Contra la ideología de género
Un feminismo sin excesos

Por Mariela Solana

¿Qué hay detrás de la llamada «ideología de género»? En Contra la ideología de género, publicado recientemente por la editorial Siglo XXI, la filósofa argentina, investigadora del Conicet y profesora de la Universidad Nacional Arturo Jauretche, Mariela Solana, analiza cómo las nuevas derechas y los sectores feministas transexcluyentes hicieron del sexo biológico una bandera contra las luchas feministas y los derechos de las personas trans. La autora muestra cómo el sexo, lejos de ser una verdad fija e incuestionable, también es objeto de disputas políticas y científicas. En este extracto que compartimos, Solana examina las estrategias que presentan al feminismo como una lucha que «fue demasiado lejos» y advierte sobre una forma de reacción conservadora que, en nombre de la razón y la defensa de las mujeres, busca limitar sus conquistas.

 

Los movimientos antigénero creen que el sexo es la solución a la debacle conceptual y política a la que nos condujo la “ideología de género”. Me propongo aquí cuestionar esa idea, mostrando que ni una cosa ni la otra son ciertas. Ni el sexo es tan claro y distinto como estos grupos suponen, ni defender la noción de género nos deja flotando a la deriva, sin herramientas para luchar por los derechos de las mujeres.

En los primeros dos capítulos analizaré el concepto de género: desde sus orígenes en la sexología hasta su reformulación por parte de la teoría feminista. En primer lugar, me propongo desarmar la imagen del género como sinónimo de estereotipo y mandato. Como ya adelanté, los feminismos antigénero reducen el género a un “decir no”: prohibiciones, rechazos, censuras. Por ello prefieren el sexo, que en su neutralidad les permite escapar de las garras del poder.

Hace ya varias décadas que Michel Foucault nos enseñó que formular la relación entre sexo y poder en términos de represión es útil para quien la enuncia, ya que lo sitúa en una posición de superioridad moral: “Quien usa ese lenguaje hasta cierto punto se coloca fuera del poder; hace tambalear la ley; anticipa, aunque sea poco, la libertad futura. De ahí esa solemnidad con la que hoy se habla de sexo”.[1]

En el caso de los feminismos antigénero, la actitud rebelde y transgresora que identificó Stefanoni se vincula a la promesa liberadora del sexo. Los últimos dos capítulos del libro examinan de cerca esta idea, mostrando que la concepción del sexo como un hecho biológico, fijo, binario e inmutable no es incuestionable. El sexo es una arena de disputa, incluso al interior de las ciencias que se invocan para presentarlo como una verdad simple y evidente.

Recurrir a las ciencias naturales para complejizar la idea de sexo tiene una razón de ser teórica, pero también política. Estamos atravesando un momento difícil, en el que partidos políticos de derecha tienen el poder para desandar muchas de las conquistas que supimos conseguir en materia de género y sexualidad. El auge de los feminismos antigénero afianza y amplifica estos ataques.

De hecho, creo que estos sectores representan un peligro mayor que otros actores del ecosistema reaccionario. Después del Ni Una Menos, del MeToo, del Paro de Mujeres, no es tan sencillo negar el valor del feminismo, aunque sí es recurrente escuchar que “fueron demasiado lejos”, que “se pasaron tres pueblos” —una acusación, recordemos, tan vieja como los activismos—. En estas expresiones, el feminismo aparece no como algo malo en sí, sino como una lucha exagerada, trunca, que perdió el norte. El hecho de que dentro de él existan corrientes que se hacen eco de esta crítica permite que demandas cruciales sean descartadas o minimizadas sin poner en riesgo la adhesión al feminismo. En otras palabras, su expresión antigénero es peligrosa porque vuelve más “digerible” el feminismo y, a medida que suaviza sus aristas más filosas, reintroduce el esencialismo biológico y el determinismo sexual.

Proclamar que las reivindicaciones fueron “demasiado lejos” es habitual en los discursos de derecha. La teórica feminista Clare Hemmings llama a esta estrategia “el truco del desvío”[2], que consistiría en presentar al feminismo y al activismo LGBTIQ ya no como defensores de la justicia y la equidad, sino como formas de agresión: contra la familia, contra las mujeres, contra el sentido común, contra la realidad biológica. Esto marca una diferencia, por ejemplo, con lo que sucede en la manósfera, como se denomina al espacio virtual donde varones heridos o resentidos exudan violencia, desprecio y resentimiento hacia las mujeres. A diferencia de ellos —que explícitamente odian a las mujeres—, quienes critican la “ideología de género” no se consideran sus enemigos, sino sus verdaderos liberadores. El problema sería ese feminismo que, en sus excesos, perdió de vista su verdadero norte: el interés de las mujeres.

Ya en 1994 —en Who Stole Feminism?, obra central de la crítica a la “ideología de género”— la filósofa conservadora Christina Hoff Sommers distinguía entre el antiguo y loable feminismo de la igualdad, por un lado, y el nuevo y cuestionable feminismo “de género”, por el otro. El problema es que, desde la década de 1970, “la ideología feminista ha tomado un giro divisivo y ginocéntrico” que solo dañaría a las mujeres al hacerles creer que los varones son sus enemigos y que hay una guerra entre los sexos.[3]

En medios confesionales, la idea de que el feminismo es hostil a las mujeres aparece, por ejemplo, cuando se lo critica por haber tergiversado la felicidad doméstica y haber convertido el hogar en una forma de dominación. Una campaña antigénero habitual en redes sociales es una foto o un video de una mujer en su hogar, riendo, acunando a su bebé, cocinando y besando a su esposo, con alguna leyenda en este tono: “Imagínate cuánta propaganda fue necesaria para convencer a las mujeres de que esto es opresivo”.

