan las formas de hacer historia: se ven en archivos que no logran digitalizarse, en herramientas pensadas para otras lenguas o en modelos que leen mal nuestras fuentes.

Las puertas del oficio

Estas observaciones, aplicadas sobre todo al proceso de trabajo de la investigación histórica, podrían extenderse a la educación y la divulgación, dos dominios imbricados con aquella, aunque no siempre conectados efectivamente.

En cuanto a la educación, mientras los docentes de las escuelas vienen pensando hace años qué hace la tecnología en sus aulas, la historia digital reflexiona sobre sus herramientas por un carril propio. Conectar estas vías resulta imperioso. Además, en el nivel superior, se nos abren desafíos apremiantes para la enseñanza de la profesión de historiador. Si bien el impulso del autoaprendizaje o de las comunidades informales para incorporar las herramientas digitales es valioso y no debería perderse, ya no alcanza a cubrir las demandas actuales, que exigen una modificación de los planes de estudio de universidades y profesorados para dar lugar a la historia digital.

Por otra parte, las transformaciones digitales fueron un impulso decisivo para los proyectos de divulgación de la historia, por lo menos en otros contextos como el de los Estados Unidos. Allí se vivieron con ansias las promesas de ampliación de público y la democratización de las prácticas que vendrían con los nuevos materiales digitales, con el espíritu colaborativo e interactivo de muchas de las innovaciones, como internet, las redes sociales y los formatos que permitían digitalizar y difundir cantidades masivas de información.

Evaluar estas promesas y sus límites nos llevaría demasiado lejos, pero solo indiquemos que implican la atención hacia el público general, consumidor y en alguna medida productor de narrativas sobre el pasado. Fuera del campo, a veces estrecho y fortificado, de la historia profesional, existen los usos y memorias cotidianos del pasado, donde están sucediendo cambios que apenas entrevemos.

Más allá de la historia

Vista la aceleración de los cambios tecnológicos, el qué hacer parece claro al interior del campo profesional. De forma mancomunada con sus hermanas de las humanidades y las ciencias sociales, la historia seguirá observando, ensayando y pensando sus herramientas digitales, para formular nuevas preguntas y revisar los conocimientos.

Pero más allá de la profesión, ¿cómo se está modificando el acercamiento masivo al pasado, al calor de los cambios digitales? Por un lado, ¿cómo la gente común consume, interpreta y reutiliza los contenidos de difusión histórica realizados por profesionales? Por otro, ¿qué hace con los muchos otros contenidos producidos sin asesoramiento profesional que dan forma a sus visiones del pasado?

Aquí dejaremos apenas planteada la pregunta y algunas ideas, porque algo más solo puede provenir de una etnografía actualizada de los usos populares del pasado, que está comenzando a hacerse. Una observación rápida de las redes sociales y el mundo de la web nos dice que hoy la historia llega a la gente común, cada vez más, a través de imágenes y videos generados con inteligencia artificial, y que esta vía merece ciertas advertencias. Algunos grandes medios de comunicación han descubierto que esos videos de contenido histórico hechos con IA les permiten, al mismo tiempo, producir interacciones e intervenir políticamente, muchas veces a costa de errores históricos groseros. Incluso un proceso a primera vista tan simple y atractivo como el coloreado digital de fotografías antiguas implica operaciones que alteran, de formas sesgadas, nuestra percepción de otras épocas y que ocurren dentro de una “caja negra” que genera más dudas que certezas.

En el debe y en el haber, se percibe cierta democratización, con más gente interviniendo en la construcción de relatos históricos. No escasean la creatividad y las nuevas narrativas. Sin embargo, existen claros problemas de autoridad del conocimiento, porque los límites entre profesionales y aficionados se difuminan cuando todos pasan a ser “creadores de contenidos”. En el entorno digital, además, el pasado es un campo conflictivo, pleno de disputas simbólicas, en un contexto de memorias simplificadas, sesgadas y polarizadas.[5]

Si la historia como práctica profesional se ensimisma, puede verse arrastrada en una vorágine pública sobre el pasado, llena de ruido y furia, en la cual las herramientas digitales sirvan para construir consumos culturales que juzguemos incorrectos, e incluso repulsivos, y que contribuyan a corroer la legitimidad misma del ideal humanista sobre el cual se sustenta nuestro trabajo. Por lo tanto, una parte importante de los esfuerzos para pensar los impactos de la era digital habrá que derivarla, a pesar de todas las reticencias, a indagar e intervenir en el mundo ancho y ajeno que se despliega más allá de los muros del oficio.

 

 


Tomás Guzmán Villarreal es Licenciado en Historia y docente en las carreras de Historia de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Co-coordina el Área de Historia Digital del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (UBA-CONICET). Se especializa en historia económica y social de la ciudad de Buenos Aires en el siglo XIX y en la aplicación de Sistemas de Información Geográfica (SIG) a temas históricos.

 

 


[1] Estas ideas están desarrolladas en Boczkowski, P. J., y Mitchelstein, E. (2022). El entorno digital. Breve manual para entender cómo vivimos, aprendemos, trabajamos y pasamos el tiempo libre hoy. Buenos Aires: Siglo XXI.

[2] Un libro pionero que, en nuestra lengua, planteó de manera muy clara las preguntas de la historia atravesada por lo digital es Pons, A. (2013). El desorden digital: guía para historiadores y humanistas. Madrid: Siglo XXI de España.

[3] Un libro reciente permite tener un panorama desde la Argentina, para introducirse en varios de estos debates sobre las formas de hacer historia y en los usos concretos de las herramientas digitales. Ferreyra, S., y Quiroga, N. (Eds.). (2026). Hacer historia después del “giro digital”: fuentes, métodos, enfoques. Rosario: Prohistoria.

[4] Para conocer más sobre este campo en nuestro país, recomendamos seguir las actividades y publicaciones de la Asociación Argentina de Humanidades Digitales, https://aahd.net.ar

[5] Las conmemoraciones en la historia reciente pueden servir de laboratorio para pensar estas dinámicas, como propone Gago, M. P. (2026). La conmemoración del 24 de marzo en TikTok Argentina (2025): Producción, circulación y recepción de las narrativas memoriales en entornos digitales. SOCIAL REVIEW. International Social Sciences Review-Revista Internacional De Ciencias Sociales, 14(1), 1–16. https://doi.org/10.62701/revsocial.v14.5561

 

 


Imagen de portada: magnific.com

Comentarios: