Por Michael Reinaga
¿Qué sucede con la universidad pública cuando la educación superior comienza a organizarse bajo la lógica de la inversión, el rendimiento y el capital humano? A partir de un diálogo entre Michel Foucault y Hannah Arendt, Michael Reinaga, estudiante de filosofía de la Universidad Nacional de Salta, analiza las transformaciones recientes de la universidad argentina y se pregunta cómo dispositivos como el “sistema de créditos académicos” pueden modificar las formas de habitar la institución. El texto propone pensar la universidad no sólo como espacio de formación profesional, sino también como ámbito de pluralidad, acción, conocimiento y construcción de un mundo común.
La universidad como problema político
La pregunta que orienta este artículo surgió de un análisis sobre la implementación del Sistema Argentino de Créditos Académicos Universitarios (SACAU, de ahora en más) desde la perspectiva de la gubernamentalidad desarrollada por Michel Foucault. El interés inicial estuvo puesto en comprender cómo las transformaciones recientes de la universidad argentina pueden interpretarse a partir de la teoría del capital humano y de las nuevas formas de producción de subjetividades asociadas con la racionalidad neoliberal. Sin embargo, este punto de partida conduce a una pregunta que desplaza el eje del análisis: ¿qué ocurre con la dimensión pública de la universidad cuando la vida académica comienza a organizarse bajo criterios de inversión, rendimiento y capital humano?
Durante gran parte de su historia, la universidad argentina fue concebida como una institución orientada a garantizar el acceso democrático al conocimiento, favorecer la movilidad social y contribuir a la formación ciudadana. Desde este punto de vista, la educación superior puede ser comprendida como un derecho y como un bien público. En las últimas décadas, sin embargo, se consolidaron discursos que la redefinen mediante categorías como eficiencia, innovación, flexibilidad, competencias y servicio esencial. En este contexto, instrumentos como el SACAU aparecen asociados a la modernización de la organización curricular, la flexibilización de las trayectorias académicas y el reconocimiento de estudios entre distintas instituciones.
El propósito de este artículo no es realizar una evaluación técnica o administrativa de esos instrumentos. La cuestión es interrogar las racionalidades que los atraviesan y, particularmente, aquello que ocurre con el carácter público de la universidad cuando las trayectorias educativas comienzan a ser pensadas en términos de inversión-autonomía individual. Para ello, propongo poner en diálogo dos perspectivas. Por un lado, Foucault permite analizar el neoliberalismo como una racionalidad de gobierno que extiende la lógica económica hacia ámbitos que no son reducibles al mercado. Por otro, Hannah Arendt ofrece una concepción de la esfera pública que permite preguntar qué sucede con la universidad cuando la formación se orienta crecientemente hacia la valorización individual de competencias y capacidades.
El neoliberalismo como racionalidad de gobierno
En el Nacimiento de la biopolítica[1] se muestra que el liberalismo no debe entenderse simplemente como una doctrina económica o una ideología política. Se trata de una transformación en las formas de gobierno: una manera de conducir conductas y de reorganizar la relación entre Estado, mercado y sujetos. El mercado adquiere allí una función que excede el intercambio. Se convierte en un ámbito capaz de producir criterios de verdad y de orientar la práctica gubernamental. La cuestión decisiva, entonces, no es solamente cuánto interviene el Estado, sino bajo qué racionalidad se interviene y qué conductas se busca favorecer.
Este desplazamiento resulta particularmente productivo para analizar la educación superior. En sus cursos de 1979, Foucault examina la teoría del capital humano y muestra cómo la economía comienza a funcionar como una forma general de interpretar conductas humanas. Los conocimientos, capacidades, competencias y habilidades dejan de aparecer únicamente como dimensiones de una formación cultural o ciudadana y pasan a ser considerados inversiones capaces de producir rendimientos futuros. Desde esta perspectiva, estudiar puede significar invertir tiempo y recursos en uno mismo para aumentar el propio valor económico.
La figura que emerge de este proceso es la del sujeto como “empresario de sí mismo”, lo que se denomina homo oeconomicus: un individuo que administra su formación, calcula oportunidades y orienta sus decisiones hacia la valorización de su propio capital. La elección de una carrera, la incorporación de competencias, la realización de un intercambio o la movilidad entre instituciones pueden adquirir sentido en función de los rendimientos que prometen. La universidad corre así el riesgo de ser reinterpretada como un espacio destinado, ante todo, a optimizar inversiones educativas y aumentar la competitividad futura de quienes transitan por ella.
En este punto, la flexibilidad curricular, la movilidad académica y la acumulación de créditos dejan de ser únicamente herramientas pedagógicas o administrativas. Pueden formar parte de tecnologías que favorecen determinadas maneras de conducirse: planificar estratégicamente la propia trayectoria, acumular competencias, administrar tiempos y convertir experiencias educativas diferentes en unidades transferibles y reconocibles dentro de un recorrido individual. El problema no es la existencia de estas herramientas, sino el tipo de racionalidad que puede articularlas y convertir la trayectoria universitaria en una empresa individual de valorización.
La universidad como espacio público
La grilla foucaultiana permite comprender cómo la racionalidad neoliberal puede reorganizar las prácticas educativas. Pero deja abierta otra pregunta: ¿qué ocurre con la universidad como espacio público cuando las relaciones educativas comienzan a organizarse bajo esa racionalidad? Para abordar esta cuestión resulta útil recurrir a Hannah Arendt[2], especialmente a su distinción entre esfera pública y esfera privada, y a su concepción de la acción y la pluralidad.
La dimensión política de la existencia humana no surge simplemente porque existan instituciones estatales. Se constituye allí donde los seres humanos comparten un mundo y actúan conjuntamente dentro de él. La autora distingue tres categorías de la condición humana: labor, trabajo y acción. Mientras la labor se relaciona con el ciclo biológico y el trabajo con la producción de un mundo artificial de cosas, la acción constituye la actividad propiamente política porque se desarrolla entre personas y supone su aparición recíproca.
Entonces, la esfera pública es el espacio en el que las personas aparecen ante otras mediante la palabra y la acción, participan de asuntos comunes y comparten un mundo que no se agota en sus intereses particulares. La pluralidad cumple un eje central, compartimos un mundo precisamente porque somos diferentes. La política no elimina esas diferencias, sino que requiere un espacio en el que puedan manifestarse públicamente.
Esta perspectiva permite pensar la universidad pública de una manera que excede su carácter estatal o su función profesional. La universidad puede ser comprendida como un espacio de aparición, un ámbito donde personas diferentes enseñan, aprenden, discuten, investigan, crean conocimientos y participan en la construcción de un mundo compartido. Su dimensión pública, en este sentido, no depende exclusivamente de la fuente de financiamiento. También reside en las posibilidades que ofrece para la palabra, la acción, la pluralidad y la construcción de asuntos comunes.
El contraste con la racionalidad del capital humano aparece entonces con mayor claridad. Si la formación universitaria se piensa prioritariamente como una inversión individual, la pregunta por el rendimiento de cada trayectoria puede desplazar otras preguntas: qué conocimientos vale la pena construir colectivamente, qué problemas comunes deben ser discutidos, qué responsabilidades tiene la universidad frente a su comunidad y qué lugar ocupa la formación. No se trata de afirmar que una lógica elimina automáticamente a la otra, sino de advertir que pueden producir formas diferentes de habitar la institución.
¿Qué universidad produce el crédito?
Desde esta perspectiva, el SACAU puede ser leído de un modo diferente. El sistema de créditos, en líneas generales, puede facilitar el reconocimiento de trayectorias, favorecer la movilidad estudiantil y flexibilizar la organización curricular. Al mismo tiempo, forma parte de dispositivos que reorganizan las maneras en que los estudiantes construyen y administran su recorrido universitario. Desde Foucault, esto permite preguntar qué subjetividades se producen cuando la trayectoria se vuelve cada vez más legible en términos de acumulación, elección y rendimiento. Desde Arendt, permite preguntar qué ocurre con las condiciones de existencia del espacio público universitario cuando el recorrido “autónomo individual” adquiere centralidad.
El interrogante, por lo tanto, no es únicamente si el SACAU funciona correctamente o si facilita la movilidad. Es también qué idea de universidad se fortalece cuando estas transformaciones se articulan con una racionalidad que entiende la educación como inversión en capital humano. Una universidad organizada alrededor de trayectorias flexibles puede ampliar oportunidades y, simultáneamente, favorecer una concepción del estudiante como gestor estratégico de sí mismo, pero carente al momento de problematizar cuestiones que afecten al espacio público y su comunidad. La cuestión política consiste en observar qué dimensiones de la experiencia universitaria quedan en primer plano y cuáles corren el riesgo de volverse secundarias.
El desafío consiste en evitar una falsa oposición entre innovación y universidad pública. La discusión no debería plantearse entre aceptar o rechazar los créditos, ni plantear la dicotomía de si son buenos o malos. Lo que resulta necesario discutir es qué fines orientan esas herramientas y qué concepción de educación sostienen. Una política universitaria puede facilitar recorridos individuales sin abandonar necesariamente la dimensión común; pero esa articulación no está garantizada por dicho dispositivo técnico. Requiere una discusión explícita sobre el sentido de la institución.
Si la universidad pública es también un espacio de construcción del mundo común, su valor no puede medirse exclusivamente por la productividad, la empleabilidad o el rendimiento futuro de sus estudiantes. La formación profesional constituye una dimensión fundamental, pero no agota el significado de la experiencia universitaria. Enseñar, investigar, debatir, producir conocimiento y participar en asuntos colectivos son prácticas que construyen un mundo compartido y que no pueden reducirse a unidades de capital humano.
La pregunta inicial puede formularse ahora de otro modo: ¿qué tipo de universidad comienza a producirse cuando la formación se organiza crecientemente bajo la lógica de la inversión? Foucault permite advertir que el neoliberalismo no necesita eliminar la universidad pública para transformar su funcionamiento; puede modificar las racionalidades mediante las cuales sus actores comprenden sus decisiones y sus recorridos. Arendt, a su vez, recuerda que una institución conserva su carácter público cuando continúa ofreciendo un espacio para la pluralidad, la palabra, la acción y la construcción de un mundo que excede los intereses particulares.
El problema, entonces, no es simplemente defender una universidad pública existente frente a una amenaza externa (lo cual no deja de ser fundamental), sino discutir qué significa hacerla pública en las condiciones actuales. La incorporación de nuevos instrumentos de organización académica puede ser compatible con esa dimensión, pero sólo si la universidad no queda reducida a una plataforma para administrar inversiones individuales. La cuestión de fondo es qué queremos que sea común cuando hablamos de educación superior. Allí se juega, también, el sentido político y la disputa de la universidad pública.
Michael Reinaga es estudiante de la Universidad Nacional de Salta (UNSa) y becario de investigación de la Facultad de Humanidades. Su trabajo de investigación se vincula con las transformaciones contemporáneas de la universidad, la gubernamentalidad neoliberal y la educación superior.
[1] Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
[2] Arendt, H. (2009). La condición humana; La esfera pública y privada en H.A La Condición Humana (pp.21.83). Buenos Aires: Paidós.
Imagen de portada: Diego Conno