Pero en los feminismos antigénero el “truco del desvío” adquiere otro cariz, ya que suelen evitar el lenguaje religioso, centrado en la familia heterosexual. De hecho, varias de sus autoras de cabecera provienen del feminismo lésbico radical. Su lucha no se orienta a restaurar la jerarquía masculina ni a convalidar roles de género estereotipados, sino a postular y reconocer un conflicto irresoluble entre los derechos de las mujeres cis (es decir, no trans) y los derechos de las mujeres trans (es decir, no cis).

Pero no solo las mujeres serían vulneradas: también niñas, niños y adolescentes. El feminismo antigénero adopta y promueve la teoría de una “disforia de género de inicio rápido”. La idea es que, en los últimos años, personas jóvenes habrían comenzado a identificarse como trans a causa de la influencia de sus amistades y las redes sociales, generando un “contagio social de transgeneridad”. La feminista antigénero Abigail Shrier, en Un daño irreversible, afirma que las confusiones y angustias propias de la adolescencia son tomadas como signo de disforia de género, al igual que, tiempo atrás, se las tomaba como índice de brujería o posesión demoníaca: “Y su ‘cura’ no es el exorcismo, los laxantes o las purgas. Es la testosterona y la ‘cirugía superior'”.[4]

Sin embargo, la “disforia de género de inicio rápido” no es un diagnóstico reconocido por ninguna asociación pediátrica internacional de renombre. Además, se ha señalado que la investigación que propuso este término, realizada por la médica Lisa Littman, presenta graves fallas metodológicas y un sesgo de selección: las entrevistas no fueron realizadas a adolescentes, sino a madres y padres reclutados en sitios y foros antitrans.[5] De hecho, la revista científica que publicó el artículo emitió un comunicado aclarando que se trataba de un trabajo exploratorio que no había sido validado clínicamente.

Aun así, las feministas antigénero suelen insistir en que no odian ni discriminan a las mujeres trans: “Conozco y amo a personas trans, pero borrar el concepto de sexo impide que muchas personas puedan hablar con sentido sobre sus vidas. No es odio decir la verdad“.[6] Por eso algunas investigadoras, como la filósofa trans Natalie Wynn, mejor conocida como ContraPoints en YouTube, señalan que se trata de una forma indirecta de intolerancia. A diferencia de la intolerancia directa de grupos religiosos ortodoxos o ultraconservadores —que confrontan cara a cara, insultan a sus adversarios y llaman a rechazarlos, burlarse de ellos o incluso agredirlos—, la intolerancia indirecta adopta una postura defensiva antes que ofensiva. Por ejemplo, sus exponentes presentan sus argumentos como una mera “preocupación”, como un interés por “hacer simples preguntas” o como una defensa de la libertad de expresión. Si la intolerancia directa “siempre está echando espuma por la boca, despotricando y vociferando sobre depredadores, pervertidos, invasores, violadores”, la indirecta “siempre está defendiendo algo, siempre es un caballero de reluciente armadura”.[7]

El heroísmo, la moderación y la “salvaguarda” de las ciencias naturales crean una imagen del feminismo antigénero como guardián de la razón, mientras el resto de los feminismos son rebajados a delirios ideológicos que perjudican a las mujeres. Al menos, esa es la historia que ellas cuentan.

 


Mariela Solana es filósofa y Doctora en filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es investigadora del CONICET y profesora de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ). Es docente de la Maestría en Estudios y Políticas de Género en la Universidad de Tres de Febrero (UNTREF). Es Directora del Programa de Estudios de Género (PEG) de la UNAJ. Ha publicado recientemente Contra la ideología de género. Cómo el conservadurismo apela a la biología para justificar la exclusión, editado por Siglo XXI Editores.

 


[1] Foucault, Michel (2006), Historia de la sexualidad. La voluntad del saber, Buenos Aires, Siglo XXI, p. 13.

[2] Hemmings, Clare (2022), “‘But I thought we’d already won that argument!’: ‘Anti-gender’ Mobilizations, Affect, and Temporality”, Feminist Studies, 48(3), p. 598.

[3] Hoff Sommers, Christina (1994), Who Stole Feminism? How Women Have Betrayed Women, Nueva York, Simon & Schuster, p. 24.

[4] Shrier, Abigail (2020), Un daño irreversible. La locura transgénero que seduce a nuestras hijas (ebook).

[5] Kesslen, Ben (2022, 18 de agosto), “How the idea of a ‘transgender contagion’ went viral – and caused untold harm”, MIT Technology Review, https://www.technologyreview.com/2022/08/18/1057135/transgender-contagion-gender-dysphoria/

[6] Rowling, J. K. [@jk_rowling]. (2020a, 2 de junio). If sex isn’t real, there’s no same-sex attraction. If sex isn’t real, the lived reality of women globally is erased. I know and love trans people, but erasing the concept of sex removes the ability of many to meaningfully discuss their lives. It isn’t hate to speak the truth. [Posteo]. X https://x.com/jk_rowling/status/1269389298664701952?s=20

[7] ContraPoints (2021, 26 de enero), “J.K. Rowling”

, YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=7gDKbT_l2us.

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