Elecciones en Brasil
Lula y los estudiantes cariocas

Por Amílcar Salas Oroño

El domingo pasado, Lula volvió a hacer historia al dar vuelta el resultado del primer turno y ser reelecto presidente de Brasil en el balotaje frente a Flávio Bolsonaro. Desde entonces, se arriesgan lecturas varias sobre un fenómeno que despertó interés más allá de sus fronteras. En esta nota, Amílcar Salas Oroño, docente e investigador de la UNPAZ, analiza cómo se articularon las movilizaciones callejeras, la disputa en las redes sociales y las políticas de gobierno en torno a un liderazgo que pareciera no tener fin.

 

Solos y de noche

Arrancaron ellos, ellas, elles, estudiantes universitarios. Ya venían de un primer semestre del año agitado en la Universidad, la Federal Fluminense. Agitación que te prepara para otras movidas, seguramente, a veces impensadas. Cuando vinieron los resultados de la primera vuelta electoral el 4 de octubre… listo, vamos pra rua. A la noche siguiente ya empezaron a marchar por las calles de Niteroi, frente a Río de Janeiro. No hay casualidades: los estudiantes cariocas conocen muy bien quienes son los Bolsonaro, saben de lo que son capaces; la misma Marielle Franco defendió su tesis en esa Universidad. Saben que otro gobierno, en estas circunstancias, puede llegar a ser muy complicado. Encima Flavio insistía en exhibirse con una tijera para recortar presupuestos. Salieron a marchar, a ocupar calles, cruces de calles. El miércoles después del domingo ya fueron al centro de Río. Y de ahí se empezaron a repetir marchas, en varias direcciones. Una réplica acá, otra más allá; y así Brasil se convirtió en un mar de movilizaciones por todos lados en muy pocos días. Las tres semanas más movidas desde la democratización de los años ´80. Los cambios empiezan en algún lado, fue en Niteroi.

Lula chocho. Si esta era la elección que cerraría su carrera política, mejor hacerlo de la misma manera en que todo había comenzado. Así arrancó también la campaña este año, revisitando las asambleas del Estadio Vila Euclides. La famosa huelga de Scania de mayo de 1978, con un Lula ya como presidente del Sindicato de Metalúrgicos, fue un cimbronazo para la dictadura y generó un efecto dominó inmediato: vino la huelga en Ford, luego Volkswagen, Mercedes-Benz y Chrysler. Una detrás de otra. Vamos pra rua. Transformaron el panorama general de la lucha social brasileña de entonces y fue un desafío a los ritmos en que se desarrollaba la apertura y democratización. Aceleró los tiempos. Como ahora, hechos encadenados desde abajo, con mucha intensidad vital, empujando las resoluciones de los pactos colectivos (algo más telúrico que la traducción politológica de la polarización).

En este octubre del 2026, los cánticos (de los estudiantes) se viralizaron más rápido: en pocos días el “¡trabalhador, venha pra cá! ¡Eu estou na rua pro seu filho estudar!” pauta las marchas de la Avenida Paulista, Curitiba, Belo Horizonte. ¿De dónde viene esto? Estudiante-trabajador-estudiante, con el marco de fondo de un presidente que –como el mismo Lula ha repetido mil veces–, sin tener título alguno, ha creado más universidades que ningún otro en la historia. Lula engancha muy bien con la consigna. Hay otras, por supuesto, más procaces; son los Bolsonaro los que están enfrente. Miles de carteles silvestres. Diversidad política. Incluso hay juntadas en plazas desafiando a las milicias. Empezó con los universitarios, pero después ya fueron los jóvenes en general, siempre mayoría de mujeres y de todas las formas posibles del subproletariado brasileño. La película se guardaría, para el mismo día de la votación decisiva, unos créditos finales fantásticos: una romería emotiva de viejos y viejas bien pasados los 70 años que cumplen con su función electoral, ya de últimas.

Y Brasil cambió

En menos de un mes las urnas se dieron vuelta, no literalmente, sí políticamente. Nunca había sucedido en la contabilidad electoral. Además, los números de la primera vuelta habían sido muy duros. Recursos institucionales récord para el partido de Bolsonaro: primera bancada en Diputados, primera en Senadores; el partido con más gobernaciones. Pero la carrera terminó siendo de Lula. Para empezar, cambiaron las asistencias a votar: tras una primera vuelta normal en participación fueron más de 3 millones de brasileñas y brasileños a votar en la segunda. Salieron de sus casas y fueron a votar: la mayoría votó por Lula. Otros que ya habían ido, pero habían votado en blanco o anulado el voto (por impericia o voluntad) ahora votaron diferente: la mayor parte votó por Lula. En 211 ciudades que le habían dado la espalda a Lula en el primer turno respecto de la elección del 2022 ahora volvieron al número 13 del Partido dos Trabalhadores, y votaron por Lula. El único Estado que se dio vuelta –fue con Flavio en el primer turno y giró– es el que siempre acompaña el cuadro general: Minas Gerais, segundo distrito electoral del país. Entregó más de un millón de votos nuevos a Lula. San Pablo más del doble que Minas; Río de Janeiro y Bahía, por arriba de 800.000 votos cada uno para Lula. En total, ¡10,3 millones de votos nuevos en la segunda vuelta! La movilización.

No fue sólo un giro electoral. Fue también un giro político, interpretativo, subjetivo. Este 25 de octubre del 2026 cambió el panorama y las perspectivas futuras del Brasil contemporáneo que se habían elegido el 4 de octubre. La victoria de Lula cierra también el ciclo de 7 elecciones consecutivas en América Latina hacia la derecha. No es poco.

El liderazgo de Lula y la historia

Figura incomparable. Cuarta victoria como candidato a presidente. Perdió otras tres. Quería competir en el 2018 pero no lo dejaron; fue preso en abril de ese año. Determinante para este desenlace final, fue todo lo concentrado, disciplinado y carismático que se necesitaba.

Ante los números del primer turno fue el más confiado; es sólo mirar los videos de esa noche, paseándose de un lado al otro, pensando cada palabra –agarrándose de Alckmin– para lanzar con claridad: “hay tres semanas para darla vuelta… vamos a ganar”. Insistió en un punto que pocos veían como estrategia: había que buscar que más gente vaya a votar (algo que no sucedía, puesto que, por lo general, siempre hubo menos votos en el segundo turno), y focalizarse en las periferias de las grandes ciudades. Se movió con habilidad para que una pieza clave del sindicato de los políticos, Gilberto Kassab, no saliera corriendo para el lado de Flavio. Caiado podía ir, pero no Kassab; y así fue. Si Cury se sumaba a Flavio, ningún problema: sus electores eran desencantados con el gobierno que en su mayoría podían volver, cosa que hicieron en el balotaje. Ya estaba pensando en los reaseguros políticos para coyunturas desfavorables; siempre se imaginó gobernando un nuevo mandato.

Oficioso negociador institucional, fueron rentables los abrazos (previos y durante) con los presidentes de la Cámara de Diputados y Senadores; permitieron, por ejemplo, aprobar el fin de la escala 6×1 justo en esas tres semanas entre ambos turnos. Timming perfecto para los debates cara a cara con Flavio. Y allí, de todo menos cordial: la versión agresiva del Lula debatedor, con el pico emocional de su respuesta frente a la alusión de los 9 dedos. Ni hablar cuando pidió por el voto presidiario del padre Jair. Obligó a Flavio a retroceder. Rindió en televisión en cuanta entrevista le dieron; para que decirlo, pero hay material de archivo que muestra que no siempre fue así. Y dosificó perfecto la activación de la causa nacional: contra META, contra Trump y, por momentos, contra EEUU. Empujando al rival a tener que tomar distancia de su referencia –tan sólo por unos días, a juzgar por el nuevo destino del excandidato–.

El liderazgo de Lula se acopló muy bien con el avance digital del “Exército do Lula”, el canal de WhatsApp estrella de la elección. Cuando terminó de conectar, ya grababa videos cortos al ritmo de su oponente. Y siguió gestionando: a la jugada osada como la prohibición de las apuestas online –ya hoy hay estudios que muestran un aumento del consumo popular gracias al fin del circuito endeudamiento/apuestas–, le sumó la ampliación de ofertas educativas y facilidades para los emprendedores, entre otras varias medidas. Y ya en la semana final de campaña, bandera brasileña de por medio, se paseó con la Constitución en la mano –quien sabrá, hasta parece una inflexión bolivariana– en un nuevo capítulo en su productividad política. Uno más, difícil pensar que sea el último. Lula, un notable liderazgo productor de temporalidades políticas. No sólo para estas tres semanas que pasaron, memorables, contundentes. Para un recorrido que empezó hace mucho. Y que esta vez fue a partir de los estudiantes cariocas.

 

 


Amílcar Salas Oroño es licenciado en Ciencia Política (UBA). Magister en Ciencia Política (Universidad de Sao Paulo-Brasil). Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Investigador IIEC/UNPAZ. Profesor UNPAZ, UBA, UNMdP. Director de la Diplomatura en Política Exterior Argentina y RRII (UNPAZ). Especialista en política brasileña, acaba de publicar como editor La Política Exterior de Milei. Entre la ideologización local y las tensiones del sistema global (UNMdP, 2026). IG @amilcarorono

 


Imagen de portada: Romina Smiraglia

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